Jorge Isaac Bautista Lara
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Existe una verdad que se repite una y otra vez, y que se empaña, de igual manera: una y otra vez. En una conferencia del P. Santiago Martín decía: “Jesús es el protagonista del cristianismo; así debe de ser”. Agregando y completando que de igual manera “en un lugar especial está la Virgen María, y así debe de ser”, expresando que en ella nunca se ve, ni se muestra por encima ni rivalizando; si invitando a caminar y llegar al hijo: Jesús.  ¿Cómo comprender a María? Cuando se comprende como madre: en el amor y en el amar; en el caminar al hijo y al Padre. Cuando el Ángel Gabriel, enviado de Dios, anunció a María Virgen la llegada de Jesús (comprometida unos meses antes para casarse con José: desposada. Algo que daba, en la época, tranquilidad al futuro esposo para procurar conseguir lo que se requeriría en un hogar). La respuesta de María fue de fe. El ángel le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

Ella se turbó ante la inesperada aparición y palabras; lo que nos dice que ella ni esperaba, ni sabía, ni entendía lo que estaba pasando y viviendo. Y el ángel, al verla turbada, le dice: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado hijo del Altísimo”. María respondió con una pregunta sencilla, lógica y humana: “¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?”. Y el ángel respondió de una manera que solo se es capaz de comprender cuando se tiene la más absoluta fe: “El Espíritu Santo vendrá por ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el que ha de nacer será santo y será llamado hijo de Dios”. No más preguntas de María, ni más explicaciones del ángel. Si una respuesta final sin condicionamiento: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra”. El nombre de María, en esas épocas era muy popular y apreciado por los judíos, porque así también era el nombre de la hermana de Moisés. Cuando a la edad de 12 años Jesús se perdió en el templo; se nos presenta a una madre desesperada que busca tres días al hijo; con un corazón desbordante de angustia; sin dormir, comer ni descansar (a como haría cualquier madre con un hijo perdido). Ningún ángel llegó a decirle, aclararle o indicarle donde estaba para darle tranquilidad. Viviendo la amargura de la pérdida en toda su dureza.

Y cuando le encontró solo preguntó: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí tu padre y yo te he buscado con angustia”. Y la respuesta fue tan sorprendente como inesperada para cualquier madre: “¿Por qué me buscas? ¿No sabes que en los negocios de mi padre me es necesario estar?”. Y se dice que ella no comprendió la respuesta. Guardando estas cosas en el corazón: para tratar de comprender. Cuando Jesús es entregado, padece por nosotros el proceso de la crucificación; desaparecen los apóstoles del escenario. Pero María, como columna de amor y Madre, no: permaneció. Viviendo en la total intensidad y desencarnada realidad, la crucifixión de su hijo en cada caída y clavo que penetró sus carnes. Sufriendo el dolor del hijo en ella hasta el final. ¿Y los apóstoles? desaparecieron.

Fue el momento de absoluta soledad, donde solo la Madre acompañó al hijo, donde el amor sostuvo la fe. Y por lo que hoy Fátima nos habla y recuerda el valor del corazón de María. Cuando se le pregunta a una madre cuál es la lógica, permanecer al lado del dolor de un hijo; ellas responden que ayudan acompañando en la presencia del silencio: como columna de amor.

Ningún ángel llegó a calmar ese dolor, lo que nos vuelve a indicar que ella no lo sabía todo; solo amaba y acompañaba, llena de fe hasta sus últimas consecuencias, sin medir amor para dar. Y cuando Jesús, en la cruz pide perdón por nosotros porque no sabemos lo que hacemos: María, pese al dolor de lo visto y vivido; escucha al hijo y perdona en la voz, voluntad y petición del hijo. Amor de Madre. Se dice que es tan grande una Madre, que el mismo Dios quiso tener una en Jesús. Amó tanto María a Dios en Jesús de tal medida que fue capaz de entregar a su propio hijo, y perdonar. Esa es la misma Madre, en Fátima, que nos vuelve a llamar e indicar el camino a Jesús.