Orlando López-Selva
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La originalidad distingue, sobremanera, a los artistas nicaragüenses.  

Y es más perceptible en literatura: Darío, Cortés, Pasos, Coronel Urtecho, Cuadra, Martínez Rivas, Cardenal, Silva, Ramírez, Belli, Uriarte, Valle-Castillo. Pero en pintura, creo, todavía están en una fase, un poco más allá del reconocimiento, la búsqueda del yo. Aunque, nunca falta fecundidad ni autenticidad. 

Pero, la mayoría de los pintores están intentando escaparse del magisterio lumínico de Rodrigo Peñalba. 

Me atraparon los retratos pintados por la blufileña June Beer (1935-1986). La he estado siguiendo hasta poder entablar un diálogo cromático con ella a través de sus lienzos y su vida dramática (¿qué artista no la tiene, sobre todo con esos oficios incomprendidos y mal pagados?).

Vuelvo a my Beer, como si la hubiera dejado ahí, sola, en su ciudad con mar atrapado por la bahía abrazadora, palmeras y acentos diversos de lenguas y etnias. ¡Qué lienzos más coloridos sus retratos de mujeres de cuellos modiglianos, como para impresionar y atraer a Gauguin y decirle que estos también son mares del Sur! Stevenson habría escrito otros poemas, igualmente buenos, inspirados en Bluefields.

June pinta en un solo plano. ¿Pero es totalmente primitivista? A veces escapa al expresionismo. Enfatiza los contornos (George Rouault diría: “¡Le contour me fui”!). Otros le llamaban cloisonne, para separar a sujetos y objetos. Todo ella lo coloca, sin perspectiva, para que el observador construya orden y trasfondos, fuera del cuadro. Y que el color sea de arbitraria óptica. 

Sus negras son verdes o azul-grisáceas. (Plasma el color con la misma arbitrariedad de Vuillard o Denis). Como diría Edith Hamilton: “La convicción del artista... la verdad de su arte está por encima y aparte de su realidad”. ¿Personajes imaginarios? ¿O inventadas y olvidadas oficiantes del placer que, en otro tiempo, posaran para Lautrec o Degas, para Schmidt o Erbslöw, para Schielle o Ensor?

June, no sé de dónde saliste. Fuiste pocas veces a la escuela. Pero sí tuviste imaginación. No tuviste prisa, pero tuviste impulso, sed, nobleza. Enalteciste todo lo que veías (¡el propósito del arte!): frutas, mujeres, casas sencillas, el mar rodeando tu vida como el vestido a la mujer, como la soledad al náufrago, como la esperanza al labrador. O los colores abigarrados a tu pueblo cosmopolita.

¿Cómo te llegó ese ímpetu manual?

¿Te llegó todo en un barco al Bluff que descargaba granos, taburetes, paraguas, telas, cigarrillos, bisutería, y se bajaban emprendedores chinos de mentes vivaces o pasajeros europeos de trajes de lino que coqueteaban con las negras que vos pintaste sin prisa, sin prejuicios, sin ambición, sin técnica, sin desalientos?

¿Buscabas pintar más con ternura y sencillez, aunque, de niña no tuvieras caballete, bastidores, espátulas, pinceles ni carboncillos?

¿Por qué te descubrí ya tarde, cuando te habías ido? ¿Cómo habría sido la fecundidad de tu madurez de visitas a los museos de la vida, vos, replicando las imágenes de aquel franco-peruano en Tahití o de otras modelos sin la palidez sin sombras, ni la dignidad fatua de los personajes de Botero?

Old Bank, Bheoldeen y otros te vieron pintar… ¿Así de simple lo hacías, como la Morisot o la Cassatt, sin pretender ser única o esnobista? 

¿Quiénes fueron tus maestros que no pudieron ver lo que había en tu imaginación fecunda y rezagada entonces? ¿O tal vez se sorprendieron de tus mezclas o de la manera en que tirabas la pintura al lienzo, con desparpajo, como Klee, Vlaminck, Derain, o ese otro gran expresionista abstracto nicaragüense, Ramiro Lacayo?  

Tu pueblo dio poetas como McField, Rigby, el maestro Cermeño, que llegó desde Masaya a encantarse mientras absorbía. Y a deleitarse mientras enseñaba.    

Me solazo con tu imaginación: resuelve-dilema-de-claro-oscuro. También es por tu ingenuidad, casi cruda y casta. Como si tus ojos estuvieran viendo el mar por primera vez. Y es que en Bluefields hay mucho que ver en los cocoteros que erizan la piel roja del Caribe; en los barcos bamboleándose de izquierda a derecha; y el mar de Bluefields ―suave en su lienzo líquido, ahí encogido y prisionero, del que creo que June sacó el color de la piel de sus personajes.

Lo que hizo June fue eso: sacar del mar a los suyos (¿el síndrome de Boticelli?). Otra génesis. Otra mitología para esos  nicaragüenses olvidados que serán inmortales cuando los resuciten los críticos de arte.

¡Salud, señora Beer! En tu alma hubo tanta gracia y simpleza, que tu vida no parecía corresponder con el poder mágico que sacaste de tu paleta para impregnarla en tus lienzos.

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