Carlos Benavides
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Qué otro sentimiento más de fortuna al saber que el mundo se encontraba en nuestras pequeñas manos al comienzo de los tiempos, donde todo dio inicio a lo que ahora somos y por lo que después seremos. 

Esos momentos remotos de felicidad espontánea, cuando lo único que en realidad nos importaba era coincidir con los mismos compañeros a diario en la primaria, salir a jugar a la calle, al vecindario, o esperar algún episodio de alguna que otra serie de dibujos animados que tanto amábamos. Tiempos en donde la inocencia perdura y nuestros ojos ven todo con bondad y paz, sin tener la necesidad o el pensamiento de querer ver a alguien, sin saber quién sea, sufrir.

La edad de oro, irremplazable ante cualquier otro tesoro más llamativo en este mundo. Cuánto no se daría por poder revivir minutos de lo que algún día fue la infancia, y poder recordar y volver a vivir sentimientos puros, amores de verdad, tristezas momentáneas y ser feliz. Ahora solo vemos un mundo totalmente distinto del que pensamos hace muchos años.

Nuestros sentidos, con el tiempo, solo han experimentado una serie de momentos difíciles, verdades que ojalá fueran mentiras, que sacan lágrimas y entristecen el alma, al ver cómo cosas que creíamos que así eran, pues no son, y cómo muchas de las situaciones que prometimos hacer de niños, pues no podremos.

La crueldad hace madurar o hace debilitar, y eso es algo que se enfrenta día a día en un mundo presente en el cual nosotros decidimos qué hacer y que en muchos casos no sabemos ni qué pensar, ni cómo actuar y sentirse acorralado por la presión de circunstancias de mucha ‘’importancia’’ que nos quieren hacer creer, como el avión de sopa tratando entrar en nuestra boca.

Ver a un niño en pleno apogeo, da tristeza y gozo a la vez, al observar cómo nosotros ya no tenemos esa suerte de vivir esos tiempos y al saber que ellos sí están disfrutando su infancia.

Un día como cualquier otro escuché que un niño estaba esperando a su papá que llegara del trabajo, mientras hacía relajo y escándalo, típico. Cuando el padre entra a la casa, el niño salió corriendo con todas las energías que a uno le faltan y gritó unas simples palabras que quizá yo jamás volveré a decir. ‘’Papá, ya viniste, ¿jugamos?’’ con una ansiedad y felicidad que pocos volveremos a tener por ahora.

Pero lo triste también es que como muchos niños hoy en día están felices, muchos otros sufren penas ajenas, penas familiares y muchos problemas que no deberían ver, escuchar, ni vivir. 

No es justo ver a muchos niños en las calles pidiendo dinero para poder comer, o limpiando vidrios, o vendiendo cosas, cuando deberían estar estudiando y no ayudando a sus malos padres a ser malos padres.

Ojalá las cosas algún día cambien de parecer, y lo que vemos ahora sea mejor en unos años, y quizá muchos niños vivan mejor de lo que nosotros pudimos vivir, y que nadie más sufra, menos los niños que tienen una gran vida difícil, decepcionante, dura y llena de experiencias por delante.