Daniela Cáceres
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Tenemos más de dos años de escuchar la misma canción: tres gobierno neoliberales, asalto y privatización al Estado en 16 años causante de más pobreza etc., etc. Para los orteguistas este periodo significó millones de dólares en pérdidas para el país. Y, tienen toda la razón, muchísima razón. El autoritarismo y discrecionalidad de funcionarios neoliberales dio paso a largos años de corrupción. Sin embargo, si dejamos a un lado la propaganda y hablamos de los hechos, podemos identificar que el orteguismo contribuyó indirectamente para que gobiernos corruptos se instalaran por largo tiempo a gobernar el país. El estilo autoritario y caudillezco de Daniel Ortega, tanto a lo interno de su feudo organizativo como frente a los problemas de la sociedad en general, ha sido una verdadera lotería política para la atrasada y corrupta derecha nicaragüense. El Sr. Alemán pasó feliz de la vida con Ortega como opositor siendo Alcalde de Managua hasta llegar posteriormente a ser Presidente. Y después pasó a la boda final: el pacto.

Si en esos años neoliberales Ortega hubiera asumido otro papel y hubiera contribuido a un sandinismo más deliberante y de consenso, como el país lo demandaba, el escenario más probable para el FSLN hubiera sido el de regresar al Gobierno antes de 2006, pero, sin Ortega como Presidente y sin concesiones de cúpulas. Otra historia se escribiría ahora en este país. Seguramente también la corrupción del Sr. Alemán no hubiera conocido la continuidad del gobierno neoliberal del Sr. Bolaños. El costo entonces que ha pagado el sandinismo y el país por la continuidad de Ortega como “líder opositor” es altísimo. Ridículo sería acusar a Ortega de exclusivo responsable de todos los desastres estos años, pero, sin él, el neoliberalismo triunfante, el teatro de las cúpulas y sus negociaciones al margen de la institucionalidad y la democracia popular no hubieran funcionado igual.

El orteguismo ensalza ahora permanentemente los 16 años de resistencia ante el neolibelalismo entre 1990 y 2006. Acusan despectivamente a quien no estuvo junto a Ortega en esta etapa. Esto es propaganda. Primero, para que el neoliberalismo se mantuviera tanto tiempo en el gobierno tuvo que haber una oposición que lo legitimara, y ésta fue la que hizo el orteguismo con su indiscutible líder. A este tipo de política se opuso y se siguen oponiendo las personalidades honestas de este país, como el Comandante Víctor Tirado. Segundo, la atomización del sandinismo en un periodo de post guerra en fracciones extremas hubiera creado un país incontrolable.

Compañeros como Tirado y demás, hubieran fácilmente caído en el juego de la irresponsabilidad enfrentando con fracciones el autoritarismo que Ortega imponía en su feudo sectario después de 1993. El impacto de tal división para el país hubiera sido aún más desgastante. La experiencia histórica de países como Haití y otros con economía similar a la de nuestro país demuestran que en estos periodos de post guerra la división de los sectores populares y su enfrentamiento prolonga la guerra civil y aumentan la espiral de violencia hasta lo irreversible. Nicaragua no vivió esa realidad gracias a la prudencia de muchos nicaragüenses sensatos.

Las posiciones de prudencia política de líderes revolucionarios, como el Comandante Víctor Tirado y demás revolucionarios de su generación, han sido las más prudentes y la más correcta en este periodo de pasiones desbordadas de cúpulas y elites antidemocráticas. El sentido común nos dice que Sandino hubiera actuado en esa misma dirección.

Últimamente, al leer y escuchar las confesiones públicas de militantes sandinistas de base en EL NUEVO DIARIO, exponiendo la crisis de la dedocracia Orteguista, las luchas vergonzosas entre gente humilde por la lealtad al “líder” Ortega en zonas rurales y barrios de Managua, los estilos conspirativos en las instituciones por sacar aquella o aquel que no es del partido, la reproducción de la arrogancia de arriba hacia abajo en los funcionarios locales para atender a la gente humilde que no es Orteguista, el silencio por el miedo al abuso del poder en diferentes esferas de la vida pública, la reproducción de los feudos institucionales, la manipulación de los sentimientos religiosos, todo esto, sólo pareciera recordar lo mismo de ayer, lo mismo de lo ya vivido.

Sandino no hace a los sandinistas, o como dice el refrán, el hábito no hace al monje. Estamos pues ante verdaderos desafíos como sociedad, ésta es la realidad. Mi madre, una mujer muy pobre, recordaba a veces aquellos tiempos de Somoza donde se sentía obligada a tener un carné rojo del Partido del Dictador, y así, quizás en algún momento acceder a algún trabajo para sobrevivir. Ella, que no entendía nada de política, podía en sus últimos años recordar con cierta humillación aquellos tiempos… tan cercanos.