Orlando López-Selva
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Siempre he creído que vivimos en un mundo heraclitano, donde todo se mueve y fluye. Hay quienes piensan que no, que hay mucho de Parménides, pues hay más cosas que permanecen que las que cambian.

La historia, la ciencia encargada de la mecánica de los eventos, sigue sorprendiéndonos. Hace un poco menos de tres décadas, todos estábamos asombrados de ver cómo el fenómeno de la globalización era anunciado con altisonancia y tambores por los líderes occidentales.

Los franceses etiquetaron este fenómeno como planetización. Un mot un peu plus chic.

Y hoy, Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia parecen bien encaminados y dispuestos a echarse para atrás en cuanto a los avances y profundización del fenómeno en mención.

Me preocupa muchísimo. Espero que esto no  sea el comienzo de un proceso que revierta otras grandes invenciones occidentales. Ejemplo, la democracia, la libertad individual, los derechos humanos, el concepto del derecho civil, para citar algunos.

Los punteros fueron los norteamericanos con su política de globo-comercialización (todo muy empujado por las sorprendentes y constantes invenciones de la comunicación digital); los europeos con su Unión; y los chinos, que se convirtieron en el gran supermercado del mundo, de los artilugios electrónicos para nuestras casas, oficinas.

Hubo quienes se sintieron amenazados porque vieron que su cultura o modus vivendi podía desaparecer por las embestidas de las grandes transnacionales y emporios que amenazaban con diezmarlo todo.

Es cierto; han desaparecido algunas pequeñas industrias porque no han podido competir con los grandes. Pero otras, inteligentemente, se han fusionado.

En Estados Unidos, los  republicanos quieren que haya una regresión-al-origen. Que lo actuado vuelva atrás. En pocas palabras, no les ha tenido cuenta el irse a instalar al extranjero, dejando en el desempleo a muchos de sus connacionales.

Puede haber otras causas, no ligadas a los TLC. Cierto, han crecido muchas economías emergentes, y las grandes se han  rezagado. ¿La culpa la tiene la globalización o aquellos que han creído que el mundo siempre iba a ser igual: los grandotes siempre arriba, incontenibles; y los pequeños, entumecidos y rezagados industrial, cultural, económica y tecnológicamente?

Hubo —y todavía los sigue habiendo— grupos protestantes y de rechazo a ese fenómeno de fronteras abiertas, flujo de capitales, los TLC y las nuevas plataformas de comunicación tecnológicas y digitales.

Las preguntas de los filósofos, en general, eran: ¿Lo provinciano y popular va a reducirse a meros objetos antropológicos o de museo? ¿Globalización es equivalente a mercado frío, duro e incompasivo? ¿Es la globalización un fenómeno de imposición y  de poscolonización?

De una u otra manera, la mayoría nos insertamos por vía de las comunicaciones.

¿Quiénes han liderado? Las potencias occidentales, más Japón, Corea del Sur, India y China.

Pero resulta que con la salida de los británicos de la Unión Europea, el ascenso al poder de Donald Trump, y una creciente influencia en Francia del Frente Nacional, liderado por Marine LePen, esta tendencia está dejando mal parada a la postura globalizadora. Ellos están contra los flujos de migración provenientes del Sur, contra los tratados de libre comercio, contra el cuido de la seguridad internacional, de manera conjunta. Entiéndase,  “que cada quien se cuide solo y pague sus gastos”.

¿Esto solo es aplicable a algunos aspectos de la globalización o a todo?

Ciertamente, la humanidad siempre ha vivido en crisis. A veces pienso que es una muletilla de los pensadores existencialistas para justificar su oficio, cuestionándolo todo. Y esta parte del planeta vive aterrado por la premonición de Spengler; luego refrendada por Paul Kennedy, Francis Fukuyama y Robert Kaplan.

Pregunto, si los países ahora más estables están en Asia, ¿cómo sabremos que ellos no se verán arrastrados por este fenómeno? Ellos son el fruto del impulso globalizador. ¿O es que esto mismo será solo un síndrome sin metástasis hacia Oriente?

Cabe la posibilidad de que los países que se retraigan al dejar un espacio vacío permitan a otros llenar esas vacantes de liderazgo. También, estas tendencias pueden ser solo pasajeras. En las democracias el poder no es absoluto; esto podría dar marcha atrás, eventualmente. Y que todo sea solo episodios aislados, alternativos, no-permanentes.

El punto es que sí los nuevos líderes neoconservadores asientan su poder, esto marcará tendencias.

Pero alguien habrá de liderar ese movimiento, si es que se les está acabando el gas a las locomotoras occidentales.

Entonces, después de este cuestionamiento, cabe reflexionar: ¿era mejor que cada quien se quedara en su casa, en vez de haber salido a decir que vivíamos en una aldea global?