Félix Navarrete
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Como dice aquella pegajosa canción que nos ponemos a bailar los 31 de  diciembre  para espantar los fantasmas, "yo no olvido el Año Viejo", y realmente aunque no haya sido bueno como quisiera, tengo motivos suficientes para no olvidarlo.

Algunos pensarán que me gusta vivir del pasado, pero la verdad es que no puedo vivir el presente si no me asomo a lo vivido para hacer las cosas mejor  y  sin miedo  a quedarme convertido en una estatua de sal.   

¿Cómo voy a olvidar 2016?  Si pasaron eventos que nunca borraré de mi memoria: la muerte  de mi suegra, una mujer especial  que nos dejó un legado espiritual;  el asedio de los tábanos que no tuvieron  juicio hasta volverme loco y una galopante obesidad que disparó las alarmas de mi cuerpo y de mi alma.

Cada año tiene su propio afán y propósito. Es una página vivida que no admite enmiendas ni borrones.   "Lo hecho, hecho está".   Nada lo puede borrar. Todos  los 31 de diciembre, pobres, ricos, felices e infelices, tratamos de voltear la página y escribimos un proyecto de vida que se termina desdibujando  en el tiempo.  Y así pasamos cada año, viendo transcurrir los días como un tren bala que no logramos abordar.

Algunos celebran el 31 con un aire muy espiritual y  se visten de blanco para atraer la pureza que no tienen. Otros, aferrados a mitos y leyendas urbanas, buscan afanosamente  el horóscopo de Walter Mercado, o se leen las cartas con la esperanza de que alguien les diga lo que quieren escuchar.

Yo tengo una manera  muy especial  de celebrar el Año Viejo: recordándolo.  Y no es que sea masoquista.  Lo recuerdo y lo guardo como un libro en la memoria. No lo olvido, porque  en medio de la turbulencia, me dejó cosas buenas: me ha enseñado a creer  en lo imposible, en lo sobrenatural;  a  enfrentar el dolor con fe y esperanza, y comprender que la muerte glorifica a aquellas personas que tienen el arte de saber vivir.  Antes me costaba comprender que la muerte tuviera alguna utilidad en nuestras vidas.

Ahora  lo comprobé  a través del sufrimiento estoico  de mi suegra, quien postrada durante cuatro meses en una cama y  sin poder levantarse y apenas balbuceaba, nunca perdió su sonrisa y nos dio la lección más genuina de haber vivido largo y tendido, y encontrarse con la muerte  para burlarse en sus narices.

Ella, sin poder hablar, y con la convicción de que estaba viviendo sus últimos días, nunca se quejó de su condición y con su mirada  dejaba entrever  una fugaz alegría cuando escuchaba las oraciones y los cantos que siempre  la acompañaron hasta que partió donde el relojero de nuestras pobres vidas.

Qué triste es contemplar cómo se nos muere un ser querido, sin poder hacer nada, solo orar y esperar. Sin embargo, ese sufrimiento no fue en  vano.  Me tranquiliza creer que si  la muerte tiene una mirada distinta para cada uno de nosotros, estoy segura que para ella tuvo ojos de ternura y misericordia.

Cómo voy a olvidar la obesidad galopante con que terminé  2016,  y que acabó con mi vestuario y mi autoestima.  La última vez que me vi al espejo, no me reconocí.  La sombra voluminosa que se asomaba en el cristal no era yo.  Era mi enemigo que vengo cargando desde la infancia y ahora quiere pasarme la cuenta de una vez.

Sin embargo, pese a todo lo mal que me fue,  bendito año 2016.  No me dejó dinero ni fama ni negocios. Más bien, me dejó una llama perpetua que alumbró los momentos de oscuridad. Y sin pretenderlo, después de los golpes,  me reencontré a mí mismo, y gracias a esas páginas vividas me animé a retomar el vuelo: escribir, amar a mi familia y soñar. Amar para poder escribir y escribir para poder soñar.

Por todas estas razones,  cómo olvidar el año que pasó, si cada página vivida, cada evento, cada suceso relevante se transformó en poesía, cada sufrimiento en prueba y cada golpe en esperanza.

Por eso, yo no olvido el Año Viejo. ¿Y usted?

Email: felixnavarrete_23@yahoo.com