Augusto Zamora R.*
  • Managua, Nicaragua |
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Hecho atroz donde los haya, el secuestro, tortura y quema de una mujer por una secta religiosa debe servir para algo más que repudiar el asesinato y condenar a los autores.

Desde hace décadas nuestra región se ha visto, literalmente, invadida de sectas dizque religiosas, originarias casi todas de EE. UU., que actúan con las capas más vulnerables de la población. Gente pobre, analfabeta, desamparada, a la que captan para sus fanatismos.

No es fenómeno regional. En Europa han intentado extenderse pero la sociedad es más precavida y educada, las leyes controlan su difusión. En Alemania, Rusia, Italia, Gran Bretaña, por ejemplo, están prohibidas distintas sectas fanáticas.

Un tema es la libertad religiosa, otra la propagación de sectas socialmente peligrosas, sobre todo entre segmentos frágiles de la sociedad, cuya fragilidad los hace presa fácil.

No debe extrañar que provengan de EE. UU. El creador de la cienciología afirmó, con descaro, que “si un hombre quiere ganar dinero de verdad, lo mejor que puede hacer es crear su propia iglesia”.

Una parte relevante de sectas funciona como máquinas de hacer dinero. Captan adeptos para hacer fortuna. Cada miembro de la secta debe dar óbolos como muestra de ‘amor’.

No hace mucho, un pastor protestante reprochó a un conocido boxeador que visitó un templo católico. Luego ha sido el asesinato de la mujer. No son hechos independientes.

Algo hay podrido en esas sectas. Libertad religiosa, sí. Fanatismo religioso, no. Las sectas deben ser reguladas. Medida de autoprotección.

az.sinveniracuento@gmail.com