Jorge Eduardo Arellano
  • |
  • |
  • Edición Impresa

Aunque mestizo o mulato, un hijo de la comunidad indígena de Sutiava y discípulo de Tomás Ruiz en el colegio seminario San Ramón ––donde se bachilleró en ambos derechos: civil y canónico–– tuvo una vasta influencia en Costa Rica, según el ensayista costarricense Pedro Pérez Zeledón, como “introductor de las luces, fogoso tribuno y sesudo hombre de estado”. Me refiero a Rafael Francisco Osejo (1790-1848).

Contratado en 1814 por el Ayuntamiento de San José para enseñar la cátedra de filosofía, se le reconocía por su “carácter recio y altivo, a la vez que dulce, afable e insinuante”; mas, al promulgarse la Constitución de 1820, se le prohibió explicar en público los derechos a los ciudadanos, ya que era un “oráculo” de los principios liberales de las Cortes de Cádiz. Así se distinguió como activo propagandista de la independencia y defensor de los oprimidos, contribuyendo a la consolidación republicana de su país adoptivo.

Allí asumió la rectoría de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás, entregándose de lleno a impartir las clases de matemática y derecho civil. Pero el 30 de febrero de 1815 el obispo de Nicaragua y Costa Rica Nicolás García Jerez lo separó del rectorado por su “genio inquieto y perturbador”. Sin embargo, Osejo continuó trabajando en la Casa y preparó el “Proyecto de Las Pavas”: un plan de arbitrios destinado a obtener fondos para la construcción y mantenimiento de la misma Casa, base originaria de la Universidad de Costa Rica.

En 1817 los vecinos de Cartago lo contrataron también como profesor de filosofía y permaneció en esa labor hasta 1820, defendiendo además a los indios de la región. Asimismo, el Ayuntamiento de la misma ciudad lo incorporó como miembro y ocho meses después, cuando logra integrarse una Junta Superior Gubernativa, aparece como delegado de Ujarrás. En febrero de 1822 denunció un yacimiento de oro y compra una finca en Esparta. En enero del año siguiente, comisionado por el Ayuntamiento de Cartago, reconoce las tierras minerales del volcán Poás.

Tras una serie de persecuciones y humillaciones, a principios de 1824 Osejo viaja a Nicaragua en plan comercial y pierde las mercaderías que conduce. A su regreso, vuelve a dedicarse a la explotación minera y denuncia nuevas vetas auríferas. En diciembre de 1825 es electo magistrado de la Corte Superior de Justicia, pero en marzo de 1826 renuncia por no subsistir con el sueldo que devenga. Se dedica entonces a la práctica de la abogacía y a manejar negocios de Domingo Mattey, dueño de un buque que comercia con el Perú.

Osejo hablaba latín, francés e inglés. Y su ilustración la subordinó al servicio de los costarricenses. Redactó en 1832 la primera ley de Instrucción Pública y elaboró los primeros textos de enseñanza: Breves lecciones de Aritmética (sic) y una adición sobre Costa Rica al Catecismo de Geografía, de Mr. R. Ackermann (1764-1834), publicados en 1830 y 1833 respectivamente. En fin sobresalió por su vehemencia e ideas democráticas y republicanas. Constantino Láscaris, en su Historia de las ideas en Centroamérica (1970), otorga su lugar a Osejo resumiendo su biografía y puntualizando: “Cuatro veces hubo de defenderse en Costa Rica de variadas acusaciones políticas, y lo hizo brillantemente. El 30 de julio de 1823 se le declaró Benemérito de la Patria. En febrero de 1829 es electo diputado a la Asamblea del Estado. Posteriormente, se le elige presidente de la misma y realiza uno de sus sueños: conocer Londres, capital en la que permanece año y medio. A su regreso, escribe un informe sobre el valle de Matina y colabo
ra en el primer periódico tico: El Noticioso Universal, dirigido por su discípulo Joaquín Bernardo Calvo.

En 1834 como diputado federal, partió de Costa Rica y ya no retornó. Tuvo figuración política en El Salvador y Honduras, hasta su fallecimiento en 1848. “El carácter de libre, de hombre y de ciudadano ––escribió–– me inspiran el amor a la virtud que tiene por mira el bien de sus semejantes y prevenir sus desgracias”. En base a esta máxima, sugirió aplicar una idea inspirada en Rousseau: la rotación, cada dos años, de la capital entre cuatro ciudades: Cartago, Alajuela, Heredia y San José. Otra máxima suya merece recordarse: “La justicia debe ser la senda del hombre, la verdad sincera y franca, su único idioma; la beneficencia para con sus semejantes, el objeto de sus desvelos”.