Augusto Zamora R.*
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Fue suerte inmensa para Nicaragua que fuera designado Canciller de la nueva República, que él, como tantos otros, había contribuido a hacer realidad.

Una suerte, pues Miguel, el cura, el padre, era terriblemente inteligente, lúcido. Agarraba al vuelo las ideas buenas, le gustaban las osadas, adoraba las suicidas.

Pasó con la nueva política territorial, que daba una vuelta de tortilla a la planteada por el somocismo. Apoyó sin dudas ni fisuras la propuesta de irnos de frente sobre Colombia.

El febrero de 1980, la Junta en pleno leyó el Libro Blanco sobre San Andrés y Providencia, que sentaba la estrategia para el juicio que ganaría Nicaragua en 2012.

Locura fue la candidatura de Nicaragua a miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, en 1981. La campaña diplomática más grande jamás vista allí. La diminuta Nicaragua vs la superpotencia yanqui. Ganamos. Afirmaron diplomáticos veteranos que jamás habían presenciado duelo igual.

Una reunión a tres en la vieja Cancillería (Miguel, Abram Chayes, de Harvard, este servidor) aclaró las últimas dudas para llevar a EE. UU. a juicio en La Haya, en 1983.

Cuando el Grupo de Contadora presentó su proyecto revisado de Acta para la Paz, Miguel lo criticó. Susurro: “Padre, el proyecto es bueno”. Responde: “Callate. Si yo me opongo el hondureño lo aceptará”. Tal pasó.

Empezar y no terminar. Gracias, padre, por todo. Por habernos –haberme- querido y creído tanto once duros e inolvidables años. Ahora le toca ser el Canciller del Cielo.

az.sinveniracuento@gmail.com