Adolfo Miranda Sáenz
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El periodista Carlos Alberto Montaner --uno de los pocos intelectuales liberales que no han evolucionado hacia el social-liberalismo moderno, quedándose con el liberalismo individualista del siglo XIX-- hace un análisis de los errores de Trump que –afirma- pueden acabar con la hegemonía mundial de EE. UU. A mí me preocupan más los “horrores” de Trump que la pérdida de hegemonía de EE. UU. dice Montaner: “El problema de fondo es que Trump cree que EE. UU. es una nación como cualquier otra... No se da cuenta que EE. UU. es una entidad diferente, modelo y motor del resto de una buena parte del planeta, como en el pasado remoto lo fueron Persia, Grecia y Roma... A España le tocó ese papel rector en el siglo XVI, y luego fueron Francia e Inglaterra, hasta que EE. UU. se convirtiera en la fuerza dominante y cabeza del mundo libre desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.”

O sea, que Montaner exalta al imperialismo estadounidense de nefastas y horribles consecuencias para el mundo moderno (junto con el imperialismo soviético a Dios gracias extinto), y exhorta a Trump que lo mantenga como heredero de los imperios persa, griego y romano que humillaron, sojuzgaron y expoliaron con sus tributos al mundo de la antigüedad, y como las potencias surgidas desde el descubrimiento de América. Como la España del siglo XVI de Felipe II, cuyos dominios nunca se ponía el sol. La España que explotaba el Norte de África y esclavizaba mediante la figura de “encomiendas” a millones de indígenas de América en una conquista cruel y saqueadora de tantas riquezas.

Como la Francia de los siglos XVII y XVIII de Luis XIII y Luis XIV que petulantemente se hacía llamar el “Rey Sol”, con los temidos primeros ministros Richelieu y Mazzarino, cuya falta de escrúpulos superaron los consejos de Maquiavelo.

El Reino de Francia que “cazaba negros” en Senegal y Costa de Marfil y bajo cuya égida millones de esclavos africanos fueron vendidos como animales y llevados a América del Sur, el Caribe y América del Norte para trabajar en las plantaciones de las colonias españolas, portuguesas, inglesas y francesas. La Francia que sojuzgó y se enriqueció explotando a Argelia, Marruecos, Túnez, Somalia, Camerún, Mauritania, Senegal, Guinea, Costa de Marfil, Níger, Alto Volta, Malí, Gabón, Congo, Chad, Siria, Líbano, Vietnam, Laos, Camboya, Haití, Guayana Francesa y otras colonias.
Como la Inglaterra que engendró al Imperio británico, cuyo mayor poderío y explotación se dio con la reina Victoria en el siglo XIX, cuando una cuarta parte de la población mundial eran sus vasallos y poseía una quinta parte de las tierras del planeta. La Inglaterra que clavó sus garras con voracidad en los corazones de los cinco continentes y luego entregó el mando imperial a su hijo rebelde -entonces- ya reconciliado y amado- los EE. UU., al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa quedó devastada por los bombardeos y combates, incluyendo tanto a los países derrotados como a los vencedores; mientras en los EE. UU. no se disparó un solo tiro quedando todo intacto y su economía floreció fabricando de todo para la reconstrucción de Europa.

Según el informe RL30172 del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos el Imperio estadounidense ha invadido o intervenido militarmente en 70 países desde su independencia hasta hoy. Ha derrocado a Gobiernos, asesinado líderes, impuesto gobernantes y sometido a las naciones según sus intereses. Los gobiernos demócratas –con sensatez- venían cambiando esa política gradualmente. Pero Trump, que corrió en la boleta republicana, ahora es aconsejado para hacer resurgir lo peor de la política imperialista que al noble pueblo estadounidense le ha traído el odio de los pueblos invadidos o atacados, y ahora serviría solamente para engendrar –innecesariamente- más terrorismo contra EE. UU.    

* Abogado, periodista y escritor.
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com