Jorge Guerra
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Sin duda, en la sociedad actual nicaragüense hay lugares en que se promueve la reflexión y la acción social: movimientos colectivos, universidades e institutos de investigación.

Asimismo, dentro de tales espacios abundan sujetos preocupados por la situación social de los más desfavorecidos. Cuando se asiste a estos espacios se evidencia el contenido ético y moral de los interlocutores.

Así, conceptos como justicia social, libertad, democracia y compromiso se repiten como infinitos mantras de un estrato social eximido de las preocupaciones materiales de una sociedad clasista.

En este marco nos encontramos a sujetos dedicados al mundo de la educación. Tales agentes repiten como eco el mismo discurso. En el otro espectro se encuentran  activistas sociales y políticos cuya acción organizada se justifica por su acción misma; es decir, individuos sin ninguna reflexión del alcance de su práctica.

Por un lado, tenemos la lógica del subjetivismo intelectualista y, por el otro, al voluntarismo. No es de extrañarse que ambos lleguen al mismo punto: no dejar de hacer aunque el hacer haga más daño que la nada. Repartir estatutos de limpieza ideológica como la etiquetación y exclusión de los “otros” para constituir su identidad en dichos espacios.

Para comprender este entramado postideológico es necesario analizar la función que corresponde a tales sujetos dentro de las relaciones sociales y económicas en las cuales están inmersos. Un ejemplo de ello sería un director en un centro de investigación que promueva los derechos humanos, la tolerancia y la libertad.

No habría que juzgar al director solo a partir de argumentarios éticos o morales, sino también por el papel que juega en las relaciones sociales y económicas para las que sirve. En este sentido habría que analizar —con base en los fondos totales de investigación— la distribución de los ingresos para cada uno de los miembros y el trabajo general del equipo.

También, tendríamos que estudiar los posibles conflictos de intereses en el equipo y, finalmente, la libertad de crítica de cada uno de los investigadores. Solo así podríamos acercarnos al contenido ideológico del organismo social. 

Una segunda muestra son los sujetos que predican un compromiso a través del ejemplo; entre ellos encontramos activistas de movimientos sociales o políticos.

Ante la primera crítica que escuchan del otro, los voluntaristas utilizan su  primer estatuto de limpieza ideológica: “¿qué has hecho para ayudar a la consecución de esta situación social?” Como consecuencia, “¿qué te da derecho de criticar si no has hecho nada?” Como buenos voluntaristas, creen que el cambio individual transformará las desigualdades sociales en el mundo a través del efecto mariposa.

Un recurso muy interesante de estos sectores es la filantropía, es decir, ayudar a los “pobres” para que salgan de su situación de ignominia. Aquí, la apoliticidad de la acción colectiva es la perfecta condición de posibilidad de una sociedad neoliberal que ha despolitizado las luchas sociales así como sus reivindicaciones materiales.

Si bien el éxito más notable del neoliberalismo es haber fragmentado las luchas de clases, no es menos cierto que su núcleo más importante  —y que no advierte nadie— es  el haber colonizado nuestro sentido común, estructurando no solo nuestros argumentos políticos (pobreza, diálogo, tolerancia, apolítico) sino las acciones colectivas e individuales.

Lo primero que debemos tomar en este escenario es una actitud escéptica hacia todo aquello que se presente como “crítico”. Ello implicaría que ningún discurso o acción colectiva fuese legítimo hasta que se demostrase lo contrario.

No existe tal cosa como la neutralidad y el desinterés. Por tanto hay que analizar detrás de cada frase, acción colectiva, discurso y causalidad de los intereses económicos y sociales. Asimismo, la acción colectiva debemos orientarla en los diagnósticos de la realidad social: ello implicaría estudiar las relaciones entre cada uno de los actores sociales.

Por otro lado, ofrecer soluciones desde una perspectiva clara, transversal, ética y política que se dirija al núcleo de las desigualdades sociales y estratificación social e histórica de nuestro país.