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En menos de dos años, la justicia de Nicaragua ha recibido dos casos de fanatismo religioso en los que se cometieron delitos, siendo el último el más grave, porque una mujer fue torturada y quemada en una hoguera hasta morir.

Es bueno que en el país haya plena libertad de culto, que cada ciudadano profese la religión que mejor le parezca y acuda a la iglesia de su preferencia, pero es importante estar atentos a los sesgos del fanatismo porque este es capaz de empujar al abismo a una persona que cree ir sobre el buen camino.

Nadie puede ser acusado en un tribunal solo por fanatismo, sin haber cometido un delito, algo probado. Lo ideal sería evitar la comisión de delitos o crímenes por esa causa, pero surge la inquietud de cómo deberían intervenir las autoridades para prevenirlos.

Lo sucedido en la comunidad rural El Cortezal el 21 de febrero pasado, nos motiva esta reflexión. Ese día, el pastor de la secta Visión Celestial ordenó a sus seguidores hacer una hoguera y echar en ella a Vilma Trujillo García, para sacarle los demonios.

A Trujillo, quien estaba enferma, le amarraron los pies y las manos días antes, el 15 de febrero, y la llevaron a otro sitio, secuestrada de hecho por instrucciones del mismo pastor, manteniéndola así hasta el día que la quemaron, sin que nadie alertara a la Policía o al Ejército en el municipio de Rosita.

El pastor y cuatro cómplices, incluidas dos mujeres, están siendo enjuiciados por secuestro y asesinato y lo más probable es que sean condenados. Sin embargo, es triste constatar que Vilma Trujillo fue asesinada con la aprobación implícita, o la indiferencia, de una comunidad campesina que creyó de forma ciega en los desvaríos de un predicador, aun yendo en contra del precepto cristiano de “no matarás”. El fanatismo les deshumanizó, les hizo ver a Vilma como una poseída por el diablo en vez de considerarla como una persona que requería atención médica, en caso de que una oración fuese insuficiente.

A mediados del 2015, en un campamento rural del departamento de Chinandega empezaron a concentrarse familias pobres, la mayoría de Nicaragua y algunas procedentes de Honduras, El Salvador y Guatemala, convocadas por pastores de una secta para esperar allí el “rapto divino”, la llegada de Jesús. Había niños y ancianos en condiciones precarias, por lo que intervinieron las autoridades.

Ocho líderes de esa secta, Cuerpo Místico de Cristo, fueron juzgados y condenados a seis años de prisión por los delitos de exposición de personas al peligro, tráfico ilegal de migrantes y por construir el campamento en un lugar prohibido. De no haber actuado las instituciones públicas, quizás habría ocurrido alguna desgracia, como la muerte de niños por epidemias o algo peor, todo por la manipulación de pastores fanáticos.

A nivel internacional, una de las peores tragedias del fanatismo religioso sucedió en Guyana, en 1978, cuando 900 personas se mataron con drogas tras ser manipuladas por el líder de una secta, Jim Jones, quien las concentró en un templo y las indujo a cometer el suicidio masivo.

Los casos recientes de sectas peligrosas que han llegado a los tribunales nicaragüenses, más las experiencias trágicas de otros países, deben servir a los ciudadanos para estar alertas a cualquier signo de fanatismo que podría ser dañino para cualquier persona. Para nosotros, la mejor creencia es la sustentada en valores y principios y que considera la vida como lo más sagrado.