Jorge Eduardo Arellano
  • |
  • |
  • END

Los más sabios democratólogos de la humanidad desde hace siglos nos habían advertido: la corrupción es la tumba de la democracia. Ahora, frente a las supuestas actitudes autoritarias, dictatoriales, re-eleccionarias y hasta dinásticas del presidente Daniel Ortega Saavedra, encontramos una oposición política retórica, maniatada, amordazada y soluble en su propia corrupción. Una oposición política que, con insignificantes excepciones, no puede levantarse desde su fosa, so pena de ser arrastrada por las propias cadenas de sus múltiples felonías. Largas cadenas cuyos eslabones son signos de poder económico y de impotencia política.

Según Dante Alighieri en el Canto XI de El Infierno, en La Divina Comedia, los fraudulentos se encuentran en el séptimo círculo y de ellos dice el poeta: “Toda maldad que excita el odio del Cielo tiene por fin la injuria, y este fin, bien por la fuerza, bien por el fraude, siempre perjudica a otros. Mas porque el fraude es especialmente propio del hombre, desagrada más a Dios; y por esta razón los fraudulentos están debajo y experimentan mayor dolor.” Ya quisiera la oposición fraudulenta de este país, gozar los tormentos del infierno dantesco y no los que les hace sufrir el orteguismo en el poder: que los deja cómplices, impotentes, retóricos, inicuos e inocuos.

A las elites dominantes en Nicaragua, que históricamente han estado prestas a denunciar las veleidades atrabiliarias y totalitarias de la izquierda, siempre proclive al partido único, al líder único y al usufructo perpetuo del poder, se les olvidó esta premisa básica: la corrupción corroe todo. Así, mientras fueron gobiernos, festinadamente todas y todos, el Presidente o la Presidenta, familiares, socios socias y allegados allegadas, desde el gobierno o desde la empresa privada, se dedicaron a acumular capitales no santos, a expropiar empresas y tierras, playas y playones, costas y costuras, a eximir de castigos penales a los ricos y ladrones de cuello blanco, a dolosamente privatizar lo público para maximizar sus ganancias individuales y colectivizar sus pérdidas.

Verbigracia, la quiebra de los bancos, que fue distribuida graciosamente entre la población (y que nuestra descendencia (hija(o)s y nieto(a)s) está condenados a pagar per secula seculorum. Acción ejecutada por el gobierno más corrupto de los gobiernos corruptos, para no afectar los tentáculos bancarios del capital financiero globalizado en Nicaragua. Tampoco el gobierno actual --por mucha florida retórica revolucionaria-- ha adoptado una actitud consecuente con su discurso para meter en cintura a la mafia financiera de este país. ¡Discursos oímos, intereses no sabemos… pero los averiguaremos! Pareciera que nuestros gobiernos son ejercidos por la figurita real de la letra K de la baraja inglesa, aunque la invirtás y lo pongás cabeza abajo, el reyezuelo de la corrupción sigue siendo el mismo. ¡Obras son amores y no buenas razones!
Las elites del poder en Nicaragua, de derechas o izquierdas, democráticas o totalitarias, han propiciado con sus voraces apetitos y sus afanes por ocultar sus pingües delitos, la crisis política que socava la institucionalidad, la gobernabilidad, la viabilidad democrática de la sociedad nicaragüense. No quiero atribuir a la clase política nicaragüense un lugar privilegiado en el ranking de la corrupción o un cimero protagonismo respecto de la irreversible crisis política. Pienso que este fenómeno es una de las características del poder globalizado. El dúo Bush-Cheney en Estados Unidos es un destacado ejemplo de estas prácticas nocivas para el sistema democrático y para la política en general.

Ahora, la oposición nicaragüense se asoma al insondable pozo de las privatizaciones corruptas, donde lo que primó fue la coima a cobrar y nunca los intereses nacionales. De estos miasmas vaporosos de la corrupción, no se puede alzar ningún líder político que no expela el acre tufo de la muerte prematura. Lo cual es trágico para la política, en el sentido griego de la palabra y en su aristotélica concepción de búsqueda del bien común. En las trémulas imágenes del escenario político nacional, encontramos una absurda opereta de birlibirloque, que movería a carcajada esperpéntica… si no nos amenazara la inviabilidad como país, la prescindibilidad como pueblo, y una dictadura polpotiana de derecha como horizonte político.

En la actualidad, en nuestro país al menos tres poderes del Estado (Legislativo, Judicial y Electoral) se empantanan en leguleyadas y trucos abogadiles indignos de eminentes magistrados pelones, sin hacer avanzar el carro de la institucionalidad para una vida ciudadana y cotidiana en paz. Los poderes del Estado son como barricadas donde se atrincheran facinerosos para --a voluntad de caudillos-- descarrilar el carro de la gobernabilidad de una precaria vida institucional democrática. Asistimos a un increíble, despiadado e inmisericorde show político celebrado sin rubor frente a desastres naturales que han profundizado la cosecha de muerte, que han sembrado más hambre y más peste en nuestro territorio. O simplemente no existe la mínima vergüenza de parte de nuestros políticos, para enfrentar la crisis recesiva del capitalismo que asoma por las puertas de la ciudadela: alza del costo de la vida, salarios congelados, inflación de dos dígitos, crisis energética, y oportunidades para la juventud (letrada o iletrada) sólo en el extranjero.

La política se ha convertido en una serpiente voraz o en un dragón calcinante, que devora voluntades y quema las esperanzas de un pueblo trabajador, honesto y valiente. Frente a este atroz panorama político, la rebeldía crítica revolucionaria, las fuerzas de la solidaridad, de la compasión humana, de la misericordia cristiana, de la inteligencia “güegüense”, las lecciones aprendidas en nuestra historia de violencias y traiciones, tiene que alimentar una política de resistencia, una voluntad de amor y el espíritu libertario. Sin estridencias ni banderolas de colores, en la comunicación persona a persona frente a las elecciones municipales, no debemos ignorar que el fuego y el poder de nuestro voto son los que pueden resucitar el espíritu de la democracia popular y alzarla desde la fosa de la corrupción. Luego, como decía mi sobrino Brutus: ¡Temblad, tiranos!