Augusto Zamora R.*
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Las redes sociales son el fenómeno de nuestro tiempo, al menos en países donde existen en medida notable, que otros del mundo están, literalmente, fuera de ellas.

Su potencia es tal que no hay “famoso” o “famosa” que no tenga cuentas en esas redes, como vehículo de adoración de sus fans y medio de exponer sus ideas.

Que llenen esas redes de fotos suyas es tema baladí. Desde antiguo, famosos y poderosos han soñado inmortalizarse en estatuas, estelas o cuadros pictóricos.

Que se pongan a opinar y sentar cátedra es otra cosa. Hacerse famoso porque sí, sea cantante, actriz, actor o, simplemente, explotador de bobos, no da sabiduría ni ciencia.

Alcanzar la fama hace creer a no pocos que acceden a formas de inteligencia superior y tal creencia les lleva a dictar libros, elaborar dietas, ofrecer recetas mágicas.

Desde su perspectiva ‘famósica’ (no existe tal vocablo), no es menester estudiar nada, mucho menos formarse académicamente, para escalar en la pirámide del conocimiento.

Dan un mensaje negativo. Confunden la forma con el fondo y hacen creer que convertirse en famoso nos hace doctores en todo, aunque no sepamos nada de nada.

Así, las redes sociales contribuyen a extender el analfabetismo potencial, pues sus seguidores se alimentan de los millones de memeces que distribuyen, sin que quede espacio para la lectura o el conocimiento.

Ciencia y tecnología hacen más inteligentes a quienes la cultivan. A sus consumidores no. A esos, al revés.

az.sinveniracuento@gmail.com