Jorge Eduardo Arellano
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A mediados de septiembre del año pasado, el gobierno de los Estados Unidos se debatía en cómo pagar la factura de la burbuja hipotecaria de los créditos subprime. La burbuja de las hipotecas basura había estallado en el verano de 2007 y los activos inmobiliarios se depreciaban a un ritmo acelerado por la insolvencia de créditos mal otorgados. Estos créditos insolventes contaminaron mejores créditos al dejarlos desnudos con garantías insuficientes. La necesidad apremiante de cubrir las pérdidas provocadas por las insolvencias de los créditos subprime más las garantías devaluadas, provocó que las entidades financieras tuvieran que restringir el crédito para dedicar su efectivo a reservas de capital. Esto originó el “crach del crédito” que afectó en todo el año pasado. Era hora de pagar el costo de la reactivación económica, vía reactivación del crédito, para paliar la crisis del 9/11 y la burbuja de las empresas punto com.

El banco de inversión Lehman Brother se encontraba en serios problemas y pedía a gritos una fusión o compra o mejor todavía la ayuda del gobierno de los Estados Unidos. Lo propio pero con más discreción lo hacían otros bancos de inversión como Golman Sachs, Morgan Stanley, J.P Morgan y la emblemática Merry Lynch. Pero la situación se complicó aún más cuando la compañía de seguros y reaseguros AIG, fue afectada por el alud de indemnizaciones de los impagos de los créditos subprime. Esta empresa es la más grande del mundo en su ramo y tiene representación en más de 130 países.

El gobierno de Bush se vio en el dilema de salvar a Lehman Brother, o sea, la industria de la banca de inversión, o salvar a AIG empresa estratégica para sostener el sistema económico mundial. Con gran acierto decidió dejar a su suerte a Lehman Brother quien se declaró en quiebra. Además, el gobierno restringió las facultades de los Bancos de inversión sobrevivientes (Golman Sachs y Morgan Stanley se les otorgó licencia para convertirse en bancos comerciales). El gobierno de Estados Unidos compró el 80 % de las acciones de AIG para evitar así un efecto dominó de escala global. También presionó a Bank of America para que adquiriera a una Merry Lynch en crisis. Doble trago amargo para Bank of America, pues la cartera de ML estaba contaminada con activos tóxicos derivados de los créditos subprime por un lado, y las millonarias indemnizaciones por “desempeño” de los altos ejecutivos por otro. Pagó más de 3,600 millones de dólares en indemnizaciones a ejecutivos de una ML fracasada, con la argumentación de que no quería dejar ir a esos “talentos” hacia su competencia.

El paquete de ayuda a la banca del presidente Obama, (herencia del gobierno de Bush) cuya astronómica suma de 750,000 millones de dólares, según algunos economistas es insuficiente para paliar la crisis de la banca norteamericana, de esta ayuda solo la AIG ha absorbido 170,000 millones de dólares para cubrir los seguros por impago derivados de los títulos de hipotecas basura. El caso de AIG es el que más irrita a Ben Bernanke, Director de la Reserva Federal de EU, quien no les perdona que hayan jugado con las reservas técnicas de las primas y no visualizaran el riesgo de impago masivo de las hipotecas basura. Es comprensible su enojo pues se estila que el negocio de seguros y reaseguros debe tener como destreza implícita el buen manejo de sus reservas.

Las empresas calificadoras de riesgo están siendo fuertemente cuestionadas. Moody’s, Standard & Poor y Fitch Rating, no fueron capaces de visualizar el riesgo de ciertas compañías. Algunos actores de la crisis incluso cuestionan su función en un futuro mercado de valores reactivado. La reacción tardía de estas calificadoras de riesgo, contrasta con la velocidad que ahora están reclasificando a instituciones que ya el mercado en estampida se había encargado de depreciar.

También hay quienes culpan a Alan Greepan, anterior director de la Reserva Federal, por permitir los “contratos financieros derivados” sin regulación para suavizar las probables pérdidas y así asumir más riesgo. Al final estos contratos fueron un factor determinante en la crisis.

El índice industrial Dow Jones además de su baja abrupta a menos de 7,000 puntos, se está desgranando por la caída libre del precio de las acciones del grupo de empresas que lo conforman. La sustitución de las acciones de Citi group y de General Motor como parte del índice Dow Jones, ya se habla en los entornos financieros. Tanto las acciones de Citi group como las de GM, se cotizan entre el ridículo precio de 1 a 2 dólares. Los sustitutos probables que se manejan para estas empresas maltrechas, son Google y Cisco, empresas de nueva era.

El teatro de la crisis económica no estaría completo si no analizáramos el rol de ciertos líderes de opinión con capacidad de influir en los mercados bursátiles. Este es el caso del multimillonario Warren Buffet, quien con su brazo inversor, la compañía Berkshire Hathaway, puede golpear la mesa en la crisis que se atraviesa. En días pasados en declaraciones a los medios, dijo que la economía norteamericana “se cae por un precipicio” y que él estimaba por lo menos cinco años para que el sistema se estabilice. Fueron suficientes estas declaraciones para que Wall Street temblara y perdiera puntos ese día de jornada. Warren Buffet, “El Oráculo de Omaha”, también manifestó que la crisis hipotecaria lo agarró de sorpresa. Es tal la sorpresa del Gurú, que se estima que su fondo ha perdido 36,000 millones en el mercado hipotecario y en inversiones en el mercado de energía eólica, esta última deprimida por la baja del petróleo. Ni los sabios se salvan de la crisis y parafraseando al mismo gurú de Omaha, “los sabios yacen nadando desnudos cuando las aguas bajan”.

El programa de rescate del gobierno norteamericano, ha sido recibido con moderado optimismo, lo cual ha generado una revaloración del dólar. Pero se teme por los efectos burbuja-fóbicos de la crisis, que un dólar a la deriva de su apreciación, puede generar una nueva burbuja en la divisa norteamericana. Lo propio ha hecho el oro y otros metales, refugio seguro de inversión, lo que ha provocado que el precio del oro se dispare y lo propio para las empresas relacionadas con su extracción. ¿Estas dos probables burbujas en paralelo serán capaces de empujar una recuperación económica? ¿Cómo restaurará el presidente Obama, la confianza de los mercados, cuando la profundización de la crisis deja al descubierto el festín del fraude e indemnizaciones indecorosas? Está por verse, pero para mientras los economistas están desempolvando los libros de Keynes y exigiendo más control y protagonismo del estado. Un péndulo que en su retorno rediseñará la nueva economía mundial.

rcardisa@ibw.com.ni