Augusto Zamora R.*
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Anglicismo para referirse a lo que, en buen castellano, llamamos autorretrato, es decir, hacerse antaño uno mismo un retrato o, en el presente, hacerse una autofotografía.

Las Academias de la Lengua se rindieron ante la popularidad del anglicismo. En 2014 lo castellanizaron como selfi, correspondiente al hecho de que nuestro idioma se pronuncia como se escribe, sin mayores excepciones.

Sea estirando el brazo o montando cámara o celular sobre una vara, pata o como quiera llamarse, una pluralidad de humanos se atiborra a selfis, que difunde por las redes sociales, multiplicándolos como hizo Jesús con panes y peces.
Otro porcentaje de humanos somos ajenos a los autorretratos, librando a nuestros prójimos de la obligación de darle a un botoncito virtual que indique ‘me gusta’, ‘me encanta’ o de escribir ‘qué bello’, ‘siempre joven’ (¡vanidad de vanidades!) y otras expresiones similares.

La tecnología permite ahora que lo que antes era privado se haga en público y, desde la facilidad de ‘colgar’ casi cualquier cosa, convertir la vida propia en listado público.

Hay quienes compiten en ver cuántos ‘amigos’ pueden reunir o satisfacen sus remolinos psicológicos contando cuántos ‘me gusta’ acumulan por selfi. La realidad hecha ficción.

Cada vez se escribe menos, pues escribir conlleva esfuerzo y requiere de dosis ciertas de amor a quien escribimos.

Lo virtual banaliza las relaciones humanas, reduciéndolas a un click. Nos roban el alma y no nos damos cuenta. Seremos, al final, un ‘click’. Un efímero ‘click’.

az.sinveniracuento@gmail.com