Félix Navarrete
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Todos los miércoles a las siete de la noche, llueva, truene, relampaguee o haya un terremoto, no importa la magnitud, un grupo de aproximadamente 30 matrimonios nos congregamos en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ticuantepe para conocer el Evangelio de Jesucristo, proclamar su palabra y ser luz y sal de este mundo.

Confieso que hace algunos años la sola idea de pertenecer a un grupo religioso me causaba cierto escozor y hasta un poco de vergüenza. Nunca había querido recordar aquella época de la infancia, en la que anduve de oficioso sacristán y monaguillo de un cura de pueblo en todas las procesiones que la iglesia programaba. Aún en la adultez continuaba asistiendo esporádicamente a los rituales católicos hasta que el mundo me atrapó con sus seducciones quedándome en esos pasadizos de la vida.

Durante los últimos treinta años me casé, cambié de domicilio, tuve hijos, formé una familia, conocí el color del dinero y también los umbrales del infierno, pero – qué extraño- Dios nunca me apartó su mirada, y atrapó a padre e hijo en una carambola que solo Él sabe hacer. Ahora ambos matrimonios hacemos vida comunitaria.

Según relata el boletín parroquial que me suministró Maycon López, uno de los líderes espirituales emergentes, todo inició el 3 de marzo de 2009, cuando el padre Eddy Rojas propuso al matrimonio formado por don Xavier Caldera y Mireya Rodríguez, aceptar el reto de organizar una comunidad de matrimonios al servicio de Cristo, con el objetivo de fortalecer en la fe a todos aquellos matrimonios del municipio que necesitaban orientación cristiana.

Don Xavier y doña Mireya no solo fundaron y lideraron el grupo por muchos años, sino que se retiraron convencidos de que la semilla de la fe y la perseverancia había quedado inoculada en los matrimonios que seguirían desarrollando el programa. Sus testimonios de vida motivaron a muchos matrimonios en unión libre a buscar unirse a través del sacramento y cambiar de vida. Entre esos matrimonios está el mío.

Admito que cuando asistí la primera vez a la asamblea tuve sentimientos encontrados. Por una parte, volvía a la iglesia, lo que me alegraba, pero por otra parte, no creía que pudiera cantar, orar y alabar a Dios como lo hicieron esos matrimonios esa noche en que conocí la faceta más maravillosa de los cristianos.

Así fue que conocí el programa Matrimonios al Servicio de Cristo de Ticuantepe, que actualmente se encuentra conformado por matrimonios de todas las edades y todos los estratos sociales. Cada miércoles, profesionales, obreros, amas de casa y personas de condición muy humilde, nos congregamos para escuchar la palabra de Dios y alabar su poder.

Otro día de la semana, cada grupo tiene una reunión semanal de crecimiento donde se abordan con confidencialidad los problemas de cada miembro de la comunidad con un espíritu cristiano y solidario. Esta es la esencia de la vida comunitaria: compartir con el hermano sus preocupaciones, buscarle solución a sus problemas espirituales y materiales, y aconsejarlo a la luz de la palabra.

Y es que la vida comunitaria es la más idónea para comprender la fuerza de las comunidades cristianas primitivas. Los primeros cristianos entendieron que la unidad alrededor de Jesucristo los hacía fuertes. Ellos compartían sus alimentos, sus alegrías, sus esperanzas, pero sobre todo, su fe. Eran hermanos de sangre en Cristo. Algunos perseveraron y su ejemplo se mantiene hasta hoy. La iglesia Católica sobrevivió gracias al estoicismo de las primeras comunidades cristianas que ofrendaron sus vidas para que el cristianismo siguiera viviendo.

Gracias a la vida comunitaria hemos sido testigos de grandes milagros que antes no hubiéramos tenido la capacidad de comprender: hemos visto a personas al borde de la muerte resucitar de una peritonitis o sobrevivir a un cáncer, así como matrimonios al borde de la disolución, ser rescatados por la mano de Dios. También hemos sido testigos de que la oración es la llave poderosa que nos sostiene y da fuerza para vivir.

Sé que la vida comunitaria es difícil, pero hay que perseverar. Vivir en el mundo pero apartado de sus seducciones, es misión imposible. Pero mi esposa y yo hemos perseverado. No queremos decir que somos santos o que no pecamos, porque somos carne y el pecado está siempre delante de nosotros, acechándonos. Somos imperfectos y aunque estamos en la iglesia el diablo ha preparado una ofensiva para que desistamos de los asuntos de Dios.

Sin embargo, ahí estamos, perseverando . Tenemos dos años de estar en la Comunidad, y los frutos comienzan a verse. Lo único que puedo asegurarles es que ya no somos el matrimonio que éramos antes. Este ha sido el más grande de los milagros que ha ocurrido en nuestras vidas.

Managua 16 de mayo de 2017
Emial: felixnavarrete_23@yahoo.com