Oliver Gómez
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Enigmática y furtiva a la imagen de unos. Rigurosa y medida a la paciencia de otros. Es como el papel a la tinta para los adjetivos y aquí también podríamos adornar con las flores de las tarimas, calificativos a su alrededor. Nadie, sin embargo, podría cuestionar el éxito de su programa “Información Cero”. No es Rosario Murillo Zambrana, me refiero a la estratega de la comunicación gubernamental que ha dado sendas lecciones en el campo de la Comunicación Social.

Ningún comunicador, investigador, periodista o publicista ha logrado perforar hasta ahora su política de información revestida de cerrada firmeza. Me incluyo con más preguntas que respuestas. La magnitud de la desinformación es tal, que redujo la calidad de muchos espacios, desapareció otros y fortaleció algunos; dejando en evidencia la predominante dependencia que tienen los medios ante la agenda del Estado, la condescendencia publicitaria y la apremiante obediencia.

Verticalidad y dureza jamás han sido términos bien recibidos como medios de subordinación, pero han sido ejes transversales de todas las lecciones aprendidas o no a través de la historia. Entonces, no es de asustarnos o autocensurarnos que se disfruta la labor de Murillo en platea o gradería. Guste o no, ha sido más estratega en Comunicación que los mismos comunicadores.

Con autoridad y firmeza, diseñó y aplica su política informativa. Una estrategia que ha demostrado su eficacia en cada táctica, después de 780 días de uso. El lunes 14 de diciembre de 2009, el presidente Daniel Ortega cumplirá un mil días de gobierno en un combo conyugal administrado con un discurso antípoda, que ya es registro en la historia de Nicaragua por el predominio de una imagen femenina con más autoridad que la primera mandataria que tuvo el país.

La información ahora tiene su interruptor. Fluye, limita o frena a su disposición táctica, en un plan maquiavélico que siempre obedece a la cansada estrategia, la histórica, la de una década post gobierno que fue escuela exitosa para un Ortega lejos pero encima del poder: “divide y vencerás”.

Ha logrado que el presidente Ortega evite preguntas directas de los periodistas, en un ejercicio que debería ser un permanente espacio de intercambio entre gobierno y gobernados. Es un escenario donde su colega venezolano Hugo Chávez ha cobrado legitimidad por la claridad de sus argumentos.

Está de más aplaudir, asentar o deslegitimar cada táctica del gobierno o medir cada éxito de su directa pero compleja estrategia informativa. Lejos de ver lo evidente en medio de la celebración del Día Nacional del Periodismo, de la Libertad de Prensa, me pregunto: ¿ella tiene su estrategia y los comunicadores qué tenemos? ¿Qué hacemos en contra o en favor de eso? ¿Qué proponen o escudriñan los investigadores para revertir el asunto en favor de las audiencias? ¿Dónde están los estrategas de la contrainteligencia en Comunicación?
Ahora que el país los necesita sería digno escucharlos de parte de quienes ejercemos el oficio con preguntas, en busca de alternativas frente a las murallas. En esta vía celebro el esfuerzo del Centro de Investigación de la Comunicación (Cinco) y su Observatorio de Medios de Comunicación. El trabajo en equipo, dirigido por el doctor Guillermo Rothschuh Villanueva, con la presentación del informe Estado de la Libertad de Expresión en Nicaragua (2007- 2008), donde se devela una realidad que pareciera una provocación, un reto, un desafío a la conciencia social y especialmente, la periodística.

De singular mérito para la reflexión y de mayor atención para los investigadores, también considero las conversaciones entabladas por varios comunicadores en el espacio “Esta Noche”, de Carlos Fernando Chamorro y la frecuencia de 100% Noticias, en el IV Poder, que dirige el colega Miguel Mora; donde se escarba entre los cerros de acontecimientos y noticias en la búsqueda directa e indirecta de oportunidades, debilidades y amenazas al ejercicio del periodismo.

No es mi intensión aplaudir a nadie y no me parece justo dejar de mencionar otros esfuerzos, aunque así lo termine haciendo por mi desinformación, pero de manera atrevida puedo afirmar que pocos están apostando a la máxima quintiliánica que contradice ese discurso gubernamental exaltado en Maquiavelo. Aquella que reduce a “cero” lo que ahora se practica en el Estado: “hilvana bandos divididos hasta ser mayoría, resta y seduce al adversario para multiplicar y vencer”.

En lo absoluto descarto recomendar a los periodistas que vayan a despotricar de canal en canal, de web en web, de radio en radio, de periódico en periódico; en contra de un Gobierno que muestra obras a favor de los pobres. Mucho menos reducir el impacto de sus planes o desmoronar la fuerza de un partido organizado, que, además, ha demostrado en todo el espectro que hace mejor gestión municipal.

No me detengo a recomendar aplausos para un candidato, aunque al final la labor periodística de unos les favorezca, ni relucir entre la derecha, centro o izquierda, para garantizar o postular a beneficios. Que cada conciencia encuentre su rumbo, aunque antes lo deje en evidencia ante las audiencias.

Me centro y enfatizo en el derecho que tiene cada lector, cibernauta, oyente, televidente, nicaragüense; a saber qué ocurre con su dinero, con sus bienes, nuestro Estado. El monto que cada quincena o mes deja de capitalizar en su bolsillo por dejarlo --de forma obligatoria-- a expensas de funcionarios públicos, desde que recibe ese ingreso hasta que lo agota.

En un país tan empobrecido, incluso, es aquel córdoba de sobrevivencia que lleva centavos para el erario al adquirir un litro de leche. Recordemos que hasta subsistir conlleva entregar mucho al Estado, un aparato que no está obligado a rendir cuentas por un asunto de Ley, sino por fortalecer la autoridad, la gobernabilidad.

Me refiero a saber bajo qué directrices se administra este país que será heredado a nuestros hijos y nietos, ya en mora con la deuda interna y externa. Conocer hacia dónde nos lleva la carreta para ayudar a halar, enderezar o detener ese rumbo en consenso.

Desde el campo de la Comunicación nos hemos limitado a golpearnos el pecho. Una discusión que se centra en reeditar las amenazas sufridas en un ambiente que lo único que demanda es una sola estrategia y miles de tácticas de parte de los periodistas y medios de comunicación.

Hoy, en términos gubernamentales, no basta rezar sino hacer “rojinegros” que produzcan una contra-inteligencia, pues la división entre comunicadores fue advertida desde la misma firma, aprobación y entrada en vigencia de la Ley de Acceso a la Información Pública. Eso ya lo confirma el informe de Cinco, las conversaciones de “Esta Noche”, del IV Poder y otras tantas discusiones de los comunicadores.

Entonces, ¿estoy pidiendo que me digan qué hacer con este asunto? De ninguna manera. Es sólo una invitación a los estrategas, a construir y develar mediante una radiografía aquello que se presenta de parte del Estado, no sólo con el pastel de la publicidad sino –y especialmente— con el acceso a la información pública, el derecho que tiene la gente a ser informada. Reconstruir desde esta acera ese elefante que no se corresponde con la estrategia gubernamental presentada en documento, para buscarle el ratón adecuado.

En mi atrevida visión periodística celebro, cito y llamo a capitalizar aquellas prácticas puntuales que están dando frutos de manera desorganizada, partiendo de la unidad y afinidad entre los reporteros. Es la búsqueda de complicidad con aquellos funcionarios, trabajadores y ex trabajadores del Estado que ahora filtran la información como forma de protesta ante las innumerables quejas laborales que se respiran o cabizbajan en las instituciones. ¿Qué se trabaja en esta vía?
Es aquella alianza con los inconformes, quienes se limitan a bajar la cabeza o hacer como el avestruz ante la indolencia gubernamental que exige retribución del empleo estatal, con opción a militancia. Sólo recojo comentarios de los reporteros.

Me refiero a aquella fila entre lo estatal que ha demostrado ser más sandinista que “orteguista”. Guste o no, la transparencia es signo vital de esta fila, de esta generación que luchó contra la dictadura somocista o al menos lo sabe. Son aquellos obligados a apoyar el plan gubernamental por disciplina, los que también lamentan ver desmoronar sus sólidos cimientos sociales y revolucionarios. ¿Cómo identificarlos? ¿Quiénes son? ¿Cómo buscarlos?
En los barrios serían aquellos muchos detrás de los escasos que se atreven a enarbolar con orgullo las banderas de los CPC. Son quienes dejan en evidencia su temor o vergüenza al esconder sus rostros, mientras toman las piedras o el lanza-morteros para mostrar disciplina o ganar réditos partidarios.

En resumen, es celebrar pequeñas pero grandes iniciativas como alianzas entre los reporteros para avisarse “los unos a los otros”, y así lograr la presencia de todos en momentos claves que resultan significativos para informar con calidad, para que el funcionario aclare a quienes tienen las preguntas exactas y no sólo use los micrófonos tendidos a su disposición.

Iniciativas como crear muros físicos de contención o retención de los funcionarios, para que no escapen de las actividades sin, al menos, escuchar las preguntas claves del asunto en cuestión, aunque no las respondan.

Es fomentar esos pequeños ratones escurridizos a los que sucumbe el gran elefante de la estratega del gobierno, Rosario Murillo, a quien sólo me queda agradecerle por demostrar a Nicaragua que las estrategias y contra estrategias son más práctica que teoría, en un contexto que ahora nos regala planteándonos más retos y desafíos periodísticos que condescendencias, debates o enfrentamientos entre los comunicadores en busca de causantes, víctimas o culpables.