Orlando López-Selva
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El papa Francisco se reunió, reciente, con los 27 jefes de gobierno de la Unión Europea.

Siempre me pregunto: ¿qué tienen que decir los religiosos acerca de la política? Pero la cuestión es sencilla: Francisco es jefe del estado Vaticano, por tanto, es político que debe y sabe involucrarse y tomar decisiones en temas del bien común.  Además, la política es una ciencia ética. También, toda religión quiera propiciar el bien, la justicia y la verdad. Y en eso la política, en mucho, comparte ideales con la fe de muchos.  

El discurso de Francisco fue centrado en valores. Muchos puntos me llamaron la atención. Y no se pueden citar en tan poco espacio. Pero me gustó una frase: “la solidaridad es el mejor antídoto contra el populismo”.

Esto llevó a preguntarme: ¿Cuáles son los valores más escasos entre los nicaragüenses?

A lo largo de mis años, he notado que nuestra sociedad política carece de dos valores: tolerancia y solidaridad. Y  trato de pregonar que, mientras no trabajemos en subsanar esa carencia, vamos a vivir enfrentados como perros y gatos. Cierto, hemos avanzado algo; pero todavía muchos todavía nos quedamos cortos; o mejor dicho, en el plano de la indiferencia o el conformismo.

Los izquierdistas radicales son intolerantes hasta los tuétanos. No soportan las ideas de los otros. No son capaces de ver cosas buenas en los que piensan diferente; y jamás intentan acercarse al otro para, siquiera, escuchar por qué defienden sus ideas, ya no digamos que a los que ven como enemigos, no les dan tregua alguna.

Tristemente, el mundo es bueno para ellos si los que se destacan son izquierdistas o no son de clase alta y se oponen al capitalismo. Todo lo ven con un solo prisma: el ideológico. Y eso lo justifican creyendo que son dueños absolutos de la verdad y la razón —que esgrimen— tiene fundamento popular (¿mayoritario?) o histórico, filosófico.

Tengo un amigo escritor muy inteligente, de extrema izquierda; siempre que lo veía cargaba un libro de un pensador radical. Una vez, atrevidamente, le pregunté: ¿por qué ellos no eran capaces de leer a los pensadores distintos de su ideología?  Y, ¿por qué no podían ver cosas buenas en los que no piensan distinto?

Le dije que un día esperaba que escribiera acerca de las buenas cosas que tiene el sistema que él adversa. Me di cuenta rápido. No puede. Nunca lo hará.

Por otro lado, sostengo, con la misma firmeza del punto anterior, que los que se dicen demócratas (o, erróneamente, de derecha, para los adversarios), no son lo suficientemente solidarios con las personas excluidas. Se sienten mal; les da escozor oír decir las palabras o expresiones: “pobre”, “obrero”, “los que sufren”, “clase popular”, etc.

Me refiero a la solidaridad de la que habla el papa romano. Pensar más en el otro, tomar en cuenta más al más ignorado o menos favorecido; ser empáticos o caritativos con los que sufren, hace mucha diferencia. (¡Esto último les importa a los de izquierda si los que lo padecen son izquierdistas, únicamente!).

Comparto otra experiencia significativa. Este servidor leía un libro de poesía de Pablo Neruda (¡que me encanta tanto como Borges o Cardenal o Pound!), y al verme este “líder” democrático, me dijo: “¿para qué leés a ese comunista?”.

Me quedé petrificado. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre estos y los otros? —me dije. Respondí que no leía a Neruda, o escuchaba canciones de Mercedes Soza, o me solazaba con la pintura de Pablo Picasso o la de Diego Rivera, porque fueran comunistas o no. Sencillamente, los veía con otro criterio: el estético. ¿Por qué el universo a mi alrededor debe coincidir con mi pensamiento político para que fuere razonable y justo? ¿O solo el criterio ideológico debe regir toda mi existencia? ¿Miopía o fanatismo?

¿No es frustrante ver que una sociedad sea insostenible porque sus partes (partidos, clases, ideologías, credos) no  coincidan en un solo interés común?

Comprendo perfectamente el apego a una ideología, un credo, unos valores. Pero, ¿por qué esa debe ser la única lente con la que veamos toda la vida?

¿Por qué no comenzamos a practicar la tolerancia —los que no aceptamos que los demás puedan tener siquiera una parte de la razón—; y la solidaridad, aquellos que crean no tener culpa ni responsabilidad por el mal destino que les acontece a muchos de sus connacionales?

Nicaragua debe encontrar sus remedios para que los insolidarios o intolerantes, no envenenen, injustamente, el  futuro próximo.