Juan Manuel Sánchez Ramírez
  •   Managua, Nicaragua  |
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Cuando uno conversa con los jóvenes, se percibe el deseo por ser competentes, por aprender lo que tienen que aprender como personas, como miembros activos de la sociedad y como seres útiles que emprenderán con acierto sus proyectos de vida.  Están ávidos por saber, saber hacer y saber ser. 

Nuestro sistema educativo solo te enseña a “saber”, y carece de herramientas que les posibiliten a los jóvenes desempeñarse con éxito en su quehacer laboral (saber hacer), y prepararse para enfrentar con seguridad el desafío y la responsabilidad de ser productivos para sí mismos y para quienes los rodean (saber ser).  Los tres saberes le permiten al ser humano desarrollar sus competencias para la vida, la productividad laboral y sobre todo, abonar a su valor propio.

Reportes del Foro Económico Mundial indican que América Latina tiene la mayor escasez de competencias del mundo en la economía formal, dos de cada cinco jóvenes no estudian ni trabajan, y el 55% de los trabajadores de la región trabaja en la economía informal. Los trabajadores claramente no tienen las habilidades que las empresas necesitan, y las empresas están teniendo un tiempo muy difícil para encontrar el talento que necesitan para hacer crecer sus negocios.

Esto se corrobora con datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en su estudio sobre “Antigüedad en el Empleo y Rotación Laboral en América Latina” (2016) donde establece una correlación negativa entre antigüedad y rotación laboral con factores como: la informalidad, el hecho de ser joven y el bajo nivel de cualificación. Dicho estudio señala que en Latinoamérica la antigüedad laboral es de 5.9 años, y existe un 26% de los colaboradores con un tiempo menor a un año, mostrándose una alta tasa de rotación laboral, principalmente en los jóvenes. Este nivel de rotación hace que una empresa incurra en un gasto aproximado de hasta nueve veces el valor del salario. 

La complejidad de las destrezas necesarias para tener éxito hoy y la rápida velocidad con la que cambian las necesidades de habilidades, afectan la capacidad del sistema educativo para proporcionar soluciones oportunas. Por lo tanto, articularse con los centros educativos para impulsar un mecanismo de certificación por competencias es la decisión de negocios más inteligente de la empresa privada: aumenta la productividad, permite a las personas integrarse plenamente y contribuye con la agenda de crecimiento inclusivo. 

Incrementar las habilidades de aquellos que están en la fuerza de trabajo hoy es lo que impulsará nuestra economía en los próximos 30 años. Y el crecimiento solo será sostenible si hoy se reforma el modelo de enseñanza de la futura fuerza laboral. Todo esto implica aplicar mecanismos innovadores para la formación y el empleo juvenil como, por ejemplo, los contratos de formación y aprendizaje: que permitan al joven o al colaborador adquirir competencias mientras trabajan.

Las empresas son una parte clave de la fórmula para impulsar que nuestros jóvenes sean competentes: que posean conocimiento y puedan utilizarlo. El país necesita personas versátiles y polivalentes, que sepan identificar oportunidades para crear negocios, asociarse con otros o generar unidades productivas de carácter asociativo y cooperativo. 

Personas que sean capaces de adaptarse a los cambios del entorno, de autodirigirse y autoevaluarse, de relacionarse apropiadamente con otros y de aprender cada vez más sobre su trabajo. La empresa debe abrir sus espacios para facilitar un cambio estructural en el modelo de enseñanza, y con ello apoyar a retener el talento joven, ofreciendo y manteniendo buenas oportunidades de desarrollo, porque cuando los jóvenes ven que no están aprendiendo o que están estancados, buscan como migrar, a donde si les ofrezcan oportunidades para su desarrollo personal y profesional. 

Resolver este problema de habilidades requiere una reforma de política audaz. Ampliar la cobertura de la educación no es suficiente. Los responsables de las políticas también deben centrarse en elevar la calidad de la educación, priorizando el saber hacer, no solo de la población en edad escolar, sino también de la actual fuerza laboral.  Y las empresas deben ubicar dentro de su “core” las alianzas y la inversión con el mundo educativo para ganancia de todos. 

Abogado, especialista en Políticas Públicas y Desarrollo de Cadenas de Valor