Jorge Eduardo Arellano
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No sé por qué razón algunos periodistas, aún ignorantes de su frágil condición, se han dejado engatuzar por aquella frase simpática de Gabriel García Márquez afirmando que el periodismo es el mejor oficio del mundo. Obviamente que para Gabo el periodismo fue una bendición, porque gracias a éste se encontró con la literatura, su puerta al éxito y a la fama.

Qué incautos los colegas que se dejan acariciar con esa frase. Si el periodismo fuera el mejor oficio del mundo, los periodistas no pasaran penurias económicas ni anduvieran cabildeando, ya ancianos y enfermos, una modesta pensión en el parlamento para poder vivir dignamente sus últimos días. No me avergüenza decirlo, pero es deplorable que muchos periodistas de talento que equivocaron su percepción de lo que denominan principios éticos terminen consumidos por el sol y el viento de esta caliente Managua buscando pautas o noticias para sobrevivir, y sus restos sean ofrecidos en bandeja a la carroña.

Aunque sea un poco tarde, quiero aprovechar otro Día Nacional del periodista para abordar un aspecto que siempre pasa desapercibido en estas fechas, y que nunca se pone en debate. Me refiero a los mitos y utopías que existen sobre el oficio periodístico, y del cual he establecido dos categorías de periodista y una cofradía de roedores, advenedizos del periodismo, que pululan a diario por nuestras oficinas, y que son el escarnio de la profesión.

Comencemos con el periodista héroe. Me refiero a aquel joven profesional, egresado de la universidad, que piensa que es la encarnación de la moral y las buenas costumbres. Generalmente es talentoso y arriesgado. Inquisidores y prepotentes. Son la Santa Inquisición en sus Medios y se pasean temibles en las instituciones públicas. Les gusta la aventura y el figureo. Es aquel colega predestinado según sus principios equivocados, a ser el héroe y protector de la sociedad. Una especie de Superman, pero sin la ingenuidad de Clark Kent. Un justiciero a la hora de sentarse frente a la computadora. Su cualidad es arrasar con carreras y reputaciones en una hora y media, tiempo que tarda en llenar dos cuartillas de medias verdades para unas ocho columnas de una investigación seudoperiodística. Tira a matar, sin piedad. Pide reacciones cuando la víctima está agonizante. Lo hace por puro protocolo. Porque lo exige su protocolo de ética. Es un verdadero pistolero de la página en blanco, la agujerea sin piedad. Hasta ahora, y lo digo como periodista, no sé quién le ha dado a éstos la potestad de informar, juzgar, evaluar y erigirse en jueces del poder. Sé que la sociedad legitima la labor informativa del periodista, pero de esto a pretender juzgar o calificar a las personas por su posición social, no es más que un exabrupto peligroso que convierte al periodista en un investigador privado, en un detective que perdona vidas, destruye reputaciones, invade alcobas y dormitorios y arrasa con todo hasta donde su jefe, el dueño del medio de comunicación, se lo permita. Este colega, dependiendo de las circunstancias, puede ganar premios internacionales por sus atrevidas investigaciones, pero el ave pasa y la fortuna se acaba. Las estrellas se mueren en el cielo y se apagan. La política y el poder cambian. Los intereses de los dueños de los medios cambian y el periodista estrella, héroe y defensor del bien, queda encerrado en su cubículo, soñando con ser el juez de ciudad Gótica. Desafortunadamente, la carrera de este comunicador termina, en su mayoría, cuando ya no le conviene tenerlo al dueño del medio de comunicación, porque se ha metido en muchos problemas que pueden afectar sus intereses económicos y los del diario. Al final, muchos de ellos terminan en el desempleo, viviendo de viejas famas y condenados a subsistir en un mercado laboral restringido y ante una sociedad que tiene sentimientos encontrados. Su lápida es segura: se vendieron como héroes y murieron como villanos. Es una lástima. Toda una carrera desperdiciada por magnificar los principios éticos y pretender convertirse en un juez cuando tu papel es simplemente informativo y no valorativo.

Aunque también, en honor a la verdad, debo aclarar que el periodismo tiene otro tipo de héroes: aquellos que mueren en las guerras o en los desastres naturales, y que no regresan a sus casas. Son héroes anónimos que murieron cumpliendo su deber de fotógrafos, camarógrafos y reporteros de prensa escrita. Éstos no nacieron predestinados, como los primeros, pero el destino los convirtió en héroes de verdad. En héroes verdaderos.

En una segunda categoría tenemos a los periodistas in-sobornables, ortodoxos de doctrinas y principios. Custodios de la libertad. Muchos de ellos pululan en la calles, barbudos y desaliñados, con el rostro emblemático de la bohemia pura y sin un centavo en sus bolsillos. Algunos ni siquiera piden café para no gastar su dignidad. Otros, orgullosamente, encienden su grabadora cuando ven a un ministro o un magistrado que ya les resolvió el día. Éstos son los periodistas insobornables, honestos, que la globalización ha eliminado y andan buscando pautas publicitarias para programas radiales que sólo las cucarachas escuchan en el dial, o son directores de publicaciones escritas que ven la luz pública cuando el diablo o Dios quieren. Algunos de ellos tienen talento. Otros, menos puros y talentosos, abandonan la ortodoxia y se salvan de la indigencia, convencidos de que el periodismo es un negocio antes que una vocación. La mayoría que confundieron el periodismo con la religión, mueren como los santos.

En una tercera categoría hablemos de un grupo de roedores que no son periodistas, pero que se presentan a las oficinas como si lo fueran. Llamémosles seudo periodistas. Usurpadores de la profesión. Exhiben sus ridículos maletines en las conferencias de prensa y con voces engoladas, hacen preguntas cajoneras. Algunos eructan lugares comunes. Nunca han pasado ni por el frontispicio de una universidad y han hecho del oficio un modus vivendi. Sin embargo, se presentan como licenciados en las oficinas públicas, exigiendo información y pautas publicitarias para programas inexistentes. Y en los brindis y cócteles, ya ebrios de alcohol y peroratas, hacen el show, desinhibidos, presentándose tal y como son. La mayoría es una escoria.

Termino con una breve reflexión, producto de mi experiencia en esta profesión. Creo que es necesario promover un debate autocrítico sobre el papel del periodista y sus fronteras. El periodismo es una hermosa profesión, no la mejor, pero sí es apasionante y gratificante cuando sabes discernir entre informar y calumniar, entre comunicar y especular, entre cubrir y desnudar, entre investigar e invadir. El buen periodista conoce los secretos de esas fronteras. Ahí está el quid para triunfar en este oficio. Los demás son triunfos pírricos de algunos periodistas que, abandonando los principios básicos de la profesión, pretendieron ser héroes, jueces, dioses y terminaron siendo villanos. No. El verdadero periodista no invade las competencias de otros, no se siente dictador. Sólo informa, la sociedad valora y la historia se encarga de condenar y absolver. Felicidades colegas, aunque sea tarde.


felixnavarrete_23@yahoo.com