Orlando López-Selva
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Desde finales del siglo pasado, habíamos asumido que la Guerra Fría era una fase conclusa.

Sin embargo, no había tal cosa. Los conflictos no habían finalizado. Había rescoldos entre las cenizas y bajo el humo. La perversidad de la guerra sigue latente.

Y hoy hay mayores evidencias del resurgimiento del mal. Sostengo que la guerra, al igual que la economía, es un fenómeno de ciclos. Estos también suben la tensión o la bajan, creando alzas y caídas en la temperatura del clima bélico global.

Erróneamente, creíamos que el mundo había encontrado algo más-que-un détente prolongado, conducente al fin de todos los conflictos.

Los argumentos parecían sólidos: 1) el Muro en Berlín había desintegrado a los países de Europa del Este; 2) la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) había desaparecido, perdiendo más de una docena de estados socios que inmediatamente abandonaron a Moscú; 3) consecuencia, el Pacto de Varsovia sucumbió.

Y en esa interna reconversión rusa ―de un estado autoritario hacia otro más abierto― emergía una Rusia de orgullo herido. Paralelamente, Estados Unidos hacía todo lo que quería. Como en las películas del Oeste, regodeándose, haciendo de sheriff solitario con ojos saltones y ley pistolera. El mundo para Washington, entonces, parecía el ideal de Monroe.

Años después llegarían las guerras de Manhattan (los ataques a las torres gemelas reiniciaron la mal-llamada guerra fría), las del Golfo, Afganistán, Siria, Crimea, etc.

Desde septiembre 2001, habría de agregarse un nuevo elemento: el terrorismo; esto avivaría pequeñas y expandibles llamas por todas partes.

Y al entrar el siglo XXI, Rusia y Estados Unidos casi llegan a los golpes en Siria, Crimea. Y aún más, en Corea del Norte, las aguas presagian tsunamis bélicos. Beijing ha pasado de ser un adversario de guerras comerciales a ser una potencia amenazante por las disputas isleñas en el mar de China, donde Estados Unidos quiere mantener una presencia de mayor nivel. Se disparó la peligrosidad.

El Asia ya es un escenario de multipotencias súperarmadas: China, Rusia, las Coreas, India. Ahí cualquier conflicto sería superlativo.

Rusia, desde el comienzo del siglo XXI, ha mostrado una diplomacia tipo-israelí: respaldando sus acciones militares, para hacernos saber que cualquier opción armada prevalecerá, sin importar las circunstancias.

Occidente, más condicionado a constricciones ético-legales, ha visto como Gran Bretaña se amarra las manos para no actuar al lado de su gran aliado, Estados Unidos. Francia, extrañamente, con el socialista François Hollande, tuvo iniciativas militares propias en Siria; mientras que la OTAN, se devanea los sesos discutiendo sus obligaciones y contribuciones como socios, al ver que los terroristas hacen un nuevo tipo de guerra simple: digital y de lobos-solitarios. Y no menos peligrosas son las oleadas de millones de refugiados que entran desde el Sur y el Este para comprometer la seguridad europea y estirar los presupuestos de toda la Unión.

Que en Gran Bretaña y Francia haya ataques terroristas cada mes, no solo pone en peligro la seguridad nacional de esos países, sino que desajusta y tensiona a toda la sociedad europea que hoy vive la guerra por otros medios. La guerra tradicional de 1914-18 o 1939-45 fue, tal vez, solo una forma desfasada, que hoy encontró formas paralelas de expresarse en los escenarios internacionales.

En Asia y África se repiten los dramas de sangre y muerte, donde a la par de los valores, intereses y razonamientos ideológicos en conflicto, se yuxtaponen los fanáticos credos religiosos.

Los hackers, que a diario llevan a cabo acciones de menoscabo o destrucción diversas de las redes, son otros actores que no ayudan a bajar la temperatura del clima político global. Crean nuevos frentes de lucha.

Nuestro planeta hoy vive en una guerra sube-y-baja de múltiples batallas dispersas. La guerra fría nunca dejó de ser. Igual que los volcanes no se extinguen, sino que entran en una fase de adormecimiento temporal.

Si Washington mantiene, junto con la UE, a Moscú bajo justificadas sanciones, hacen que cualquier actitud del Kremlin busque en lo menos posible comulgar con los intereses occidentales. ¿Qué opciones utilizar?

Sostengo que con Moscú nos podemos entender. Con Beijing, no. China es una potencia resentida, en ascenso, agriada con Occidente, que no busca ser empática, sino antipática con Washington y la UE.

¿Debemos asumir que cualquier escalamiento de tensiones, finalmente perderá ímpetu o siempre debemos ser cautelosos?

No podemos abandonar las esperanzas. Pero hay que acometer, con acciones colectivas que apuntalen la diplomacia y desestimulen el uso de la fuerza que sí está destruyendo la frágil paz mundial.