Jorge Isaac Bautista Lara
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La vida se va llenando de anécdotas y Semana Santa estará llena de estas: cierto día un conocido buscaba agitado a otra persona. Nervioso y preocupado preguntaba y le rastreaba porque le era de urgencia encararlo ¿Encararlo? Sí: la razón, que se descubrió más tarde, era reclamarle por qué le había borrado de su Facebook. Esta persona era un profesional y mayor de edad. Si lo encontró o no, no es el punto, sino la razón del porque ese estrés. Se sentía desaparecer en una parte de este mundo y existencia porque alguien le había borrado de su lista. Y ello significaba que dejaba de “ser”, que ahora era menos porque para alguien ya no era de su interés seguir lo que hacía o decía de su vida en Facebook.

Se ha sido testigo de jugadas destructivas de algunas personas contra terceros porque estos tienen mayor popularidad en las redes, y ello significaba en la cabeza de estas personas, que estaba siendo “menos que ese otro”; una especie de jerarquía de las personas en esta sociedad conforme seamos más o menos conocidas por la sociedad. Y en esa lógica el destruir a otra persona está permitido. Por lo que el ser conocido, es un valor de seguridad a conquistar a cualquier costo; y el no ser conocido por otro se vuelve un desvalor.

De manera tal que hacer lo posible (o imposible), lo inteligente o lo ridículo (más bien el ridículo) para lograrlo; es permitido y se comprende o justifica, en tanto se sabe que es para adquirir el valor justo de ser aceptado y conocido socialmente, porque los otros me dan existencia. En otro momento, por la noche, en una esquina, se ha enredado un joven estudiante en una rama en una acera, y producto del tropiezo ha caído de bruces. Se intentó socorrerle, pero él se levantó con otra preocupación en mente; y nos dice que si ha tenido una cámara lo hubiera filmado para sacarlo en Facebook. No reparando si se había lastimado, no era trascendente el daño que se hubiere hecho, sino el que no fue posible capturar ese momento supremo para subirlo a las redes. Y así se fue lamentando de no haberlo podido filmar. Hemos llegado a una etapa en la evolución, o involución, de esta sociedad y cultura en donde nada de lo que hacemos o somos existe sin esta no es conocida y reflejada en las redes.

Debiendo ser el morbo de la sociedad en las redes la que sea testigo, conocedor y dictaminador de lo que hacemos o no para que esto será considerado y valorado de importancia o “existente”. Así las redes son “creadoras” y “dios” en el ser humano de estas últimas generaciones, o mi inexistencia como persona. Refiriéndose a esto, en el otro lado del mundo, Italia, el escritor Umberto Eco escribió una especie de ensayo en el 2010, que se titulaba “Dios es testigo de que soy tonto…”, y procedemos a transcribir parte de este interesante relato: “¿Por qué esta locura, nos preguntábamos? Marías avanzó la hipótesis de que todo lo que sucede deriva del hecho de que los hombres ya no creemos en Dios. Tiempo atrás, los hombres estaban convencidos de que todos sus actos tenían al menos un espectador, que conocía todos sus gestos (y sus pensamientos), y podía comprenderlos y, si hacía falta, condenarlos. Se podía ser un paría, un inútil…pero tenía la sensación de que al menos Uno lo sabía todo de nosotros. “Dios sabe cómo he sufrido”, se decía la abuela enferma y abandonada por sus nietos: “Dios sabe que soy inocente, se consolaba el que había sido condenado de manera injusta: “Dios sabe todo lo que he hecho por ti”, gritaba el amante abandonado; “Solo Dios sabe lo que he pasado”, se lamentaba el desgraciado cuyas desventuras no le importaban a nadie. Dios era siempre invocado como el ojo al que nada escapaba y cuya mirada daba sentido incluso a la vida más gris…”.

Pero ahí el asunto cuando este ser que nos ama desaparece o deja de existir para nosotros, y le sustituimos: “Una vez desaparecido, apartado este testimonio omnividente ¿Qué nos queda? El ojo de la sociedad, el ojo de los otros, al que hay que mostrarse para no caer en el agujero negro del anonimato, en el vértice del olvido, aún a costa de elegir el papel de tonto del pueblo que baila en calzoncillo sobre la mesa ...”. Evidentemente el morbo es lo que interesa a las redes, y algunos le hemos ubicado como sustituto de Dios ¿Será entonces que nos está faltando una verdadera fe?

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