Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Cualquier expresión del pensamiento de los enciclopedistas del siglo XVIII, como la cita de Voltaire que encabeza este artículo, debe parecerle tremendamente subversiva a quien, por alguna razón, se identifica con el poder de la reacción feudal.

Para cubrir el déficit presupuestario fiscal, agravado supuestamente por efecto de la crisis global en curso, el gobierno ha trazado un plan de ahorro energético en las oficinas del Estado, que consiste en reducir a medio día la jornada laboral del personal de oficinas.

Por lógica elemental, esta medida significa que el trabajo de mediodía de algunos funcionarios estatales vale menos que el costo de la energía eléctrica que se logra ahorrar con el cierre de sus labores (y esto, cuando el precio del petróleo ronda por debajo de los 40 US $/BB). Con lo cual se espera que el gobierno explique por qué no se suprime la parte restante de la jornada laboral de esos funcionarios, si con ello se duplica el beneficio.

En realidad, una medida semejante, no sólo desmoraliza al funcionario, ya que éste pierde la autoestima que deposita en el valor social del propio trabajo. Sino, que al reducir la jornada laboral, se desvaloriza el servicio eficiente que las instituciones públicas deben a la ciudadanía.

El ahorro, como efecto de la privación, sólo es concebible –por definición- con gastos superfluos; sino es así, se trata de penuria, y se hace a menos lo imprescindible, como ocurre con el racionamiento. Un técnico responsable, en cambio, planifica el ahorro como producto de medidas de eficiencia. Y la primera acción de eficiencia bajo una administración correcta, debe dirigirse a la efectividad del trabajo humano.

En un período de reducción de gastos, se espera que el gobierno explique, con coherencia, por qué contrata pobres rezadores que permanentemente agitan banderas en las rotondas sin que nadie sepa para qué, como si fuera la señal de partida de una carrera imaginaria, que no comienza nunca. Cuando todo esto termine, los documentales mostrarán a los rezadores pernoctando en las rotondas, como expresión surrealista de un inconsciente estrafalario.

El gobierno propaga la idea de que son las masas las que deben elaborar y decidir cuáles programas deba ejecutar el gobierno. Con esta tesis, que se encuentra en el fondo de consignas como ¡Poder ciudadano! y ¡Pueblo Presidente!, no sólo se cubre la improvisación artesanal de los funcionarios, sino que se justifica cualquier disparate técnico. Por ejemplo, pavimentar calles vecinales sin colocar antes las tuberías de agua potable y los drenajes de las aguas pluviales, en lugar de construir, con mayor urgencia, un paso a nivel en Metrocentro, que según estudios de expertos japoneses permitiría un ahorro impresionante de combustible importado, y reduciría el tiempo de desplazamiento de 80 mil vehículos por hora en los momentos de punta.

Políticamente, para el socialismo, lo decisivo para avanzar a un modelo más progresivo de sociedad es la conciencia de clase de los trabajadores, y su supremacía social. Pero, esta conciencia política no surge por inercia, ni es intrínseca a la naturaleza de los pobres, como ingenuamente se pretende. Ni dicha conciencia sustituye el conocimiento técnico especializado de los expertos. Ni las masas, en ningún sistema, deciden sobre temas que exigen cierto dominio científico.

El pensamiento filosófico de la Ilustración llevó a la humanidad, con respecto al feudalismo, a una época progresiva, iluminada por la razón, por la ciencia y por el respeto jurídico a la humanidad. Ahora, Nicaragua retrocede a la verdad revelada.

La religión, que es la principal fuerza que ha esclavizado la inteligencia humana, adquiere, en este gobierno, carácter de credo oficial del Estado. Y en algunos puntos sensibles a los derechos de la mujer, toma cuerpo de Ley y penaliza el aborto terapéutico.

La epistemología racionalista, que es una de las vertientes ideológicas de la revolución francesa, intentaba, por medio de la razón, descubrir verdades evidentes. Como Fausto, el racionalismo pretendía ampliar el conocimiento humano. El doctor Fausto se dispuso hasta a perder su alma a cambio del saber: “Para ver si mediante la fuerza y la boca del Espíritu Maligno, me sería revelado más de un arcano, no viéndome así precisado a hacer más tráfico de huecas palabras” (Goethe).

Ese conocimiento, tan deseado entonces, en los albores del capitalismo, es el principal elemento productivo en la época moderna. A un proceso progresivo, que recurre al pensamiento teórico, le bastaría empezar, coherentemente, con dos puntos esenciales del programa revolucionario:
Primero, con un poco de transparencia, decidir profesionalmente la asignación de recursos al desarrollo planificado de la productividad. Segundo, transformar las relaciones de producción en el agro para liberar el desarrollo de las fuerzas productivas.

En cambio, detrás de las banderas de los rezadores no se revela ningún arcano, sino que el alma trafica con la superstición, debajo de imponentes carteles con huecas palabras.

* Ingeniero Eléctrico