Jorge Eduardo Arellano
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No era, como Lizandro Chávez Alfaro (1929-2006), el máximo creador literario de nuestra Costa Caribe; pero representaba genuinamente su cultura. Por algo durante un buen lapso de tiempo mantuvo, en una radiodifusora capitalina de alcance nacional, un programa al que concurrían miskitos, mayangnas y krioles. Pero no valoraba sus propios poemas escritos en español y sustentados en la estructura mental y el ritmo de su etnia kreol. En efecto, siempre mostró desinterés por reunirlos para cumplir con las autoridades que le ofrecían editarlos en libro.

En realidad, Carlos Rigby Moses (Laguna de Perlas, 19 de junio, 1945-Managua, 23 de mayo, 2017) carecía de amor propio. Porque, disponiendo de recursos vitales y del apoyo de sus numerosos amigos, se negó a trascender, reduciéndose a desempeñar el rol de un emblemático costeño de Managua. Esencialmente, Carlos era un histriónico, anárquico y protestatario que supo exhibir su personalidad en centros de estudios (colegios y universidades), teatros, foros y plazas; un genio oral, ducho en juego de palabras y en su invención, como su pastilla “sandinosol”; un afrodescendiente de lógica “cantinflesca” en el mejor sentido del vocablo. Así tomó conciencia de la realidad sociopolítica del Pacífico de Nicaragua, donde pasó la mayor parte de su existencia desde la década de los sesenta. 

Esto explica que en sus versos haya prescindido del habla kriol de su entorno caribeño. Por tanto, no figura en el estudio del canadiense Josf Hurtobise (“Poesía en inglés criollo nicaragüense”), como June Beer, Sidney Francis Martin, Don Gato y Ángela Chow. Como era de esperarse, Rigby mereció ser incluido en varias antologías poéticas: las de Ernesto Cardenal (1973 y 1988), Francisco de Asís Fernández (1986), la mía (1994), la de Julio Valle-Castillo (2005) y la de Edwin Yllescas (2009). Además, dos de sus poemas fueron traducidos al italiano (por Carlo Carlucci en 1980 y Roberto Pasquali en 2008), y al búlgaro en 1991. Igualmente, fue invitado para hablar de sí mismo en una mesa caribeña, promovida por el Festival Internacional de Poesía de Granada el 29 de julio de 2015. 

En esa ocasión aseguró haber leído “toda la literatura norteamericana que llegaba a Puerto Cabezas”; que Beltrán Morales le presentó a Calos Fonseca y que conoció a Leonel Rugama en el Comedor Angelita. Pero se olvidó de su gran amigo y protector Ramiro Lacayo Deshon. Eso sí: reconoció que Pablo Antonio Cuadra fue decisivo para irrumpir en nuestro medio intelectual de los años preterremoto. También enumeró dos títulos de poemarios inéditos: “Desde los tres ángulos del triunfático triángulo truenan los troncos de fríos entrincherados” y esta paráfrasis de Neruda: “11 poemas de desamor / además de una canción no esperada / junto a otra vaina de la misma rama / más un canto de esperanza como ipegüe”.    

Yo le conocí como alumno irregular en la Escuela de Ciencias de la Educación. Llegaba nítido y de corbata como empleado de LA NICA. Amistamos desde entonces, cuando eran ostensibles tanto la fuerza de sus kilométricos versos marcados por la negritud adánica y atlántica (presentes más tarde en su “Sinfonía para los peces en Sin-Saima-Si Mayor”), como sus aptitudes de versátil deportista. Participó en torneos de pista y campo, aparte de jugar como un ágil basquetbolista en el conjunto Centro de Pinturas, auspiciado por Róger Riguero.

.Propicio a la bohemia capitalina, gozó de la acogida y simpatía de sus practicantes, conservando en la edad adulta la afición cervecera y la adicción a la “cannabis sativa”. Con todo, desempeñaría una actuación relevante a lo largo del proceso revolucionario como trombonista, activista político y viajero por doce países americanos y tres europeos. Ello le permitió convocar a no pocas gringuitas devotas de su contundente paloma “africana”. No en vano se dio un lujo único: ser retratado desnudo de cuerpo entero. El óleo lo ejecutó su esposa la ciudadana vasca Itziar Garalde Larrañaga, con quien procreó dos rigbitos. Dicho retrato se estuvo expuesto en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica. Otro lujo ejecutó con su estentórea voz: la traducción de los poemas de Allen Ginsberg (1926-1997) en el TNRD.

En fin, de auténtica producción escasa, Carlos Rigby ––criado y educado en Bilwi y Bluefields–– quedará en la memoria de sus coetáneos como un sujeto singular. Como un hombre que, amando y cantando todo lo suyo forjó con la palabra su identidad nica-caribe. “Yo soy de Nicaribia” ––proclamó en uno de sus poemas que tal vez alarguen el ultraje del olvido.

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