Jorge Eduardo Arellano
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Es normal que en todos los acuerdos y tratados entre países o regiones priven intereses de ambos lados y que entre los mismos pueblos involucrados en dichos acuerdos existan discrepancias en pro o en contra de los mismos, dependiendo del color del cristal con que se miran.

Y el Acuerdo de Asociación de la Unión Europea con Centroamérica, actualmente en gestación, no está exento de estas discrepancias y de los dilemas que se plantean en torno a su viabilidad y sobre todo al enfoque de los intereses respectivos y de las abismales diferencias que los separan. Diferencias que deben prevalecer en el análisis de una forma ordenada.

La estructuración política de Europa basada desde hace muchos años (1950) en la unidad que sustenta los temas fundamentales en lo económico, en lo comercial, en lo tecnológico y en el alto grado de desarrollo social que los caracteriza; contrasta con una Centroamérica sumida en la pobreza, sin aún estar integradas por sus propias contradicciones internas y con estrategias poco claras para su desarrollo social y ambiental. Apenas inicia con sus neonatos aparatos de integración (1993) como el SICA y sus respectivas instancias que aún no inciden en el contexto centroamericano con voz supranacional.

En vista de lo anterior, resultaba un poco inconexa la disposición europea de negociar con una Centroamérica integrada, como premisa básica. Sabiendo que se chocaba frontalmente con la realidad y que la integración no se produce por arte de magia. Han venido flexibilizando este marco a la unión aduanera que tampoco se cristaliza; por lo que queda claro que para este Acuerdo concebido por la UE, la integración centroamericana era apenas un tinte con una relativa importancia. El Acuerdo irá, con integración o sin ella, porque a los intereses europeos les motiva la competencia urgente en estos mercados, mejorar su posición hegemónica y por obtener áreas de influencia a nivel mundial. Aunque les interesa, claro está, por sus ventajas lógicas contar con las políticas aduaneras a la hora de internar sus servicios y productos.

En otro contexto, también se empieza a poner en duda por los acontecimientos, la posibilidad de que Centroamérica negocie a través de un solo equipo negociador, al haberse aceptado, por propuesta de Costa Rica, las llamadas vocerías alternas y algunas decisiones unilaterales en el marco comercial con otros países, que podría ensombrecer los aspectos de integración.

Los temas que postula el Acuerdo sobre el diálogo político (condicionamientos para fortalecer el Estado de Derecho, la democracia y derechos humanos) según los criterios europeos, sin considerar temas sensibles como los migratorios. Y la cooperación para el desarrollo, donde se ha prometido sobrepasar la ayuda financiera, sin la obligatoriedad para el cumplimiento, pero que de alguna forma son temas que ya se manejan entre ambas regiones desde hace muchos años. En este sentido ya se tienen claros los conceptos de ambas temáticas, muy poco habrá que discutir sobre los mismos. Lo que será novedoso con el Acuerdo serán los aspectos comerciales y a esos objetivos apuntan sin duda alguna a la creación de una zona de libre comercio. Y para eso hay que tomarse el tiempo necesario para la discusión y la maduración de los conceptos sin enmarcarlos en el tiempo. Habrá necesidad de hacer consultas con los pueblos y hacer transparentes las negociaciones sin forzar los horarios ni los plazos.

Otro gran dilema de la viabilidad del Acuerdo son las características de exportación-importación que se generarán con dichas relaciones comerciales. A pesar de que Europa mantiene un sistema generalizado de preferencias sobre los productos centroamericanos, sin cobro de impuestos y bajos aranceles, no significa que estos productos irrumpen dichos mercados a borbollones, nada más alejado de la realidad. Lo imposible de superar son las barreras no arancelarias como las medidas fitosanitarias, la legislación de propiedad intelectual, entre otras, donde se requiere de una tecnología que debido a la escasez de recursos, los productores centroamericanos no cuentan en la actualidad, ni en el mediano plazo. Esto indicará la lógica del flujo de los movimientos comerciales bajo estas circunstancias, en donde las importaciones de Europa prevalecerán sobre las exportaciones de CA. Y de hecho eso está sucediendo en la actualidad.

La tendencia parece tener diferentes enfoques, por un lado con el sector agrícola no se ponen en discusión los subsidios agrícolas, que van en detrimento de nuestras ventajas comparativas y es en donde se evidencia el proteccionismo, mientras que en los campos relacionados con el turismo, pesca, minería, comunicaciones bienes industriales, competencia, servicios que son los de mayor interés por parte de la UE , ellos abogan por su liberalización.

Está claro que sólo con el reconocimiento de las profundas asimetrías existentes en lo económico, en lo cultural y en lo social se podrá valorar positivamente el futuro Acuerdo. De lo contrario se pueden generar relaciones comerciales injustas. Y por eso Centroamérica debe tener clara su estrategia y sus intereses en esta negociación, porque hay que estar seguros que la Unión Europea si la tiene y demasiado clara.

Si el Acuerdo va a atraer y generar inversiones y capitales extranjeros y a establecer una zona de libre comercio que permita un incremento de los flujos comerciales entre ambas regiones, que no sea a cuenta de liberalizar o privatizar los servicios básicos, sino para fortalecer la capacidad tecnológica, desarrollar el capital humano y proteger el medioambiente. Que las corporaciones transnacionales europeas, enmarcadas en el orden social de la globalización de la economía y las elites nacionales no sean los únicos privilegiados con el Acuerdo, sino la población en general de la región, para que ésta sea impactada de forma benéfica y positiva.