Francisco Javier Bautista Lara
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¡... y venid a adorar a nuestro santo
que está en el cielo: San Rubén Darío!
Rafael Heliodoro Valle (1916)

En Último año de Rubén Darío, Parte II, Honduras y Panamá (enero 2017), se completa el  aprendizaje que comparto en la doble conmemoración: 100 años de la muerte y 150 años del nacimiento de la mayor gloria literaria de Hispanoamérica. Una obra con dos textos. El Capítulo II es: ‘Último año de Rubén Darío en Honduras’. 

Dos veces visitó Honduras. La primera como Félix Rubén García, llevado por su madre y Juan Benito Soriano, permaneció en la finca Las Lajas. Contó en su autobiografía: “Mi primer recuerdo —debo haber sido a la sazón muy niño…—, es el de un país montañoso: un villorio llamado San Marcos de Colón, en tierras de Honduras, por la frontera nicaragüense; una señora delgada, de vivos y brillantes ojos negros… Esa era mi madre. La acompañaba una criada india… La casa era primitiva, pobre, sin ladrillos, en pleno campo. Un día yo me perdí. Se me buscó por todas partes;… Se me encontró, por fin, lejos de la casa, tras unos matorrales, debajo de las ubres de una vaca, entre mucho ganado que mascaba jugo de coyol…” 

En Honduras se difunde lo que Juan de Dios Vanegas llama “la leyenda sorianesta”: ¿Corre sangre hondureña en las venas de Rubén? Aunque Manuel García, fue inscrito como su padre, él mismo se encargó de sembrar la duda en la demanda de divorcio (1873): desconoció, —sin mencionar nombres—, los hijos con Rosa. Antes, la joven madre había abandonado León con el estudiante de derecho, huésped de la casa de Bernarda, y se radicó con el niño, a doce kilómetros de la frontera. Tres años después, Félix Ramírez trajo a Félix Rubén, Juan Benito no lo impidió, quizás porque no quería a su cargo al hijo ajeno.

El destacado político e intelectual hondureño Froylán Turcios (1874-1943), coincidió con los dos personajes más relevantes de la historia política y cultural de Nicaragua, indiscutibles figuras de la identidad latinoamericana. Primero, con Rubén Darío, y después, con Augusto Sandino. En sus Memorias (1939), cuando por fin se encontró con el admirado poeta, en la III Conferencia Panamericana de Río de Janeiro (1906), después del intercambio epistolar de seis años, cuando era subsecretario de Gobernación, describió:  “Rubén, pasivo, nulo ante cualquier actividad que no se relacionara con la pluma… difícil de palabra, feo, de movimientos indecisos y tardos, maestro imponderable en el dominio de las celestes músicas las más brillantes cumbres de la poesía castellana de todos los tiempos”.

Darío encontró en Río de Janeiro al más modernista de los poetas hondureños, Juan Ramón Molina (1875-1908). Presentó al joven, —de tormentosa y fugaz existencia, abrumado por el exilio—, como el mejor de Centroamérica, le cedió el honor de saludar a los poetas brasileños. Molina escribió (1907) con gratitud, en el primer verso del poema Rubén Darío: “Amo tu gloria como si fuera mía”, y al final, la profecía ahora cumplida: “la gloria te reserva su más ilustre lauro”. 

Afirma Miguel Ángel Asturias (1959): “Juan Ramón Molina poeta gemelo de Rubén”. En La Nación, Darío publicó (1912): “No dejaré de consagrar un recuerdo final a Juan Ramón Molina. Buen poeta, fuerte poeta, pereció víctima de aquel medio matador de todo anhelo intelectual que apaga el alma de Centroamérica... Apenas una vez logró ver un mundo propio para su talento, cuando le enviaron como secretario de la delegación de Honduras a la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro… Volvió a su país y a pesar de que, a ruego suyo, logré que La Nación le nombrase corresponsal en Centroamérica, se encontró de nuevo aplastado moralmente, no envió ninguna correspondencia, y a poco se suicidó”.

Cuarenta y cinco años después, con la fama de Rubén Darío, pasó por el país que elogió con brevedad en carta a Rafael Heliodoro Valle (1891–1959): “El talento es joya de Honduras”. Volvió cuando lo empujaron las circunstancias finales de su vida. Regresaba de Nueva York, iba para Guatemala, el barco Sixaola hizo escala en Puerto Cortés (18 abril, 1915). Lo saludaron los escritores Alfredo Guillén y Federico Milton, quien relata: “Nos recibió amablemente, se adivina en él una aristocracia conquistada a fuerza de civilización. Un semblante pálido, casi sin sangre, unos ojos cuyas pupilas languidecen… Fue la primera impresión dolorosa. Nos invitó a pasar al salón y su voz fue tan débil como un estertor...”.

Influyó, aún si su presencia física, en la época, en toda una generación de intelectuales hondureños. Su huella, a pesar de lo fugaz de sus pasos, permanece indeleble en la literatura. Hay, desde su universal vigencia, un Rubén Darío hondureño que une Centroamérica.

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