Augusto Zamora R.*
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Cada año, a lo largo y ancho de este vapuleado planeta, mueren en accidentes de tránsito más de 1.3 millones de personas. Solo en América, la cifra es de 150,000. 

Los heridos triplican los números, dejando un panorama desolador de destrucción humana, económica y social, convirtiéndose en auténtica calamidad pública.

Los países con rentas bajas y medias poseen menos de la mitad del parque automotor mundial, pero acumulan el 90% de las víctimas de accidentes de tránsito. 

Las posibilidades de morir en un accidente vehicular son del 9.6% en Europa; 15.9% en América; 26.6% en África. A mayor pobreza y atraso, mayor incidencia de mortalidad.

Las razones son varias, pero destacan dos: cuanto más rico es un país, mejor infraestructura vial posee. A mejor infraestructura, menores posibilidades de accidente.

La segunda es la educación, vial y general. Obtener un permiso de conducir vehículos es tarea ardua en países ricos, al punto que a muchos les lleva años conseguir el suyo.

En países pobres ocurre a la inversa. Se aprende a conducir conduciendo, sin la menor educación vial y sin aprender mínimamente de señales y reglas básicas de circulación.

Las cifras explican las consecuencias de esta suma fatal de infraestructuras precarias y carencia de educación elemental. Un cóctel trágico que solo el Estado puede reducir.

Un vehículo tiene doble naturaleza. Es medio de transporte y también arma mortal. Podemos matar y podemos matarnos. Es la primera regla que debemos aprender.

az.sinveniracuento@gmail.com