Jorge Eduardo Arellano
  •   Managua, Nicaragua  |
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El diarismo zelayista tuvo la hegemonía ideológica durante los 16 años y pico que gobernó José Santos Zelaya (1853-1919), autócrata militarista y enemigo de la libertad de prensa. He aquí, al menos, cinco de ellos: El 93 / Diario Liberal, Librepensador (1894), de Managua, dirigido por José Dolores Gámez; El Nacional (1896-98), de León, que redactaban sus propietarios Francisco Rodríguez C. y Miguel G. Granera; El Liberal (1898), de Managua, desde el 2 de enero de 1898 editado por el español Manuel Riguero de Aguilar hasta 1900; otro homónimo y del mismo año, de Managua, que dirigieron Manuel Coronel Matus y José Sofanor Moré, más La Democracia, aparecido en los primeros días de enero de 1901. Con el apoyo del gobierno, se editaba en la Imprenta Nacional y lo dirigían Adolfo Vivas y Pío Bolaños. 

Desde luego, La Democracia defendía al gobierno de Zelaya de los duros y constantes ataques de sus adversarios —fuera del país— le dirigían. A propósito, Hernán Guzmán —cuyo padre Enrique radicaba en el exilio— escribió en La Democracia una serie de artículos, titulada “Las piltrafas del Cacho”, con el seudónimo de “El Caballero de la tenaza”.

Un sexto diario zelayista habría que agregar: La Justicia, editado en Granada durante 1898 y dirigido por Adán Vivas (1870-1905). Por cierto, este otro Vivas tuvo la osadía de facturar un desmesurado panegírico en verso: Zelaya y su obra (Granada, Tipografía El Iris de la Tarde, 1902).   

Otro periódico de la misma orientación, pero no ya de periodicidad diaria sino bisemanal, era La Tarde, fundada en Managua el 2 de junio de 1896; bajo la dirección del doctor Felipe Avilés —también su redactor y propietario—, se convirtió en diario el 15 de febrero de 1904, durando hasta 1910. Subtitulado Diario de Intereses Generales, tenía cuatro páginas tamaño grande y se editaba en la Tipografía “La Tarde”. El número 549 del 1 de enero de 1906 dedicó un “Homenaje a Zelaya”, con motivo del inicio de su tercer período de gobierno iniciado en esa fecha y que, en teoría, iba a concluir el 31 de diciembre de 1911. Más de medio centenar de liberales distinguidos, o zelayistas, proclamaron su adhesión política al Reformador en forma laudatoria e hiperbólica.

He aquí algunos ejemplos: “el general don J. Santos Zelaya es de Centroamérica, pero pertenece a la historia universal” (José A. García); “el general Zelaya tiene todos los caracteres del genio” (Salomón Selva Glenton); “su brazo ha salvado de la catástrofe a Nicaragua y a su partido” (Jesús Hernández Somoza); “lo considero demasiado grande para gobernar un país tan chico como Nicaragua” (César Vijil) y “no es un advenedizo en el poder, sino un predestinado” (Manuel Maldonado). Incluso el comerciante de Chinandega, Santiago Callejas, le endilgó estos malos versos: “Es, con el amigo, sincero, / Leal, afable y placentero. / Para el adversario audaz, / Temible, enérgico, tenaz; / Pero, viéndolo humillado, vencido, / Su corazón siempre ha sido / Noble, generoso, magnánimo; / El rencor no anida en su ánimo, / Es su lema: Paz, Perdón, Olvido”. Un presbítero, J. A. Villalta, lo proclamó en latín Tu honorificienta populi nostra / Tu eres la honra de nuestro pueblo, frase que se aplicaba dentro de la Iglesia a la Inmaculada Concepción de María, como figura al pie de su estatua —coronando la fachada— de la Catedral de León y José Salomón Zamora lo comparó a Darío, cuyo canto sublime había sido trocado en progreso material “por el imperecedero general Zelaya”.   

Como se ve, el diarismo al servicio de Zelaya despertaba los más caros elogios turiferarios, similares a los de la siguiente anécdota referida por José Coronel Urtecho y ubicada en el Hotel Versalles de Granada, pocos años antes de concluir su régimen. En ella habló Zelaya, con aparente sinceridad, para comunicar su propósito de retirarse de la presidencia y darle oportunidad a otro liberal capacitado. De inmediato, se oyó en todo el ámbito de la espaciosa sala los sollozos de un joven, interrumpido por sus accesos de llanto, lamentando el desamparo, la acefalia y la orfandad que la renuncia del gran jefe acarrearía a su partido. Desde luego fue secundado por toda la concurrencia. Y uno de los presentes, Manuel Coronel Matus, le dijo a Carlos A. Bravo: “Ya verás que mañana lo nombra Ministro”, como efectivamente sucedió al siguiente día. El joven se llamaba Ernesto Martínez.