Orlando López-Selva
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El discurso del presidente estadounidense Donald J. Trump, el 20 de enero pasado, fue sencillo, pero delineó algunos aspectos importantes de lo que podría ser su política exterior.

Todo bien si dice: “America First” (los Estados Unidos, primero”). Él comparte un sentimiento así con muchos norteamericanos que le dieron su voto. A ello agregó que cuando se trate “… de impuestos, migración, comercio, política exterior, primero estarán los intereses de los Estados Unidos…”

Pero cuando ya afirma, y anteriormente lo había dicho en entrevistas, que “la OTAN es muy costosa…; y que los europeos occidentales deberían velar por su propia seguridad…”, eso ya es más preocupante.

Sin dudas que para el Departamento de Estado y para el Pentágono, estas posturas pondrán a sus analistas y estrategas a redactar nuevas propuestas de política exterior estadounidense. Esta ya ha estado enfocada en tres objetivos: 1) acentuar la seguridad interna y externa; 2) proteger y engrandecer los intereses comerciales de los Estados Unidos; 3) promover la libertad y los valores de la democracia occidental en el mundo.

Pero los europeos no podrán sentirse seguros sabiendo que la organización militar surgida luego de la Segunda Guerra Mundial (OTAN), es vista con malos ojos por un presidente norteamericano. ¡Impensable! Harry Truman la fundó como mecanismo de alerta y defensa de la seguridad colectiva de los países occidentales. 

Hoy el mundo occidental tiene amenazas mayores que requieren de una conjunción total de Europa y Estados Unidos para frenar el terrorismo ─hoy más poderoso, sofisticado y expansivo;  y de cualquier embestida que Rusia o China acometieren contra naciones occidentales.

¿El interés del Pentágono por la defensa colectiva de los países del Atlántico Norte quedará suspendido o será tema de menor importancia?

No lo creo.   

Todo, hasta ahora, ha sido inalterable por 72 años, a pesar de amenazas significativas, y variantes en el orden internacional.

Pero existen tres factores condicionantes de ese ímpetu-visión de la que sería una nueva política exterior norteamericana. 

La política exterior de los Estados Unidos no es dirigida en su totalidad por el jefe del Ejecutivo. 

El comité de relaciones exteriores del Senado tiene muchísima influencia con sus poderes de freno, veto y contrapeso; sobre todo, para asignar recursos o nombrar diplomáticos. 

Obviamente, los embajadores estadounidenses en más de 180 países recogen información que luego reportan a Washington para que los enfoques e implantación de políticas tengan un sentido de sabor-local; esto se va también acentuando cuando los jefes de Estado de las naciones aliadas, socias o amigas de Estados Unidos plantean sus posiciones y perspectivas a sus contrapartes en D.C.

Intervienen también el Pentágono. Los generales escriben ensayos y propuestas militares a problemas de seguridad y crisis globales.

La retórica de todo político revela algo distinto o muy poco de sus intenciones. En los asuntos públicos mucho de lo que se dice y se hace, se refleja como la punta del iceberg. Siempre hay intenciones y acciones ocultas; por tanto, impublicables. Esto último, sin dudas, irá afinando, regulando e influyendo en las perspectivas y decisiones que el Presidente estadounidense tome en un asunto determinado.

No dudo que el presidente Trump pueda hacer algunas modificaciones ─en ciertas, no en todas las políticas exteriores de su país, sabiendo que tiene mayoría republicana en ambas cámaras del legislativo. 

No dudo que haya un giro en el enfoque de negociación que adopten los nuevos funcionarios públicos. Pero creo que más bien la realidad internacional determinará e impulsará al nuevo mandatario estadounidense a ajustar mucho de lo dicho.

En particular, cuando las potencias ─tradicionales o emergentes comiencen a desajustar la balanza de poder global, y agiten los escenarios internacionales (¡como ya lo han hecho!), las posturas del presidente Trump deberán realinearse más a políticas tradicionales.

Igualmente, los políticos suelen incumplir, no porque sean mentirosos o deshonestos, sino porque cuando entran a las esferas de poder, se enteran de que hay factores y variables que condicionan o frenan significativamente sus decisiones.

Bajo la administración de los presidentes Harding, Coolidge, Hoover (1921-1933), por la presión de la recesión económica  ─que también afectó a Roosevelt (1934-45), Washington adoptó una postura aislacionista en su política exterior. No obstante, el ataque japonés a Pearl Harbor, diciembre 1941, viró las cosas.

El intencionado aislacionismo del presidente Trump, ¿será efectivo o factores externos y presiones del establishment lo obligarán a retomar el camino trazado? 

Si Washington se aísla, otros harán de las suyas. ¡Lo veremos!

“Lo que está hecho sin mí, está hecho contra mí”, afirma un dicho africano.