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El presidente de la República dio a conocer su intención de perpetuarse en el poder, vía reelección presidencial continua, o bien mediante un sui géneris sistema parlamentario que le permita asumir el cargo de Primer Ministro, si es que no logra superar el impedimento constitucional que actualmente prohíbe la reelección consecutiva.

También expresó su propósito de dialogar con los diferentes sectores del país para hacer frente a la crisis presupuestaria y económica, que día a día tiende a agravarse. Sin embargo, dejó claro que el punto referente al fraude electoral perpetrado en las elecciones municipales pasadas “no es negociable”, es decir, no estaría en la agenda del diálogo propuesto, tratando así de desconocer que es precisamente el fraude electoral una de las causas principales de esa crisis.

El propósito reeleccionista del Presidente ha recibido un amplio rechazo de buena parte de la opinión pública. Diversos sectores de han pronunciado categóricamente en contra, argumentando la triste experiencia histórica que nuestro país ha vivido cuando los detentadores del poder han tratado de prolongar indefinidamente su mandato.

Además, importantes sectores consideran que el actual presidente no ha hecho una gestión que merezca extenderse por un período más. Al contrario, la administración actual, que recibió el país en las mejores condiciones posibles, dentro de nuestras limitaciones, desperdició todas las oportunidades heredadas de las administraciones anteriores, hasta provocar el retiro de buena parte de la cooperación internacional, como consecuencia del fraude electoral.

Las enseñanzas de la historia no deberían ser desaprovechadas. La experiencia nos dice que el continuismo ha sido un vicio que ha conspirado en contra de nuestro desenvolvimiento democrático y engendrado dictaduras y caudillismo.

En lo que respecta al diálogo nacional, la lamentable experiencia del Diálogo Nacional de 1997, cuyos acuerdos fueron incumplidos por el propio presidente que lo convocó, obligan a ser muy cuidadosos con tales iniciativas. En aquella ocasión, no sólo se dejaron de lado los acuerdos, fruto de semanas de trabajo, sino que se aprovechó el clima creado por el diálogo para más bien dar lugar al primer pacto Ortega-Alemán, de lamentables consecuencias para la institucionalidad del país.

Hasta ahora estos diálogos sólo han sido utilizados para enmascarar los pactos de las cúpulas prebendarias, sin ningún beneficio para el pueblo nicaragüense. Sin embargo, nadie duda que el diálogo es el mejor instrumento para resolver los conflictos. Pero eso exige una gran dosis de buena fe de parte de todos los participantes.

Mal arrancaría el supuesto diálogo, si no incluye, como primer punto de su agenda el tema del fraude electoral. Además, un verdadero diálogo nacional supone que los participantes deciden aceptar una serie de principios como fundamento del mismo, entre ellos los siguientes: a) el compromiso solemne y por escrito de todos los actores del diálogo de cumplir cabalmente los acuerdos que se aprueben en el diálogo. Los actores tienen que ser los representantes de todos los sectores que conforman la sociedad, sin exclusión: gobierno, partidos políticos y sociedad civil organizada. b) la transparencia en todas las fases del mismo y la participación equitativa en el debate; c) el compromiso de todos de asumir el diálogo y sus acuerdos como algo propio, o sea la responsabilidad compartida en el desarrollo exitoso del mismo y en el cumplimiento de sus resultados; d) potestades suficientes para los representantes de los diferentes sectores, de manera que puedan suscribir los acuerdos en nombre de la organización que representan.