Miguel Carranza Mena
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Cuenta la historia que esta alianza militar, cuyas decisiones finales la toman grupos de poder de Estados Unidos, fue creada en 1949 para proteger a cualquiera de los estados miembros si son atacados por una facción externa.

Es de todos conocido, sin embargo, que la OTAN fue constituida para frenar la expansión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS que hasta su desintegración en los 90 no pasó de ser un enemigo imaginario político para la cabeza de esta alianza.

No obstante llama la atención que ante el resurgimiento de atentados en Francia, Alemania, Bélgica, Reino Unido y otros países miembros, la dirigencia de esta alianza, se quede con los brazos cruzados ante la amenaza inminente de los miembros del Estado Islámico (EI).

Muchos coincidirán conmigo en que la OTAN tiene su mirada fija hacia el este euroasiático, y obvia a verdaderos enemigos como los extremistas de EI.

Pero en su afán por acercarse a las fronteras extensas del “enemigo imaginario”, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), vulnera los límites de los países de Europa, especialmente los del Este.

La alianza atlántica militariza a todo vapor a sus Estados miembros, lo que ha provocado la reacción de la Federación de Rusia, que considera una amenaza para su seguridad y de los países europeos.

Bombarderos estratégicos estadounidenses como el B-52, capaces de portar armas nucleares han sido identificados por cazas rusos Su 27 sobre el mar Báltico. El Kremlin considera que estas acciones conlleva un giro peligroso en la carrera armamentista.

Pero todo este tiene su objetivo, justificar la existencia de esta alianza que se ha visto fortalecida como nunca antes, desde el fin de la guerra fría. El interés desde su génesis siempre es y será el mismo: detener a Rusia.

El mismo Petr Pavel, asesor de la Alianza Atlántica, ha dicho públicamente a los países aliados que deben estar preparados por si el comportamiento de Rusia puede convertirse en un riesgo.

Pero hay una sorpresa que la OTAN debería de tomar en cuenta y es que tras el conflicto entre Ucrania y Moscú, algunos de los países europeos se han mantenido al margen de las diferencias con Rusia porque no quieren un enfrentamiento abierto con el Kremlin. Han entendido que quienes perderían en una guerra serían ellos y no Washington.

Noruega, por ejemplo, uno de los países que la OTAN ha anunciado que desplegara marines estadounidenses se ha mostrado escéptico por hacerlo. El almirante del país nórdico Jacob Borresen ha expresado que permitir el ingreso a su país de militares de la alianza daría una mala señal al este euroasiático.