Jorge Eduardo Arellano
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Sócrates Sandino Tiffer (Niquinohomo, 31 de octubre de 1898-Managua, 21 de febrero de 1934) escribió un panegírico de Augusto Nicolás Sandino, de quien era hermano de padre. Ese texto no es muy conocido y contiene imaginarias cifras hiperbólicas, pero vale la pena rescatarlo. Titulado “El patriotismo de Sandino”, se publicó en la revista Nicaragua Informativa (Managua, año XV, núm. 263, 20 de marzo, 1928). Es el siguiente.

Cuando mi hermano salvó al ejército liberal y el general José María Moncada, este le abrazó públicamente y le llamó “Salvador de la Patria”. La prensa liberal también le llamó “Salvador de la Patria”. La prensa liberal también le colmó de alabanzas, diciendo que era héroe digno de una ilíada homérica, y otros epítetos parecidos. Sin embargo, hoy, cuando desertado por sus superiores frente a fuerzas poderosas, abandonado de todos, menos del pueblo nicaragüense, mi hermano se ve acosado por el mismo Moncada y por la misma prensa. Y se le llama bandido y asesino.

Perdono el vocablo al general Lejeune y a los demás (norte)americanos que no le conocen; pero ni yo ni Dios podremos nunca perdonar a Moncada que se atreve a insultar tan cruelmente a mi hermano, cuando de corazón  sabe que es el único caudillo militar de Nicaragua que merece el dictado de hombre. Mandando las fuerzas de Moncada, mi hermano pronto había atrapado a (Bartolomé) Víquez en Tipitapa, y ya no había esperanzas para Adolfo Díaz. Era cosa de pocos días cuando las fuerzas unidas hubieran marchado sobre Managua arrojando al tiranuelo, vasallo de dos o tres casas (norte)americanas, y restaurando el gobierno constitucional a nuestra infortunada patria.

Pero cuando los norte(americanos) se dieron cuenta de que Adolfo Díaz no podría sostenerse, a pesar del auxilio que ellos le prestaban, y a pesar de que los marinos declaraban zona neutral todos los puntos que las fuerzas liberales iban conquistando, se dieron pausa en enviar un “mediador”. Al efecto llegó a Nicaragua un tal (Henry L.) Stimson, quien notificó a Moncada y a los demás caudillos, que si no deponían las armas tendrían que habérselas con los Estados Unidos.

He sabido que a mi hermano le ofrecían cien mil dólares si deponía las armas y con orgullo declaró que Augusto C. Sandino rechazaba la oferta. Después de la mal llamada conferencia de paz, tanto Moncada como mi padre rogaron a Augusto que se entregase. Mi hermano contestó: “Las armas conquistadas al precio de sangre nicaragüense solo pueden emplearse en una causa noble y  justa”. Y emulando a los antiguos espartanos, mi hermano ha dicho que volverá al hogar con un escudo o sobre él, es decir, victorioso o muerto. 

Así es que, rehusando entregarse, se volvió decepcionado al Chipote. 1,500 hombres le siguieron. Mi hermano los llamó a todos y los dejó después de explicarles los peligros de la pelea: “Estamos solos; la causa de Nicaragua ha sido abandonada; nuestros enemigos no serán de hoy en adelante las fuerzas del tirano Díaz, sino los marinos del imperio más poderoso que la historia ha conocido. Es contra ellos que vamos a combatir. Seremos asesinados villanamente por las bombas que desde el aire nos envían truculentos aviones; tironeados por ametralladoras modernísimas. Los casados o con deberes de familia que vuelvan a sus hogares”.

Quinientos hombres abandonaron las filas. Augusto tuvo que usar rigor para obligarles a volver a sus hogares. Todos querían morir con su jefe. Luego mi hermano, volviéndose a los que quedaron firmes, les preguntó si deseaban morir con Sandino. “¡Abajo los extranjeros! ¡Viva Sandino! ¡Viva Nicaragua libre!”. Esos son los hombres que escriben hoy la historia de mi patria, hombres dignos de las gloriosas épocas clásicas. 

He ahí el artículo de Sócrates, uno de tantos que difundió en México y en España sobre el papel protagónico de su hermano. Por lo demás, la inquietud literaria y el culto a la palabra lo definían. Así lo demostró en efluvios líricos (escritos en las Segovias) y discursos, por ejemplo el de 1927 durante una sesión de la Liga Antimperialista, solidaria con la lucha de Sandino; y los del 10 y 11 de julio en Progreso, México, cuando acababa de incorporarse al Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua. 

En fin, Sandino Tiffer fue el único de los mártires del 21 de febrero de 1934 que cayó con las armas en la mano.