Orlando López-Selva
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Venezuela está contra las cuerdas. El gobierno de Nicolás Maduro optó por la radicalización. Tenía otras opciones: la moderación o ceder poder político, negociando.

Pero su canciller, Delcy Rodríguez, acaba de anunciar su retiro de la Organización de Estados Americanos (OEA). Obviamente, para Caracas es el camino más fácil. Pero no el más ventajoso. Ahora Venezuela estará harto aislada. En el mundo de las relaciones internacionales, el aislamiento es una maldición insoportable: desajusta; no se puede conseguir el desarrollo viviendo enfrentados, o huyendo y escondiéndose de todo los demás. ¡Sino pregúntenle a Raúl Castro!

Obviamente, hay una papa caliente en las manos del secretario general de la OEA, Luis Almagro.

Acá la pregunta es: ¿quién pierde más?

La OEA es una organización multilateral que data de 1948. En sus casi 70 años de existencia, solo Cuba (otro país socialista) les dio problemas cuando en 1962 fuera expulsada.

Pero Cuba no ha querido diplomacia multilateral donde se hable de democracia. Solo ha querido que la acepten socialista.

Y el régimen de Maduro no quiere enfrentar sanciones ni corregir su rumbo. Mejor se separa.

Es probable que tras Venezuela, los pocos países del nunca exitoso-y-muy-cacareado ALBA, se sumen. Pero deberían ser muy cautelosos porque, desde el Celac es muy poco lo que pueden hacer. Y hasta corren el riesgo que los otros países, —democracias más grandes de economías sólidas—, también condicionen su filiación en ese foro sin EE. UU. y Canadá. Ello, por tanto, pondría en entredicho al Celac mismo.

Consecuentemente, una salida de Venezuela, seguido de otros países, no fortalecería a Celac, al contrario, la pondría en riesgo de desdibujarse, dado el sentido recíproco de la diplomacia.

Cierto, Cuba y Venezuela estando fuera, representan un mal precedente para la credibilidad de la OEA. Y en tal caso, pondría en entredicho algunas posturas diplomáticas estadounidenses hacia Latinoamérica. Pero, la OEA puede trasladar su sede a México, Brasilia o Panamá, donde recobraría su sentido de foro menos influenciado por Washington. ¿O, por qué no a Montreal?

Moscú ni Beijing están en capacidad de sostener o financiar foros anti-Washington, aunque disfruten de estos gestos provocadores del gobierno de Maduro, porque, además de irrespetar a los Estados Unidos, ponen en entredicho su influencia política en la región. Por otro lado, demuestran que los demócratas pueden tolerar a los rebeldes; pero los países de alianzas de inspiración revolucionaria, no pueden aceptar disidencia. Si no véase la doctrina Brezhnev de principios de los 70 y 80.

Para Caracas, aunque crea que pueda sobrevivir, se le hará más difícil lograr subsistir económicamente: 1) Rusia y China ya dieron lo que pudieron y no pueden más. El dinero está escaso en el mundo; 2) Beijing quiere hacer inversiones con empresas venezolanas y ahí los empresarios están huyendo; 3) el sector privado que produce riquezas, como va de salida, no puede producir los suministros suficientes para sostener a la quebrada y deficitaria economía venezolana; 4) el tal Banco del Sur que inventara Chávez, nunca fue sino una propuesta por decreto. Y como tantos otros proyectos, nunca pasó de ser un desafío sin sentido: refinerías, acueductos, etcétera; 5) los países europeos condicionarían cualquier ayuda a Venezuela, si el régimen de Maduro respeta los derechos humanos y Caracas vuelve a la OEA.

Venezuela después de 19 años de Chavismo se transformó en algo irreconocible: es un país empobrecido, decadente, emigrante, pulverizado, desajustado, caótico, convulso, desarticulado.

Pero todavía la diplomacia puede hacer mucho. El Vaticano podría volver a intervenir para tratar de suavizar las cosas entre el oficialismo y los opositores democráticos.

La ONU podría interceder. Pero empujarían a Caracas a volver al órgano regional: la OEA.

Maduro se puso candados, solito. ¿Ha olvidado que la mayor habilidad del político es poder usar los recursos cívicos? En parte, también, esa culpa ya era cultivada. Ellos nunca hicieron alianzas con nadie que no fueran dictadores revolucionarios. Cuando estén en otras encrucijadas más oscuras: ¿quién abogará por ellos?

He ahí el error gravísimo del régimen venezolano: nunca pudieron granjearse amistades más allá de sus simpatías ideológicas.

Si confirman su salida de la OEA (¡aunque Almagro todavía puede hacer algo!), no podrán conseguir más amigos. Y solo cuentan con unos pocos que les consienten reprimir a sus propios conciudadanos. ¿Vale la pena aferrarse, ciegamente, al poder?

Si la oposición no desiste de sus luchas callejeras, y la represión causa más sangre y muertes, Venezuela será la nueva Siria de Latinoamérica.

La crisis venezolana ya llegó a su punto de saturación.