Maryórit Guevara
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La muerte de Vilma Trujillo, de 26 años, es quizás el caso de misoginia más extrema que Nicaragua ha registrado. Los detalles del hecho son espeluznantes. Vilma fue lanzada viva a una hoguera a 400 grados de temperatura, luego de haber permanecido secuestrada, sin alimentos, recibiendo garrotazos de un sujeto que dice ser “representante de Dios” en la tierra.

Me he preguntado en repetidas ocasiones ¿quién es ese Dios? Probablemente no logro procesarlo porque el Dios que conozco es misericordioso. No es tirano, ni vengativo, tampoco maléfico. Mi Dios jamás lanzaría ni a Vilma, ni a ninguna mujer, niño, niña u hombre a una hoguera. Es por eso que no comprendo el acto cruel cometido en nombre del Señor. Dios no medió en este asesinato, donde solo participaron humanos. 

Estamos en regresión. Hemos viajado en el tiempo hasta ubicarnos en la Europa entre 1450 y 1750, durante la llamada Caza de Brujas, un momento en que las “mujeres fueron perseguidas por resistirse al poder de la Iglesia y el Estado” (Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Silvia Federici. 2004).

Parece que no ha cambiado nada. Una vez más las cenizas buscan cubrir una realidad que hemos perpetuado en el tiempo: la violencia de género. Las justificaciones son inadmisibles: fornicación, promiscuidad, adulterio, libertinaje, lujuria. Delitos o pecados que diferentes denominaciones religiosas solo castigan cuando lo consuma una mujer. 

Hay una persecución violenta y descarada sobre la vida de las mujeres. En nuestra sociedad cunde el pánico moral cada vez que una mujer decide por su propia vida, por su cuerpo. Nos perciben como un enemigo que deben aniquilar, pero además hacerlo de una manera desdeñosa que aleccione al resto de féminas para mantenerlas pasivas, cautas, ligadas al espacio privado y bajo funciones meramente reproductivas. 

Nicaragua registra durante el 2017, alrededor de 15 casos de mujeres muertas a manos de sus parejas o exparejas: siete asesinadas con armas de fuego, seis con armas blancas, una estrangulada y una quemada. 

No sé si estaré equivocada, pero tengo la percepción que la violencia en lugar de disminuir, se ha incrementado. Los casos son más recurrentes. Estamos a razón de cuatro femicidios por mes. El año pasado la cifra alcanzó los 49 femicidios de los cuales 27 autores aún están prófugos.

Y el caso de Vilma me horroriza, porque me parece increíble la capacidad de conveniencia que tiene la sociedad hasta para la aparición del demonio. En el caso de las mujeres el demonio debe ser reprendido y expulsado porque es amenazante, peligroso. La mujer es un instrumento del mal.

En cambio cuando se trata de un hombre este se convierte en una víctima del demonio. Y hay que ser compasivos. De hecho, muchos casos de femicidios y violación se han justificado social y mediáticamente con la posesión del demonio. 

En lo personal no creo que exista el diablo, ni el demonio, ni el mono, ni el coco, son personajes resultado de una educación represiva que intimida en lugar de incitar a la reflexión. En este mundo solo hay humanos; buenos, malos e incluso trastornados, capaces actos maravillosos, pero también de cometer actos horrendos como el que consumaron el pastor y sus secuaces, esos que en la tierra las leyes nicaragüenses deben castigar. 

* Comunicadora social, cofundadora de El blog de tu madre.