Orlando López-Selva
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La política exterior cubana es apabullante. Todo lo quiere conseguir a manotazos y empellones. No busca armonizar, sino adversar, enfrentar.

En algún momento creí que los cubanos comprenderían que en el sistema internacional no se podía vivir sin aliados; al menos, convivir sin pelearse con moros y cristianos. Pero todavía no parecen ser diferentes.

El secretario general de la OEA, el uruguayo Luis Almagro, quiso, junto al expresidente mexicano Luis Felipe Calderón y la senadora chilena Mariana Alwyn, visitar La Habana para entregar un premio a un disidente cubano. La cancillería habanera no les permitió entrar.

¿Qué consiguen haciéndose de más adversarios, sabiendo que Almagro es un izquierdista balanceado?
Cuba, después de medio siglo, quiere ser tomada en cuenta en círculos internacionales decentes, democráticos. Tarde se enteró de su soledad. ¿Cuántos aliados tiene?

Fácil respuesta: no más de 7 en Asia, nadie en Europa, unos 10 en África; y 4 delirantes en América Latina, que se han inventado fábulas, para manipular la historia, la verdad, la soberanía popular. Creen tener medicinas alternativas mágicas que nunca han curado pobreza ni exclusión.

La situación de Cuba —siempre oscilante entre crisis y tragedia— no puede ser peor: su aliado número uno, mentor, protector, Rusia, está agotado financieramente; su aliado petrolero que le regala 100,000 barriles de petróleo diario, la convulsa Venezuela, no le puede seguir dando la mano; tampoco Bolivia o Ecuador están en posibilidad de brindarle el socorro urgente y cuantioso que el régimen cubano solicita.

Justificadamente, para sobrevivir, poco a poco, paso a paso, Cuba se va acercando a sus amados-odiados vecinos, los Estados Unidos.

Más temprano que tarde, Trump les hará saber cuáles serán los alcances de las nuevas medidas contra el régimen castrista.

Aunque lo nieguen, le tienen horror al poder estadounidense, no porque lo digan sino por todo lo que hacen para congraciarse con ellos. Mientras que en público aturden a millones de cubanos sometidos, con arengas insultantes contra “el imperio yanqui”.

¿Olvidó la diplomacia cubana —por cierto, bien entrenada para arremeter contra Occidente— que solo se gana reconocimiento internacional teniendo más aliados que adversarios?

Si hoy hay un trance de ensimismamiento occidental, favorable al régimen castrista, ¿por qué Rusia o China no rescatan a su pequeño aliado ideológico, sabiendo que está localizado en las barbas del Tío Sam?

Cuba no le interesa a Rusia ni a China. Es un país del que no sacan ningún provecho. No es país-aliado; es país-carga; que después de crisis permanentes, ahora se ha resignado a seguir copiando otro modelo (primero fue el ruso, que fracasó; y luego el chino, que no pueden adoptar); sería convertir a Cuba en un emporio de millonarios, cosa impensable porque pregonaron el odio inmisericorde al capitalismo. Eso sería hipócrita, (¡aunque lo anhelen!). Pero así ha sido el modelo fidelo-raulista, dual: vivir siempre copiando y queriendo inventar; calumniando y queriendo enmendar; peleando y buscando negociar; odiando y pretendiendo amar.

No dejar entrar a Cuba al secretario Almagro es una torpeza gigantesca; si es que alguna vez han creído que sobrevivirán con la ridícula invención del Celac, que no convoca a todos, nadie los toma en serio, y solo se juntan para aullar sus traumas antiespañoles y antioccidentales. No producen siquiera algo sustantivo. Todo es verborrea zafia.

¿No han visto los ideólogos cubanos que la historia que ellos creyeron interpretar trabaja en oleadas? ¿Qué quiero decir?

América Latina sigue un dinámica circular, en la cual militares, conservadores, liberales, pragmáticos-nacionalistas, y luego izquierdistas, se suceden en el mando político de la región.

Ahora los Alba-trópicos están en declinación.

Los pueblos se han hastiado de tanto lenguaje insustancial, de luchas, odios y sacrificios que nunca cosecharon frutos en América Latina. Ello demuestra que cuando se gastan los discursos de unos, otros les siguen.

Cuba es una isla donde la máscara de la “revolución proletaria” ha sobrevivido por intolerancia y represión.
¿Acaso no pueden comprender los dictadores, sabidos que todo lo grandioso que ven a su alrededor es pura falsedad: cifras infladas y gente amedrentada, por hambre y necesidad?

La Habana dejó pasar una oportunidad dorada para acreditarse un enaltecedor reconocimiento por su tolerancia. Con el gesto de no permitir la entrada de las personalidades en mención, perdieron más credibilidad y respeto.

Castro demostró que el cálculo que tiene (tan alejado de la bondad y la verdad para hacer las cosas solo por capricho propio; o miedo a la libertad, como diría Erick Fromm) le pudo haber ganado muchísimo, tan solo cediendo, callando o disimulando.