Erick Aguirre
  •   Managua, Nicaragua  |
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Ricardo Llopesa ha publicado un libro interesante que, además de atraer desde el título, depara al lector una aventura entretenida, minuciosa y llena de intenso aprendizaje. Versos que cambiaron la poesía (2016) no solo es un homenaje a Rubén Darío en su centenario, sino también una exploración metódica y detallada de los versos que detonaron un movimiento trascendente: el modernismo literario hispanoamericano decimonónico.

Como deriva de un anterior trabajo de edición crítica, Llopesa ha examinado aquí diecinueve poemas tomados de las primeras dos ediciones de Azul… Recordemos que este libro, considerado el breviario augural del modernismo, tuvo tres ediciones: la primera en 1888, en Valparaíso, Chile; luego una segunda edición ampliada fue publicada en Guatemala, en 1890, y la tercera en Buenos Aires, Argentina, en 1905.

Se dice que Azul… es el primer libro literariamente revolucionario de Darío, sin embargo Llopesa asevera que la calificación de modernista o la voluntad de ruptura adjudicada a su primera edición solo es aceptable en lo concerniente a los cuentos, y que con la inclusión de nuevos poemas en la segunda edición es que se inicia la verdadera reforma poética modernista. Algo que, si bien es discutible, no ha objetado para que él mismo se haya concentrado en desmenuzar buena cantidad de sus poemas con admirable acuciosidad. 

Este libro es el resultado de las vivisecciones practicadas a un grupo de poemas relativamente importantes entre la obra de Darío. El autor detalla la composición en versos y estrofas de cada texto; analiza las frecuencias de sus formas rimadas; sus temas, contenidos, relaciones, distribución de planos, contextos históricos y escriturales; procedencias, alusiones, recurrencias, recursos intertextuales, apropiaciones, trastocamientos de sentido, resemantizaciones y probables inspiraciones primigenias.

Igual que Llopesa, otros compatriotas se han dedicado, eventual o recurrentemente, a viviseccionar con minuciosidad la materia lírica de Darío. Gracias al oportuno y documentado aviso de Jorge Eduardo Arellano, por ejemplo, he podido leer el texto en el que Ernesto Mejía Sánchez establece literalmente una aleccionadora fijación del poema “La dulzura del ángelus”, con la cual, entre otras cosas, pone de relieve la poco apreciada rigurosidad de Darío y revela no pocas torpezas juveniles y “deficientes lecturas” del Premio Nobel Juan Ramón Jiménez, así como descuidos e ignorancias nada menos que de don Alfonso Méndez Plancarte.

En los últimos años otros investigadores y críticos nicaragüenses han dedicado tiempo a inspeccionar, sílaba tras sílaba, muchos versos darianos. Pero, como apunté en un anterior artículo, el examen que hizo Arellano de “Lo fatal fue el que me motivó a reseñar el libro de Llopesa, con el compromiso de detenerme un brevemente en esta extraordinaria pieza maestra.

“Lo fatal” es ese poema que, en todos los tiempos y en todas las lenguas, todos los poetas han intentado y no siempre logrado escribir. Son apenas tres estrofas que resumen la búsqueda constante de realización textual plena de todos los poetas a lo largo de toda la historia de la literatura. El análisis que de él hace Arellano en sus Indagaciones rubendarianas (2016) es exhaustivo.

Arellano cita a Niall Binns, quien valora el poema como ejemplo clave del anticipo a una sensibilidad más propia de la vanguardia. También destaca que Enrique Anderson Imbert tuvo el mérito de localizar su fuente en la obra del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, pero agrega que fue el crítico español Alberto Acereda quien localizó la fuente específica en el capítulo 56 de "El mundo como voluntad y representación" (1819), estableciendo una conexión directa de la filosofía de Schopenhauer con este poema.

Arellano sopesa la dimensión existencial del texto citando al poeta Manuel Mantero, quien afirma que la obra de Darío es más precursora, en ese sentido, que la de Miguel de Unamuno o Antonio Machado. “La vuelta del hombre sobre sí mismo en su cualidad de ser para la muerte”, según Mantero está ya especificada en este poema, que a lo largo del tiempo nunca ha dejado de sorprender.

Arellano recuerda que Federico García Lorca lo recitó en Nueva York una noche de 1929, ante el asombro de John Armstrong Crow, su vecino de pasillo en la residencia de Columbia University. Por mi parte no puedo dejar de mencionar que Sergio Ramírez ha recordado no una vez que Gabriel García Márquez le declaró un día que se trata del mejor poema jamás escrito en nuestra lengua. 

Sé que Gabo siempre fue tentado por la hipérbole, y que la exageración bien contada fue uno de sus recursos más eficaces; pero en este caso creo que no ha dicho más que la pura verdad.

* Escritor y periodista.