Onofre Guevara López
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No hay dos pueblos con historias iguales. Vinculados unos con otros por diferentes medios, o por el dominio e influencia de una nación sobre otra, compartirán forzosamente algunos tramos de la historia, sin perder la propia, que es única y contrapuesta a la del país opresor. Los “descubrimientos” y colonizaciones de países y continentes es la forma original de la globalización. En el capitalismo y en su etapa imperialista, la globalización tiene su sello, pero ya no puede reclamar originalidad.

En las condiciones históricas de la primera globalización, al pueblo originario nicaragüense le correspondió vivir explotado, dominado y sin desarrollo. Hubo resistencia, pero la lucha de clases se expresaba primero en contra de la dominación colonial, y después frente a las clases dominantes criollas.

Cada país es único, con historia única, pero las consecuencias de la dominación no son compartidas por todos sus ciudadanos, porque cada uno tiene sus particulares intereses dentro del sistema. Los ciudadanos son actores en su respectiva etapa de la historia, participando en pro y en contra, activa o pasivamente, influyendo mucho, poco o nada en los cambios sociales, pero nadie le imprime su particular punto de vista, porque la vida no se diseña según la voluntad de un individuo.

Por eso, quienes pretenden erigirse en factores de poder sin tiempo ni medida e imprimirle su sello particular a la vida política, social y económica de la nación –y para ello siempre esperan “vivir lo suficiente”—, sólo acentúan las contradicciones y prolongan el conflicto. También amplían el espectro social de la lucha, incorporando a otros sectores, criando alianzas entre ellos por la sola afinidad de contrarrestar pretensiones dictatoriales, con cualquier signo ideológico que se presente.

Los gobernantes y los aspirantes a gobernar para sus intereses personales y de grupo, a espaldas o, peor, en contra de los sectores mayoritarios, les gusta el estadio histórico en que están y tratan de ayudar a conservarlo con reelecciones continuas, y a otros no les parece nada bueno y muy injusto, y procuran cambiarlo. En esta lucha política se actúa organizado en partidos y en otro tipo de organizaciones, con los cuales se busca alcanzar el poder para influir mejor en el curso de la historia.

En la etapa originaria de nuestra nación hubo quienes lucharon en pro de que la historia se quedara congelada en el período colonial. Quienes desearon lo contrario, conquistaron la independencia. El desarrollo hacia una etapa superior después de la independencia también tuvo sus simpatizantes y sus oponentes; unos, imprimiéndole su interés de clase minoritaria y privilegiada desde el poder; otros, buscando el poder para hacer lo mismo, pero con intereses u objetivos opuestos, aunque no siempre a favor de la mayoría explotada y empobrecida. Así han pasado las sangrientas etapas de nuestra historia, y pese a los cambios progresivos logrados con la lucha, el conflicto, básicamente, prevalece. Quizá por eso, pareciera que la historia se repite.

Ha habido momentos culminantes sin haber llegado a la solución final ni cosa parecida. La independencia fue el primero; la derrota del filibusterismo, fue el segundo; le siguió la revolución liberal de 1893. La epopeya de Sandino contra la intervención imperialista fue un momento precursor del momento que se creyó sería culminante y apertura de otra fase histórica: el derrocamiento de la dictadura somocista de 1979.

La revolución se frustró, ya se sabe cómo y porqué; se restableció el sistema capitalista dependiente. Y pareciera que la historia vuelve a repetirse. Ahora, cuando estamos en la época de la segunda globalización mundial, el pueblo nicaragüense enfrenta otra forma dictatorial de conducir esta etapa de la historia, con la peculiar característica de hacerlo con disfraz revolucionario. Los métodos represivos son aplicados con cualquier pretexto y tratan de ser justificados con ciertas reformas, pero no son canjeables por las libertades.

¿Lucha de clases también? Sí, pero no en su forma pura. Este gobierno lo controla una minoría capitalista de reciente data, pero clase dominante al fin. Una cúpula de la clase dominante tradicional y del gran capital, en especial el financiero e importador, se halla en una relación de mutua tolerancia con el orteguismo. La oposición política es un ajiaco social, político y económico, pero todos son afectados –aunque no de forma rasa—, en sus derechos políticos y humanos por la represión autoritaria y amenazante del desarrollo histórico en democracia (no vale desvelarse, por hoy, pensando en dibujar la democracia).

No le llamen dictadura, si quieren, pero el hecho de que las libertades públicas son atropelladas, ya es una situación intolerable. No hablamos de retroceso absoluto, pero éste no es el problema principal, sino el enfrentamiento al autoritarismo y la represión.

En este momento, no se enfrenta a este régimen anteponiéndole un sistema social alternativo –socialista, por ejemplo—, porque no hay condiciones para ello (sólo el orteguismo hace demagogia con eso), por lo cual tampoco hay un solo sujeto histórico que pueda enarbolar su propio programa para una sociedad alternativa perfecta. Las demandas son de respeto a las libertades políticas y de progreso social. Imposible construir algún tipo de socialismo desde la cola de la pobreza mundial, con una minoría neo capitalista con poder autoritario y sin un sujeto histórico fuerte y organizado. La lucha es entre autoritarismo y derechos democráticos.

La oposición esgrime como bandera esos derechos, pero sobran las diferencias entre ella, como para suponer que se pueda unir contra el autoritarismo sobre la base de un programa alternativo común: no puede haber programa alternativo único para un cambio de sistema, pero sí puede limar asperezas en torno a demandas políticas que respondan a intereses comunes.

No es que se carezca de todo programa, como no se careció en la lucha contra la dictadura somocista. Lo tuvieron los partidos de izquierda, y de la derecha antisomocista. Pero entonces, ¿quien priorizó un programa? ¿La prioridad acaso, no fue enfrentarse a la dictadura? ¿Qué estimuló la participación de las masas populares en esa lucha: el programa de algún partido o la necesidad de liberarse de la dictadura?
La respuesta la impuso la realidad: derrocar a Somoza y no por el ideal de un programa o un programa ideal. Las masas populares no participaron en la lucha contra la dictadura estimuladas por un programa específico. Lo prioritario para ellas fue salvar la vida de la juventud, parar la represión generalizada y conquistar sus libertades políticas.

Hoy, tampoco los sectores sociales afectados por la represión y otros vicios de este gobierno participarán en la lucha a favor quien enarbole el programa más bonito de la comarca, sino con quienes sepan unirlos contra la represión y por el respeto a sus derechos políticos y humanos.