Juan B. Arríen, Ph.D
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Ideuca
La realidad se impone. La crisis económica mundial incubada y desarrollada en y desde EU, transita rápido y por todos los países manifestándose en sus instituciones, sectores sociales, grupos de población, etc. pero afincándose de manera muy sensible en las familias.

Es una crisis globalizada que afecta a todos, como lo hace el aire que respiramos.

En el sistema educativo la crisis adquiere especial impacto por cuanto se hace presente de distintas formas en todos y cada uno de los factores que confluyen en el quehacer educativo. El contexto nacional, la familia, el maestro, los estudiantes, las escuelas, los materiales educativos, el proceso enseñanza-aprendizaje, el presupuesto... La sumatoria de estas distintas afectaciones colocan al proceso educativo en una situación difícil tanto en sus indicadores cuantitativos como cualitativos (acceso, permanencia, calidad, pertinencia, etc.).

Los canales de televisión de todo el mundo presentan múltiples entrevistas con gente normal, como nosotros, indagando sobre las formas prácticas que utilizan para enfrentar la crisis. La respuesta, por muy variadas e ingeniosas, todas apuntan a planificar y reducir el gasto, dar cabida a cierta austeridad y utilizar formas más sencillas de esparcimiento, de recreación, de ocio y de vida familiar. Está surgiendo un nuevo tipo de cultura dentro del propio consumismo, apelando a recursos inherentes al propio ser humano.

Lo anterior nos dice que además de lidiar con la gestión contable familiar, se están abriendo las puertas a recursos psicológicos y humanos que constituyen un enorme caudal en cada uno de nosotros, no siempre bien aprovechado.

Refiriéndonos a nuestra educación, portadora histórica de serias limitaciones ¿caben todavía más austeridad, más ahorro, mayor eficiencia, etc.? Resulta muy difícil. Las medidas no pueden ir sólo por esa ruta, el camino está ya bastante deteriorado como para transitar por él, pese a las reiterados reclamos en favor de más presupuesto para la educación.

Hay que aprovechar otra ruta, la ruta de los recursos humanos, la del caudal de nuestras facultades, de nuestras capacidades, valores, el potencial del espíritu, de la reserva emocional que nos espera para los momentos difíciles....

Todo ello constituye en el ser humano social un activo de enormes proporciones para enfrentar esta y cualquier otra crisis.

Ese activo puede encontrar salidas que acompañen a la limitación de recursos económicos y materiales que están dificultando, y en ocasiones frenando el quehacer educativo en toda su plenitud.

Es cuando las buenas relaciones humanas adquieren un valor extraordinario, cuando el clima psicosocial de la escuela juega un papel positivamente clave, cuando los valores (veracidad, honestidad, respeto, solidaridad...) irrumpen con toda su fuerza, cuando la pedagogía del afecto se impone en la interacción maestro-estudiante, cuando la motivación por la labor educadora se apropia de nuestro trabajo, cuando la comprensión, el buen humor y la alegría llenan espacios humanos amplios...en la comunidad educativa.

No se trata de ser héroes. Se trata de ser humanos en el sentido de aprovechar lo mejor del ser humano, su espíritu como su más extraordinario activo y su caudal psicológico como fuente inagotable.

Para ello es necesario hacer de todos estos recursos, una síntesis que active y proporcione vida abundante al proceso de enseñanza-aprendizaje y de manera más plena a la gestión escolar.

En conclusión: En el sistema educativo, en las escuelas faltan recursos que dificultan la labor educativa. Pero en las escuelas existen también recursos que por la naturaleza de la educación alientan positivamente el proceso enseñanza-aprendizaje.

Estas consideraciones pueden sonar a palabras huecas en los oídos de algunos lectores, sin embargo, la experiencia y la vida me confirman que entrañan auténtica y comprobada validez. La vida es muy dura pero asimismo muy bella.