Onofre Guevara López
  •  |
  •  |
  • END

No se sabe cuántos dígitos se necesitarían para escribir el valor total o aproximado de los bienes acumulados por la cúpula orteguista. Se intuye que se ha de requerir de muchos, porque sus miembros han sido más que ostensibles en demostrar que no participaron en la revolución “para seguir siendo pobres”. Y porque la actividad económica en negociaciones de gran volumen y alto nivel, más las maniobras políticas de elite, son las gestiones a las cuales se ha dedicado durante muchos años, cumpliendo el axioma de que sin poder económico no hay poder político.

Por vías paralelas demuestra ese axioma: la represión contra las libertades políticas y los negocios privados y partidarios a la sombra del Estado. De la represión acabamos de ver un ejemplo el sábado recién pasado. Ahí demostró que, pese a ser el fraude electoral la causa inmediata de la confrontación política, no reprimió para defenderlo, sino para garantizar con el método violento la continuidad de su poder político. Un estadista sensato hubiese convocado a sus partidarios a “celebrar” el 30 aniversario de la revolución, el día siguiente u otro día cualquiera, de los muchos que faltan para llegar al 19 de julio. Pero es que no convocó el estadista, sino el aspirante a dictador.

A dos años de haber accedido al poder político, más se evidencia la gestión económica de Daniel Ortega, con el fin de acaparar poder económico. A la par de las evidencias en sus niveles de vida, le acusa su determinación de seguir manejando esa colaboración al margen del Presupuesto General de la República.

La concentración en sus manos que está caracterizando el manejo de la colaboración venezolana se ejemplariza no sólo por su control personal, sino también en que ha creado un pequeño círculo íntimo. En este círculo se destaca una persona desconocida antes como figura pública y anónima dentro de la lucha histórica del FSLN: Francisco López. Ahora, un neo magnate que sólo atiende órdenes de y rinde cuentas a Daniel Ortega.

Desde la presidencia del ente estatal Petronic, este señor López acapara los negocios del petróleo como vicepresidente de Albanisa; se encarga de su reexportación hacia El Salvador; es dueño de la empresa que construye las “casas para el pueblo” con la ayuda venezolana, y negocia préstamos con instituciones del Estado; representa al gobierno en la directiva de la transnacional Unión Fenosa; es enlace del presidente Ortega en las negociaciones con la transnacional ESSO; y ahora se le ve involucrado en los negocios de otro subproducto orgánico y misterioso de la colaboración venezolana, la Petrolat S.A. dueña de los planteles relacionados con la construcción de la refinería “El supremo sueño de Bolívar”.

Un solo individuo con apariencia de empleado privado del presidente Ortega encabeza todo este embrollado negocio con el petróleo venezolano. A López también se le menciona en la última compra de un hotel y una hacienda ganadera, de la cual apenas se conoce lo superficial, por el carácter privado con que la maneja desde sus posición de funcionario de gobierno. La construcción del poder económico del orteguismo oculta muy difícilmente sus vínculos con fuentes del poder estatal, y aún menos el propósito de convertirlo en cimiento del mismo.

Más difícil es tener el conocimiento exacto de cuáles son las relaciones de los negocios privados de los altos exponentes del orteguismo con los de propiedad partidaria. De lo que hay seguridad es de que su control sobre el Estado es utilizado para beneficio de ambos tipos de negocios. Una nota por la cual se sabe de estos ilícitos es que la familia Ortega acapara la administración de varios negocios, entre ellos el de los medios de comunicación. Detrás de otros negocios aparecen personajes desconocidos y de poco o ningún historial revolucionario.

Esto revela que la industria de la tapadera --testaferros, pantallas, encubridores o alcahuetes--, es de gran desarrollo. Esta industria no es nueva. Ha existido en todos los gobiernos, y en los neoliberales la hubo de gran productividad oculta fácilmente por el carácter capitalista de su régimen político y por el origen burgués de sus políticos; se veía como algo “natural” sus actividades comerciales junto al manejo del Estado. Alemán fue el más emblemático gobernante neoliberal de la industria de la tapadera.

Los orteguistas, en su mayoría de clase media baja, se hacen más evidentes a la hora de aparecer con grandes propiedades y negocios, y de ahí la gran productividad de su industria de la tapadera. Estos personajes se diferencian también de sus predecesores de la derecha en que por su origen de clase, ideología y formación política, no les conviene botar la máscara “revolucionaria”.

Unos orteguistas se sienten necesitados de tener una actuación política que conserve la imagen revolucionaria; y a otros, si no lo hacen por su propia iniciativa, se lo exigen. Todos se dicen líderes de la revolución de “los pobres” y deben armonizar esa supuesta condición con su discurso político en torno a sus programas de vocación social, aunque de poca efectividad. No obstante, cada vez se les hace más complicado presentarse con la imagen de “pobres”.

De ahí que los orteguistas aparezcan en público con tantas contradicciones, como llegar a los barrios en Mercedes Benz o en camionetotas de lujo y tener que hablar contra los oligarcas y la burguesía. Igual de incómodo para ellos es arengar a los pobres de un barrio carente de servicio de agua potable, y tener que tomar agua importada en público. Algo similar les sucede cuando, encaramados en una tribuna de construcción millonaria, se presentan ante los pobres con su imagen enflorada –cuales santos en su altar— mientras su discurso truena contra los causantes de la pobreza, en medio del derroche de los recursos públicos.

El enriquecimiento con empresas personales y partidarias conectadas al gobierno; el control político del Estado con los métodos antidemocráticos más variados y la promoción de proyectos sociales limitados --de importancia algunos, pero aún sólo promesas--, es como el orteguismo piensa darle continuidad a su régimen. Su fórmula es: Estado-grupo partidario-grupo familiar, adornados con un lenguaje seudo revolucionario y la manipulación religiosa.

Un caso inexplorado: la corriente orteguista en el FSLN se bifurcó en dos líneas principales; la de Daniel, que es todo el poder y todo el capital. Y la línea de Humberto, que es el capital fuera del poder o con el poder compartido. La diferencia es que Daniel aplica su fórmula desde el poder; Humberto la receta desde fuera del poder.