Augusto Zamora R.*
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El día del santo se regala, entre otros objetos, flores, preferentemente rosas, como gesto de amor o amistad (o ambas cosas, que no están reñidos esos sentimientos).

No es hablar del santo o de lo celebrado en su nombre lo interesante (que al santo sorprendería, si verlo pudiera). Es hablar de ciertas zonas donde se cultivan rosas.

El África Subsahariana es la región más pobre del mundo. Lugar de guerras atroces y hambrunas terribles. Uno de estos países, Kenia, exporta rosas. Decenas de millones, vendidas a 6,500 kilómetros de distancia, en Berlín o Nueva York.

Los obreros cobran 1.50 dólares por nueve horas de trabajo, salario de hambre aceptado para no morirse de hambre, literalmente. En Europa, seis rosas cuestan 50 dólares.

El Día de San Valentín las rosas africanas se venden por millones en nombre del amor, sin que nadie indague origen o imagine el dolor y explotación que encarnan.

El éxito ha llevado a extender su cultivo a Etiopía, país pobre entre los pobres, cuyas tierras fértiles deberían estar sembradas de trigo, maíz o verduras, no de rosales.

Las rosas de Kenia se riegan con agua del lago Naivasha, área protegida amenazada por la sobreexplotación, tema indiferente a las empresas extranjeras. Si se seca, volarán.  

En el Sahel, el desierto avanza inexorablemente, haciendo arena lo que eran campos de cultivo. No ocupa el tema titulares, que poco preocupa la suerte del pobre.

A San Valentín puede que sí.

az.sinveniracuento@gmail.com