Lesli Nicaragua
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De repente nos topamos con gente así: humana. Como debimos ser todos, en el sentido de los propósitos de Dios. Viviendo el mandamiento supremo, aquel en el cual la sociedad encontraría al fin el remedio de todos sus males. Se llama Balmi Soza y apenas cumple los 24 años. Vive ahora en Ometepe, en un asentamiento llamado Ciudadela, de casitas de colores alegres por cuyas ventanas abiertas entra la brisa continua del lago.

El que no dudé en cruzar cuando recibí la invitación de visitarlo y apoyar un poco su labor. Aunque nunca imaginé que la experiencia me tocaría la médula del alma. Así que tras desembarcar, condujimos hasta el sitio, donde nos esperaba el joven, sentado a la puerta de la casa de doña Anita, una buena mujer de altos valores cristianos. Ambos nos recibieron con una efusividad acumulada y grandes atenciones gastronómicas.

Pero fue cuando me lo presentaron que supe entonces que su historia debía contarse. El chavalo, alto y blanco –aunque el sol ha tostado ya su piel-, se apenó cuando un interlocutor me lo describía: ingeniero industrial, con un alto cargo gerencial en una empresa de limpieza y productos químicos en Managua y con enormes proyecciones de ascensos inmediatos.

En ese momento pensé que no era a él a quien veníamos a visitar, sino a un pastor que estaba levantando una obra en el lugar. “Balmi es el pastor que venimos a apoyar”, cerró la descripción el interlocutor. El joven que estaba frente a mí había dejado familia, una carrera meteórica y un trabajo estable y excesivamente remunerado para venir a enseñar a hombres y mujeres, pero sobre todo a niños, la Palabra de Dios.

Solo un toque lo suficientemente poderoso de Dios puede hacer esto, dije para mis adentros. Porque casi todos los hombres y mujeres que conozco se sacrifican a la inversa. Pierden familia, atropellan a quienes se les atraviesa, se desgastan, medran riquezas ajenas y dejan atrás a Dios para conseguir un trabajo y un estatus. Este chavalo deja ese mundo atrás, donde lo tenía todo, para buscar que Dios bendiga a sus prójimos.  

“Mire, yo tengo solo cuatro años de ser cristiano. Antes, como todos, viví la vanidad del mundo. Pero cuando comencé a estudiar en el instituto bíblico, descubrí la Palabra y entonces sentí el llamado de Dios para trabajar su obra”, cuenta ante mi asombro. Balmi renunció a su trabajo secular y se metió de cuerpo entero a esparcir la buena semilla del evangelio especialmente a los niños.  

Y con el dinero que recogió de salarios y liquidación compró un par de computadores, porque además de presentar a Dios a los niños, los instruye con clases de computación e inglés. Y los martes, jueves y domingos los reúne, junto a algunos padres, en un local sin  paredes aunque con techo y los sienta en pupitres desvencijados, para hablarles de la sana doctrina del evangelio, que es lo más importante. A cualquiera que viera esa escena -del pastorcito y sus ovejas- se le rompería el corazón. Otros tal vez se desanimarían por la escasa infraestructura.  

Pero Balmi no. Él sabe que la verdadera edificación somos los hombres, mujeres y niños que acudimos a tratar de conocer a Dios. Y aunque sí pasa necesidades, si desearía tener un templo con las comodidades básicas para sus hermanos, sí requiere ayuda, está esperando en Dios. Aquel por el que este joven dejó toda comodidad por amor a sus prójimos, especialmente los niños.

* Periodista y escritor.
leslinicaragua@yahoo.com