Galo Muñoz Arce
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El 24 de mayo del 2017, fecha conmemorativa de la independencia nacional, se realizó la posesión del presidente Lenín Moreno. En esta ocasión esperemos que haya quedado solo como recuerdo histórico lo que manifestó el pueblo al emanciparnos de España: “último día del despotismo y primero de lo mismo”.

Es de esperar que antes de nada, el nuevo presidente de la República, su gabinete ministerial y la Asamblea Nacional hagan un balance autocrítico de la realidad económica, social y política que atraviesa el país luego de 10 años de correismo.

Existen hechos objetivos, en estos últimos 10 años el país ha  contado con los recursos fiscales más grandes de la historia y sin embargo se llegó a un nivel de endeudamiento externo e interno nunca antes visto del que no hay transparencia en  la información oficial y hasta se cambió el modelo contable para ocultar la verdadera dimensión de la deuda. Sin embargo, con tan millonarios recursos no se logró cambiar la matriz productiva, seguimos siendo un país eminentemente primario exportador.

En lo social, si bien en algún período se evidenciaron  índices de la superación de la pobreza, sin embargo por la crisis fiscal y luego económica, dicha recuperación se esfumó y se pasó a cifras que muestran el aumento del desempleo producto de un manejo clientelar y populista de la economía, basado en altos ingresos fiscales y no en el fortalecimiento del aparato productivo.

La posesión del nuevo presidente de la República Lenín Moreno, ocupó  la atención de un buen sector del pueblo ecuatoriano. Un mensaje inicial es siempre importante aquí y en cualquier país y más aún cuando el primer mandatario esbozó  en términos generales lo que serán sus principales líneas de trabajo. 

El primer mandatario  afirmó que uno de sus objetivos principales será combatir a la corrupción, dijo “combatiremos este mal, el de ahora y el de ayer y el que podría venir, de adentro y de afuera”. 

En cuento a mantener diálogos, como lo ha reiterado en los últimos días, dijo “nada sobre los ciudadanos, sin los ciudadanos. No tomaremos decisiones por nuestras nacionalidades, sin dialogar con los compañeros indígenas, montubios y afrodescendientes”.

En este tema fue enfático en afirmar que será “presidente de todos, me debo a todos y respeto a todos”, lo hizo en el marco de un gran llamado para que los ciudadanos se apoderen de su rol activo en bien de un mejor país. 

Cuando el cambio de Gobierno se da entre dos políticos que pertenecen a la misma tienda partidista, pero en donde el mandatario entrante ha anunciado la necesidad de cambios, el interés es mayor. El país quiere conocer en dónde estarán esos cambios que fueron señalados en los días de la campaña electoral.

El nuevo mandatario ha sido claro en temas que tienen gran importancia para la ciudadanía. Ha dicho —por ejemplo— que la dolarización se mantendrá, lo que despeja una duda que de ninguna manera puede estar presente en la vida diaria. 

Hay muchos otros temas de gran interés como por  ejemplo el de mantener la posición cerrada del actual régimen ante los tratados de libre comercio o por el contrario ponerse a tono con el mundo actual abriendo la economía con el resto del mundo. 

El ofrecimiento de crear nuevos empleos tiene que ver con una de las necesidades más sentidas para seis de cada diez compatriotas que no tienen hoy un trabajo estable. O, la posición con respecto al ingreso a las universidades campo en el cual, como candidato, anunció cambios. En fin son aquellos temas que un día fueron ofertas de campaña y que hoy tienen la posibilidad de hacerse realidades en el ejercicio del poder.

El mandato que se estrena tiene la oportunidad de cambiar de rumbo con señales que se gobierna para todos y también para la paz regional, manifestando en su política internacional el apoyo a los pueblos oprimidos y no a sus mandatarios ególatras. La nobleza obliga actuar contra los dogmas. ¿Ya lo veremos?