Jorge Eduardo Arellano
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Políticamente hablando, la democracia hoy en día es propugnada como un derecho de la humanidad, un ideal que ha sido reclamado y reivindicado por el mismo pueblo en su constante preocupación de garantizarse el mejor de los gobiernos posibles, y de posibilitarse, claro está, su propia oportunidad a detentarlo. La concepción del poder o la autoridad en el pueblo, ha superado las concepciones del poder o la autoridad en un monarca, en una iglesia, en una familia, en un grupo, en un militar… la misma ha sido bregada en la mayoría de los casos por acontecimientos beligerantes e insurreccionales, y a partir de entonces, se ha trabajado ardua y conjuntamente en la edificación de un modelo de aplicación que lógicamente no es un concepto acabado sino dinámico.

Pero bien, hablemos del medio actualmente reconocido y aceptado por la generalidad de las naciones como el más idóneo para la elección de sus gobernantes: el voto. Si la soberanía es el ejercicio de la voluntad general como acertó el filósofo ginebrino en su magistral y revolucionaria obra “El Contrato Social” (1762); el voto es la realización pragmática de la soberanía, es la opinión deliberada del ciudadano, su participación suprema en los asuntos públicos, la decisión soberana en sí…es elegir libremente.

No hay país civilizado y próspero donde no se utilice el voto para la manifestación de la soberanía popular. La República Federal de Alemania que otrora fue un país de bélico y totalitario comportamiento, se declara en el arto. 20 de su Ley Fundamental como una república democrática cuyo poder emana del pueblo, quien lo ejerce a través de representantes calificados por votos y elecciones. Incluso la roja República Popular de China con su “dictadura popular democrática” prescribe que el poder pertenece al pueblo, y que dentro de su centralismo democrático se eligen a las autoridades por conducto de elecciones. En el arto. 2 de la Constitución Política Nicaragüense se postula que la soberanía reside en el pueblo y que el poder político lo ejerce él mismo por medio de sus representantes libremente elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto.

Las anteriores referencias constitucionales hacen palmaria la importancia real del voto para el escogimiento de las principales autoridades de un país; el voto debe demostrar la sujeción de los gobernantes al pueblo, más no a la inversa; puesto que el poder soberano descansa en este último, eso significa que los gobernantes no sólo son elegidos sino que también son controlados en su actuación por el mismo poder soberano, a través de la participación activa de los ciudadanos y las leyes de la República.

Estados Unidos de América, soberbia águila que presume ser la antorcha de la democracia moderna, dio un innegable ejemplo de pluralismo al elegir a su primer presidente afroamericano; superando su propia ignominia del pasado en el que hasta hace poco más de un siglo, un ciudadano de color negro era simplemente un esclavo, y que pese a su lucha por obtener una posición digna en la “tierra de las oportunidades”, aquel había sido objeto de la más desalmada discriminación y marginación social. Así pues el ciudadano de color pasó de la esclavitud a la ciudadanía y de ésta a la presidencia: un individuo proveniente de una minoría racial gobierna el país más poderoso del planeta… ¡vaya qué democracia racial!
Para un territorio nacional (Nicaragua) que fue descubierto hace 506 años en un período de barbarie media, y que cuenta apenas con 187 años de vida independiente, es evidentísimo que necesite acelerar el paso en su proceso de desarrollo para ponerse al día con otras naciones que ya son de antigua data en las páginas del orbe, y que han logrado un progreso del más alto nivel. Contrario sensu, nuestra experiencia electoral es penosa, dramática y molesta. Me referiré en específico a la Alcaldía de Managua: un candidato empresario envuelto en el endeudamiento financiero más funesto de Nicaragua, perdidos en las elecciones presidenciales corriendo con otra bandera, ahora candidato de la agrupación a quien tanto blasfemó y líder creado de forma circunstancial; el otro un ex campeón del boxeo que como atleta es un orgullo y como político es una farsa al servicio de sus superiores. El elector sensible a las campañas electorales raramente considera programas de gestión para depositar su voto en quien estima será un eficiente alcalde, vota no porque espera que gane el óptimo, sino que vota porque desea que no gane tal cual.

El acto de elegir libre y soberanamente se convierte en Nicaragua en el acto de sumisión a los designios y disputas de dos partidos que se riñen los poderes públicos, es el acto de ratificación a un teatro programado cuyo acto final tiene que cumplirse a toda costa, justa o injustamente. El voto ya no es secreto, intolerablemente todos lo saben; ya no es libre, sino comprometido; no es igual, sino seleccionado, si es universal, incluso para los que no existen; no es un evento cívico, sino una confrontación de fuerzas. Un porcentaje de abstencionismo indica la apatía sobre lo que resulte, pues de antemano se intuye que quien gane significará poco en los próximos cuatro años. El Poder Electoral actúa a través de sus magistrados como un títere cuya presentación es previsible. Pandilleros y malandrines representan la voluntad general. Las elecciones se ganan con piedras en lugar de votos. La Policía mantiene el orden del desorden. El sufragio se manipula y se defrauda. Gana el candidato perdedor. Las denuncias públicas importan un comino. La comunidad internacional se pronuncia… y el asno toca la lira. ¡La sociedad nica está sumida en la perversión!
En razón de la guerra Franco-Prusiana de 1870 a 1871 en Europa, el filósofo y economista Carlos Marx previno a la clase obrera europea por medio del I llamamiento de la Asociación Internacional de los Trabajadores (I Internacional), de que ya no se luchaba por deberes patrióticos, sino por intereses económicos de clase. Dicha advertencia es también muy sabia para estos “simpatizantes” que salieron a las calles a protestar agitadamente la victoria de sus respectivos candidatos en honor a sus “principios”; mientras aquellos disfrutan y disfrutarán de lo más dulce del pastel. Y en tanto la lucha de intereses se agudiza, el verdadero soberano calla, teme y ve cómo los mismos políticos se autoeligen soberanamente. Ya es tiempo de que el ciudadano nicaragüense cumpla con su máximo deber: cumplir con su papel de ciudadano.

genius_marco@hotmail.com
*Estudiante de Derecho y Filosofía