Miguel Carranza
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El malogrado golpe de Estado contra el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, en julio de 2016, y los obstáculos para el libre visado de sus ciudadanos por los países de la Unión Europea (UE), parece haber alterado la confianza del mandatario soñador del antiguo Imperio Otomano hacia sus antiguos socios de Estados Unidos y la comunidad europea.

Ankara ha fijado públicamente su mirada hacia una nueva alianza económico-militar, encabezada por Rusia, China Continental, Bielorrusia y Kazajistán, la cual a opinión de muchos analistas le dará más ventajas que su pertenencia a Occidente y a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Las relaciones rusas-turcas que sufrieron un impase con el derribo de un cazabombardero ruso por parte de Turquía en la frontera con Siria el año pasado, han comenzado poco a poco a mejorarse. Recientemente El Kremlin, Ankara y Teherán lograron ponerse de acuerdo para la realización de un diálogo entre el Gobierno de Damasco y la oposición armada, originando así la aparición de un nuevo triángulo político que puede jugar el papel principal en el conflicto sirio.

En estas condiciones, de nuevas relaciones, el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan trata de matar a dos pájaros de un solo tiro: no quedarse aparte de los procesos regionales conservando sus posiciones de un gran jugador político y evitando una salida escandalosa de su problema con los kurdos a los cuales no quiere reconocer como independientes.

Ante ello, el mandatario turco ha comprendido que Rusia e Irán, no le dejarán emprender una campaña militar contra los kurdos en Siria y por lo tanto tiene que acercarse a los países euroasiáticos ante sus dudas hacia EE. UU. a quien acusa de estar detrás del golpe de 2016.

Sin embargo, Erdoğan no se ha dado cuenta también que el golpe fallido en Turquía es una señal para él sobre la necesidad de realizar reformas para la libertad y la secularización de la sociedad turca y también de su renuncia a la idea de revivir el antiguo imperio Otomano que se extendió por muchos años en territorios sirios.

La injerencia en los asuntos internos de los estados vecinos y la influencia excesiva de Washington a las fuerzas armadas turcas también dio como resultado la revuelta militar de 2016. Turquía por ello tiene la necesidad de hacer un cambio de vector político occidental por el eurasiático porque su entrada en la Unión Económica Euroasiática (UEE) y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), puede darle mucho más ventajas en comparación con su alianza económica y militar con Occidente.

Las relaciones rusas-turcas irán mejorando sensiblemente luego que el presidente Vladímir Putin visitara Turquía en diciembre de 2016. Los mandatarios de los dos países han discutido la posibilidad del diálogo de paz en el Próximo Oriente que le será conveniente al mundo.