Galo Muñoz Arce
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La mujer ha sido siempre una luchadora, desde sus inicios; existen varias teorías de científicos, de que en la prehistoria del universo surgieron varias sociedades matriarcales en las que dominaba la mujer.  

Un ejemplo de esta teoría de matriarcados podría ser la cultura Valdivia (4200 ac – 1500 ac), en la región andina. Se cree que los figurines en forma de mujer, más conocidos como las “Venus de Valdivia” representaban muy aparte de la fertilidad, el poder que tenía la mujer en aquel tiempo. 

Sin embargo, conocemos por referencias históricas que durante mucho tiempo la mujer ocupó un papel pasivo dentro de la sociedad, siendo así que por muchos años ellas solo terminaban la educación primaria para luego tornarse amas de casa en muchos casos. 

No obstante, en estos últimos años vemos que  ha habido  un cambio en la mentalidad de ciertas mujeres que decidieron hacerse valer por sí solas y luchar por un camino de igualdad. 

La lucha de las mujeres por la equidad se vio reflejada en la Carta de las Naciones Unidas (1945), primer acuerdo internacional para afirmar el principio de igualdad entre mujeres y hombres. Pero está visto que modificar pautas culturales que llevan siglos de antigüedad no es tarea sencilla. 

Sin embargo, es evidente que no bastan las declaraciones de organismos internacionales, las leyes para erradicar la violencia, los discursos, las comisiones. Son imprescindibles, pero no alcanzan. La discriminación no cede. Y la violencia se manifiesta a diario. 

No solo en el aspecto físico sino en lo simbólico: en el lenguaje, las costumbres, lo aceptado como definición de lo que es ser un hombre o lo que es ser una mujer, de lo que corresponde o no, de lo que se puede o se debe hacer, o no, cómo sentir, pensar, comportarse o simplemente vivir.

La expresión más extrema de este violento ejercicio del poder es el asesinato de mujeres. Y fue necesario encontrar una nueva palabra para nombrar y descubrir su significado político: femicidio, que da cuenta de las relaciones inequitativas entre los géneros.

Encontramos que sí es importante destinar un día para la mujer. Para agasajarla o mimarla en el mundo íntimo familiar, si se quiere. Y para procurar ese plano de igualdad con el hombre en la participación ciudadana y laboral, y en su desarrollo íntegro como persona, como sujeto de derecho, de todos los derechos.

Nombres muy conocidos vienen a nuestra memoria al hablar de este tema, como Juana de Arcos, heroína, Gabriela Mistral, poeta, Amelia Earhart, pionera de la aviación americana y la primera mujer en cruzar el Océano Atlántico, además intentó el primer viaje alrededor del mundo por la línea ecuatorial. 

Sin irnos muy lejos, Ecuador está preñada de mujeres que han tenido una gran influencia y modelo a seguir de muchas más, podemos citar Rafaela Herrera, Josefa Chamorro, Josefa Vega, Josefa Castro Ríos, Elena Arellano Chamorro, Josefa Emilia Toledo. En la época del General Sandino, Blanca Aráuz Pineda, Conchita Alday, María Altamirano, Tiburcia García Otero, las mujeres del Cua, Amanda Aguilar, Nora Astorga, Luisa Amanda Espinoza, Claudia Chamorro, Arlen Siu, Lidia Saavedra Ortega, y muchas otras heroínas y mártires anónimas.

A través de los años, la mujer se fue haciendo notar y con ánimos de lucha logró alcanzar su igualdad laboral y de derechos que antes eran exclusividad del hombre. Siempre ha ejercido un papel fundamental en la historia y sin duda, actualmente muchas  continúan haciendo. 

De ahí que toda la inspiración dedicada a glorificar su excelencia y magnitud (con fines consumistas), resulta insuficiente para comprender el mundo de ternura y heroísmo que cabe y palpita en su espíritu sublime. Además de ser madres, indígenas, trabajadoras, profesionales, son moléculas de actividad, energía positiva que irradia y llena las necesidades materiales y espirituales de la familia, la comunidad, la sociedad.