Félix Navarrete
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Uno nunca sabe hasta dónde un nombre puede arreglarle la vida o descomponérsela. Es difícil predecirlo. Dime qué nombre te pusieron y te diré cuántos enemigos tienes. La verdad es que nadie escoge su nombre ni sus apellidos ni sus parientes. Nadie escoge siquiera dónde morirse. Es el destino quien se encarga de elegir y sellarnos con una marca indeleble.

En mi caso, fue mi abuela paterna la que me bautizó con el nombre de Félix Javier. No sé si habrá consultado el santoral del día, o si habrá reparado en lo bonito o feo del nombre, pero de lo que estoy seguro es que vio en mí la prolongación de su hijo y eso fue suficiente para decidir que me pusieran el nombre de mi padre.

Lo que ella no previó —y no podía hacerlo— porque no era vidente, era que el nombre de mi padre tendría un peso insospechado en mi vida, y que cargar su nombre y su apellido de por vida sería como recibir una herencia irrenunciable de valor inusitado.

No sé si me entienden, pero desde que murió mi padre vivo una doble vida: la que mi padre vivió y que sigue viva en mí, y la mía que me esfuerzo en vivir a mi manera, en un laberinto donde dos personas con el mismo nombre intentan conciliar sus diferencias.

En ese sentido, podría afirmarse que tener el nombre de un padre es como estar viviendo dos vidas. Una vida plena y la otra viviéndose. La de él, rica en historias políticas y literarias; brillante como periodista, quizás inconclusa como escritor, pero sobre todo, trascendente como luchador social antisomocista y fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional. La mía, menos agitada, sin estridencias, nada parecida a la de él.

Sin embargo, uno de los grandes desaciertos de llevar el nombre de su padre es lo que llamo pérdida de identidad. Muchos amigos de mi padre dicen que me parezco físicamente a él y hacen las comparaciones pertinentes, pero al final concluyen que ambas somos personas distintas.

El Félix fallecido era bohemio, humilde, con un gran sentido del humor, solidario, buena gente, perdonavidas, y no sé cuántas cualidades más. Claro, ya está muerto. En cambio, el otro Félix, su hijo, el que escribe, no se parece en nada solo en lo físico. Tiene su misma nariz, su mismo rostro, pero no sabemos si tiene su mismo talento. Nada que ver el uno con el otro. No hubo de tal palo, tal astilla.

Otros pretenden, incluso, cobrarme viejas facturas como si las antipatías pudieran endosarse a través del tiempo, y me reclaman libros y poemas. La fuerza de la sangre lo soporta todo, y aunque no lo entienda, así como pasa con el amor, defiendo a mi padre de sus viejos detractores, aunque afortunadamente, él, aun muerto, sigue teniendo muchos más amigos que yo.

Pese a lo complicado que es cargar con un nombre, cada día que pasa me siento orgulloso de él. No sé si uno de mis hijos, quien a propósito se llama Félix, está orgulloso de llevarlo. Sé que cometí el mismo error de mi abuela y ya no puedo revertirlo, y estoy seguro que no se siente muy cómodo con llamarse como se llama, porque no es fácil cargar con dos histozrias y dos vidas que son totalmente ajenas a él.

Lo único que puedo decirles es que mi hijo es mucho mejor que yo, y esto me consuela porque sé que los nombres de mi padre y el mío están bien protegidos. Mi hijo, una persona inteligente y cuerda, sabe que es un error craso continuar esa cadena oprobiosa de heredar a los hijos y nietos el nombre. Hay que romper para siempre esa cadena de bendición y maldición.

En ese particular, mi hijo es cuerdo. Rompió la cadena y mi nieto se llama Vicente. Suficiente con un Félix más en la familia; suficiente con la misión que tiene de hacernos feliz y duradero el nombre. De preservar por los siglos de los siglos la marca del Tigre.

Managua, 28 de marzo de 2017.
Email: felixnavarrete_23@yahoo.com