Jorge Eduardo Arellano
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Soy un “obrero de la cooperación” y desde hace 20 años estoy metido en este mundo tan contradictorio y emblemático de la Cooperación Internacional en el que convive el trigo con la maleza, la ética con el negocio, la solidaridad con el oportunismo, la reciprocidad con el pietismo. No quiero de ninguna manera echar gasolina al fuego en esta coyuntura particular que vive Nicaragua en relación con la cooperación, sino quiero aportar un granito de arena para una reflexión propositiva, para “un repensamiento y una relectura crítica de la cooperación”.

El término Cooperación al Desarrollo ha sido formulado por el ex presidente nord-americano Truman en 1948 en el marco de la Guerra Fría, como un instrumento de contención frente al “peligro comunista” y como instrumento de expansión del modelo “democrático y capitalista occidental”. Lo interesante es que el concepto de Cooperación al Desarrollo se sustentaba en un sencillo supuesto: hay países desarrollados y hay países subdesarrollados. Los del Norte eran los países desarrollados y los del Sur eran los países sub-desarrollados que había que ayudarlos para logra un cierto desarrollo económico en el marco de la democracia occidental. Esta categoría economicista arrasaba totalmente con la historia, la cultura, los valores de los pueblos en cuanto “ser desarrollado”, para el Norte, significaba tener un buen Producto Interno Bruto, categoría fundamentalista para definir , en la lógica del Norte, el desarrollo de un pueblo, la riqueza de un pueblo y hasta el bienestar de un pueblo. Nadie todavía cuestionaba, y pocos cuestionan ahora, que el PIB ( per cápita o global), palabra fetiche, mide la riqueza y la producción de mercancías y servicios que se intercambian por dinero pero entra de todo hasta la contaminación y los gastos para reparar la contaminación, mide los gastos de la guerra y sus destrucciones humanas y físicas…gastar millones y millones para comprar armas es contribuir a aumentar el PIB de un país. El PIB no mide el bienestar real de la gente, etimológicamente estar bien consigo mismo y con los demás, no mide la relación armónica con la naturaleza, no mide la felicidad de la gente, los bienes de uso, los valores y la cultura de la gente.

Lamentablemente la visión actual de cooperación no difiere mucho de hace cincuenta años: la cooperación se percibe como respuestas a carencias , principalmente económicas, de los países del Sur; la cooperación se percibe como ayuda voluntaria y discrecional para conseguir “mejor desarrollo” promoviendo un crecimiento económico de los países del Sur para acortar las distancias con el Norte. A partir de los ´80 se hizo un esfuerzo para otorgar un papel central también a las carencias situadas en la dimensión social u otras dimensiones no estrictamente económicas, por eso se formuló el atractivo término “Desarrollo Humano Sostenible”, en el cual se afirma , entre las varias cosas, que el crecimiento económico es necesario pero no suficiente. En esencia, para este tipo de enfoque de cooperación, en definitiva el problema de la pobreza en el Sur se reduce a una “falta”, a “carencias” en cuanto a crecimiento en su dimensión estrictamente económica y a carencias respecto a capacidades y oportunidades humanas (en su dimensión social, cultural, política, etc.). Para este tipo de cooperación lo esencial es la transferencia del Norte al Sur de recursos financieros, recursos tecnológicos y recursos humanos y se sustenta en la decisión unilateral y bondadosa del Norte acerca de dónde, cómo y cuándo ayudar.

Desde varios años en el Sur como en el Norte hay movimientos sociales (Foro Social Mundial) e intelectuales que están cuestionando seriamente estos planteamientos clásicos de la cooperación e intentando proponer propuestas alternativas y justas de cooperación.

Este pensamiento parte de una sencilla constatación y afirmación de que el desarrollo y el crecimiento económico del Norte es inviable y no es sustentable en cuanto es un crecimiento infinito y lineal (economía de materiales: extracción, producción, distribución, consumo, descarte) en un mundo con recursos limitados. Muy pocos, por ejemplo, cuestionan que el desarrollo económico del Norte es un desarrollo totalmente absurdo que nos está llevando al “colapso” del planeta y por ende a la misma destrucción de la humanidad. Es un desarrollo ni sustentable socialmente, ni sustentable ecológicamente, ni sustentable económicamente (crisis actual docet). Un ejemplo emblemático: universalizar el estilo de vida de un ciudadano medio de EU implicaría disponer de más de 5 planetas. En el caso de la UE, necesitaríamos 3 planetas. Por ende el problema fundamental no es el crecimiento de los países del Sur sino la redistribución del uso de los recursos y la sujeción a los límites naturales. Por ende el verdadero problema y la verdadera prioridad de la Cooperación, me parece que tendría que ser el Ajuste Estructural, Ecológico, Económico y Social del Norte. Este proceso permitiría redistribuir con equidad la utilización de los recursos del planeta entre sus habitantes y respetar los límites marcados por la biosfera y las capacidades de regeneración del planeta. El problema son los países del Norte, el modelo productivista occidental que condena la sostenibilidad ambiental y social del planeta. Por lo tanto hay que cambiar el sistema del Norte. Por ende hay que empezar a buscar nuevos caminos y modelos que devuelvan un futuro a la humanidad y al planeta.

Se necesita, a mi parecer, reenfocar la cooperación como distribución, como responsabilidad colectiva, obligación, intercambio y relación ética de reciprocidad. En este marco teórico será importante profundizar las relaciones de cooperación entre comunidades, alcaldías, territorios para que se empiece a construir un co-desarrollo viable y sustentable sea para el Sur como para el Norte. En este marco las relaciones serán paritarias y no pietistas y todos hacemos cooperación, todos construimos juntos el Sur y el Norte, rompiendo el esquema clásico y ofensivo de países donantes y países beneficiarios. Me parece que un papel fundamental de la Cooperación será el trabajo en el Norte reorientando la sensibilización y la educación al desarrollo hacia la promoción de otro desarrollo,otra economía, otro consumo.

Todos somos co-responsables del planeta y de la humanidad y ha llegado el momento de que el Norte asuma en serio su responsabilidad de repensar su modelo de crecimiento económico que, como dice el economista y filósofo francés Serge Latouche, es un crecimiento toxico, destructivo, absurdo, infeliz e injusto para toda la humanidad.