Félix Navarrete
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Tenía seis años cuando me hablaron por primera vez de él. Mi abuela me lo presentó una tarde colgado en un crucifijo donde yacía muerto, barbudo, delgado, coronado de espinas y sangrante. 

Me dijo que se llamaba Jesucristo y que era el hijo de Dios, aunque me advirtió de que era un ser poderoso al que había que guardarle temor y respeto. Y este temor lo cargué toda mi infancia a tal grado que decidí no saber más de él. 

Durante la adolescencia me siguieron hablando de aquel personaje en el colegio y lugares públicos. Me dijeron que era un filósofo nato, que impartía la sana doctrina a los escribas de la ley, que hacía milagros, que tenía ascendencia divina y que predicaba el amor y la libertad como dos de sus grandes principios, pero nunca lo entendieron y acusándolo de delincuente lo colgaron en una cruz, aunque era inocente y resucitaría al tercer día de su muerte. 

Sin embargo, fue hasta en la adultez cuando comencé a indagar seriamente sobre él. Abandoné la leyenda y escarbé en la verdad. Desistí de la religiosidad y me enfoqué en el hombre y su legado.

Entonces descubrí que aquel hombre misterioso que vagaba en mi memoria desde mi niñez, no era un simple  rebelde ni  loco al que los romanos colgaron por intrigas políticas. Era un sabio y un profeta que anunciaba un nuevo reino, lejos de las intrigas palaciegas y de los egoísmos de la humanidad. También descubrí que ese mismo Cristo, en vez de unirse a los estudiosos de la ley, prefirió buscar a un grupo de pescadores indigentes y analfabetos que no sabían nada, para mostrarle los secretos insondables de la felicidad. 

Él, con solo diez mandamientos, nos mostró el camino de la felicidad y de la vida eterna. No se los mostró a los potentados y poderosos de la tierra. Les mostró a los pobres las leyes de la vida para que encuentren la verdadera felicidad. 

Quizás por eso aún después de dos mil años,  la gente sigue hablando de él con melancolía y hasta lo busca con ansiedad por todo el mundo, pretendiendo encontrarlo en alguna plaza pública. 

No entiendo por qué la gente de los estratos sociales altos  no invoca a Buda, Confucio, al mismo Dalai Lama, y sin embargo  el nombre de Jesucristo continúa escuchándose con frenesí en todas partes como que si siguiera haciendo milagros. ¿Qué es lo que tiene de diferente Jesucristo de todos estos líderes dizque  espirituales que están tan muertos como sus figuras y monumentos de barro que algunos adeptos le han erigido en plazas? 

La respuesta parece ser sencilla, pero no lo es. El hombre que buscan hacía milagros en Jerusalén, devolvía la vista a los ciegos, hacía caminar a los paralíticos, se inmoló en una cruz por amor a la humanidad y resucitó al tercer día de su muerte. Los demás son ídolos, pedazos de yeso muerto incrustados en plazas públicas y   enterrados en la memoria de los pueblos.

Hoy Jesucristo está más vivo que nunca. Lo atestiguan millones de personas que oran diariamente y que han encontrado en el amor y el perdón la llave de la felicidad.  Dan fe millones de familias que diariamente reciben milagros, y los millones de personas que sienten la mano de Cristo en los hospitales, las cárceles o en los lugares más inhóspitos. Cristo está allí, atendiendo a sus hijos, que son los pobres de este mundo. 

Como dice el título del estupendo devocional del sacerdote colombiano Alberto Linero, El “man” está vivo. Y es cierto. Está más vivo que nunca. No está en Jerusalén, ni descansa en una tumba. No busquen a un vivo entre los muertos.  Tampoco lo busquen en las iglesias y sinagogas. No está vestido de predicador ni se sienta con los poderosos. No vive en el Vaticano. Está en la periferia. Se ha hecho carne y está entre nosotros, compartiendo nuestras tristezas y alegrías, esperando que nuestro corazón se abra a su amor. 

Creo que en esta era de agnosticismos y ateísmos militantes, la noticia de que el hombre está vivo, es tan cierta como cierta es aquella noche en la que Jesucristo golpeó a las puertas de mi corazón y lo invité a entrar y le confesé unos cuantos pecados difíciles que tengo, y lleno de misericordia me perdonó y me purificó. Soy su fan y pretendo ser su discípulo. Después de esta cena no he vuelto a ser el mismo, porque Él mora en mí y yo en Él. Así sea. 

Managua, 21 de marzo de 2017.
Email: felixnavarrete_23@yahoo.com