Augusto Zamora R.*
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Cada vez con más frecuencia, los medios noticiosos nos sorprenden con dietas nuevas y milagrosas o nos asustan con que si comemos esto nos palmamos y si esto otro, también.

Ayer, que esto era maravilloso antioxidante para la juventud eterna, y luego que el tal antioxidante, en otros estudios, salía de causante de cánceres o de atroz espermaticida.

El boom de dietas, dietarios y dietistas tiene su origen en hechos varios y contrapuestos, pero algunos ciertos en sí mismos: uno, el constatarse que la obesidad es ya plaga mundial. Dos, la potenciación de vanidad y banalidad que propicia internet.

Muchos obesos quieren perder peso sin dejar de comer y buscan dietas que obren el milagro imposible. Otros las creen fuente de eterna juventud, comprobando luego que no rejuvenecen nada, pues "polvo somos y en polvo nos hemos de convertir".

Desmantelados los mitos, al final vuelven verdades descubiertas en tiempos arcanos, tan simples y ciertas como mente sana en cuerpo sano, que la ciencia confirma cada día.

Decía Atahualpa Yupanqui que la vanidad es yuyo malo que envenena toda huerta. No pocos en el mundo se envenenan, literalmente, por alimentar erradamente su vanidad.

Nadie ha logrado sustituir el ejercicio físico como fuente de salud -que no de eternidad. Nada ayuda tanto a bajar de peso como mantener la boca cerrada, algo que, además, contribuye poderosamente a la salud mental propia y ajena.

Cosa de ejercitar mente y cuerpo. ¡Nada más!

az.sinveniracuento@gmail.com